El deseo de lo real. Blade Runner 2049

Por Juan Ramón Ríos

Tenía allí un nogal joven, favorito
De amplias hojas jade oscuro y negro, fino
Tronco vermiculado. El sol poniente
Bronceaba la corteza negra y alrededor, como deshechas
Guirnaldas caían las sombras del follaje.
Ahora es fuerte y rugoso; ha crecido bien.
Mariposas blancas se vuelven lavanda cuando
Atraviesan su sombra, donde parece mecerse delicadamente
El fantasma del columpio de mi pequeña hija.

Vladimir Nabokov, Pálido fuego

 

“Es mi película favorita”, “es el filme que más veces he visto”, son sólo un par de sentencias que brotan frecuentemente al hablar sobre Blade runner. Un monstruo cinematográfico que tras un tortuoso camino, se sirvió de calidad, paciencia y revisiones para irse consolidando como una de las mejores películas de todos los tiempos. Embarcarse en el reto de hacer una continuación digna para un filme de esta naturaleza parecía una completa locura. Como dice Andy Lea para Daily Star: «Entonces, sin ser un clásico, pero esta secuela astuta y visualmente asombrosa será estudiada detenidamente por los fanáticos en los próximos años. Si este era un cáliz envenenado, Villeneuve lo ha tomado con ambas manos». No podría estar más de acuerdo. Era un apuesta arriesgada que se antojaba para terminar en un desastre absoluto. No lo es. Aún con ello no dejo de creer pertinente el abrir un espacio para señalar que adolece del mismo problema que la original: un guión endeble. No obstante, en aquella, gracias a su concisión, el sencillo argumento es cubierto y protegido por todo lo que circula alrededor de él; la portentosa dirección de arte, el ambiente, los detalles, el noir, rostros a la medida de los papeles y sí, también diálogos enormes, en su laconismo, quizá absolutamente opacados por las palabras finales de un conocido replicante. En esta nueva entrega, en cambio, sus ambiciones llegan a jugarle en contra. Mucho más rebuscada, en el desarrollo va dejando, descuidadamente, varias incongruencias entre las que se cuentan un deus ex machina grotesco, una inexplicable (pero hermosa, eso sí) resolución y lo más peligroso: cabos sueltos bastante toscos con los que se enfila hacia una tercera parte. Nada más lejos del final de Blade runner 2019 (¿así harán que se llame ahora?), ya sea, dependiendo de la versión, el cerrado y feliz que se vio primero en cines; o el abierto, editado después, que es incierto pero esperanzador. Por 35 años nadie necesitó saber lo que aguardaba al final del paisaje idílico en el que conducían Deckard y Rachael. Nadie necesitó saber lo que pasó después de que salieron por esa puerta. No digo que para esta tampoco nadie necesite saber lo que pasará, pero está formulada con desesperación para que haya con que seguirle. Un no final como tanto gustan hoy en día. Sin embargo, también habría que concederle, como prodigio respetuoso, el que esta secuela funciona con todas las versiones de la película original. Todas.

La trama principal, jugando otra vez con plantear una investigación de novela negra, está basada en encontrar al heredero de un querido personaje, arrojando a la periferia, diluidos, los temas y cuestionamientos que volvieron a la primera tan gloriosa.

Mucho se hablará de su impresionante fotografía y del despliegue de música y sonido, brutal y estupendamente utilizados. No ahondaré en ello. Sus virtudes técnicas son indiscutibles. Prefiero hablar de los alcances que tiene con respecto al mundo que presenta, tan cercano al que habitamos ahora. No hay duda que leyeron a Philip K. Dick y lo hicieron muy bien. La soledad; el hacinamiento; un mundo abarrotado, abandonado; la mística dotada a los animales, ya rescatada someramente desde la película anterior (sublime, por cierto, la brevísima aparición de Edward James Olmos, entregando, por fin, una oveja). El tema de la empatía, vital en el material de origen, se asoma en esta realidad que confronta y divide: «el mundo está construido con un muro que separa». Aunque, otra vez, parece que todos estos rasgos parecen condenados a vagar en alguna parte de atrás, subordinados a la premisa que tiene más reflectores.

A manera de complementar lo anterior, me permito hacer una enunciación de los continuos referentes literarios que cruzan la película, desde los más ruidosamente explícitos (como Nabokov), hasta los más velados (como Dickens). El que más disfruté fue el de La isla del tesoro, de Stevenson, en razón de que es un guiño perfecto a una escena eliminada de la cinta de 1982, misma que pueden ver por acá. La ración bíblica viene de parte del rollo de «engendrado, no creado», repetido continuamente en otros términos, además de la salvación mesiánica sugerida por la líder de la resistencia (por mucho, lo más horrendo de la película). Pero también hay una breve mención a un “Síndrome de Gálatas” nombre que remite a la Epístola a los gálatas, elección sugerente para un libro que define los “frutos del Espíritu”, que vendrían a ser los dos compañeros cercanos a K y Wallace. Un versículo reza: «Pero el fruto del Espíritu es el amor (Luv, «love»), la alegría (Joi, «joy»), la paz, la paciencia, la bondad, la bondad, la fidelidad, la dulzura, el dominio propio. Contra tales cosas no hay ley». Hay resonancias homéricas, siendo la más notable un caballo de madera troyano, que no es más que la llave de entrada (porque K, además de K. Dick, también debe su nombre a ser eso, «key») hacia el mundo interior de los personajes que devela la historia vertebral. Corre Serguéi Prokófiev y su Pedro y el lobo. Y está, por antonomasia, Pinocho, de Collodi, pero también Los superjuguetes duran todo el verano, de Brian W. Aldiss (algo muy bonito, pensando en el cariño que tenía Kubrick por el relato, en la adaptación que la muerte le impidió realizar y en los ecos a 2001 y El resplandor que tiene la cinta de Villeneuve).

El final, que peca de empalagoso, me parece terrible. Confirma las pretensiones de adornar un melodrama que relatase la continuación de un linaje épico, en el mismo sentido que la cuarta parte de Indiana Jones o la séptima de Star Wars. Así es, son los tres personajes más icónicos de Harrison Ford explotados para fines idénticos. Un intento, por fortuna, fue mal recibido y quedó estancado. El otro va viento en popa. No sé qué destino tendrá la franquicia Blade runner, al salir de ver 2049 no dejaba de pensar en la posible y tristísima rapiña a la que se le había abierto la puerta. Ahora, personalmente, es un alivio que no esté resultando ser el hitazo taquillero que esperaban todos. Pasado el furor de los desproporcionados vítores que inmediatamente la encumbraron al nivel de “obra maestra”, “mejor película de la década”, “mejor que la original”, espero que podamos verla con ojos justos, porque dista muchísimo de ser un mal filme, pero aún dudo que las maravillas que rodean sus debilidades vayan a serle suficientes. Que logren cubrirla.

 

 

Esto porque, si bien es un truco de magia hecho a la medida, se le ven las costuras. Los relieves de la elegante trampilla saltan del suelo. Y cuando llega el momento de la sorpresa, aunque efectivo, uno se pregunta si todo el asunto tuvo alma. Por suerte, la propia película permite ejemplificar dos escenarios de respuesta para los fanáticos espectadores. En el primero, como Ryan Gosling ante Ana de Armas; los errores de sincronización son evidentes, pero él, por amor, abraza la ilusión, volviéndola verdadera. En el otro, como Harrison Ford ante Sean Young CGI; aspira a la perfección, pero él, también por amor, rechaza la mano que acaricia su cara, reafirmando su falsedad. Al final de cuentas “todos queremos algo real”, diría el personaje de Robin Wright al Blade runner K.

Para concluir, vuelvo a uno de sus puntos más sólidos, al mismo tiempo que intento dejar una perspectiva que invite a ver y discutir la película. Esta secuela, a sabiendas que carecía de un monólogo tan notorio y poderoso como el de Roy Batty, lo compensó al servirse de esas palabras para convertirlas en la poética que atraviesa sus imágenes. Y líneas no dichas o reveladas a medias (de Nabokov, otra vez) que yacen bajo la figura de K, ese replicante que, como aquel otro, en un canto de cisne, gritó su humanidad.

No puedo decirles cómo
Lo supe… pero yo sabía que había cruzado
La frontera. Todo lo que amaba estaba perdido
Pero ninguna aorta reportaría pesadumbre.
Un sol de goma convulso se ocultó;
Y la sangre negra de la nada, empezó a tejer
Un sistema de células entrelazadas en el interior de
Células entrelazadas en el interior de células entrelazadas
En el interior de un único vástago. Y horriblemente clara
Contra la oscuridad, una alta fontana blanca jugaba.