La brújula de las calamidades. Sobre La vaga ambición, de Antonio Ortuño

Por Franco Félix

Melancolía por la oralidad

La auto-ficción es tan antigua como el lenguaje mismo. Mucho antes de la materialización de la lengua, el conocimiento era moldeado a base de leñazos verbales. En ese entonces, era mucho más fácil mentir porque la oralidad lo permitía: no había más registro que el de la memoria. Me imagino a los antiguos con Alzheimer, sufriendo lo mismo que un moderno con la pila de su iPhone. En el siglo XV, algunos melancólicos de la oralidad como Hieronimo Squarciafico pensaban que la escritura volvía al pensamiento lento y pesado como plomo: “Abundance of books makes men less studious. It destroys memory and enfeebles the mind by relieving it of too much work”, escribió el veneciano que, curiosamente, se dedicaba a imprimir los clásicos latinos. Se creía que nos volvimos flojos al concebir la escritura y que, además, originaba algunas enfermedades mentales. Pero ya antes de nuestra era, Celsus, Hipócrates y Galeno habían registrado esta afección mental. La cosa es que con escritura o sin ella, siempre hemos estado tan locos como las cabras. La oralidad facilitaba la creación de los mitos y la interiorización del conocimiento. A Platón le horrorizaba la escritura porque sólo representaba información y no experimentación. La escritura se abría a la interpretación de aquellos extraños quienes poseían el texto, es decir, los famosos lectores. La escritura nos permitió archivar y clasificar el conocimiento y, por otra parte, ser creativos. Se legitimó la verdad (lo registrado) y nos volvimos más mentirosos. El mundo adquirió esta investidura en la escritura: la realidad es todo aquello que un sujeto interpreta de lo que otro sujeto cree que es. En otras palabras: La realidad es la suma de dos ambigüedades (o de dos mentiras). Se puede concluir, entonces, que toda escritura es auto-ficción, porque, aunque no se esté escribiendo de uno mismo, la subjetividad permea toda pretendida objetividad.

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Meta-auto-ficción

El mercado editorial ha puesto atención al género de la auto-ficción. Las mesas de novedades y las listas de libros más vendidos, así como los más comentados, lo confirman: autores como Emmanuel Carrére o el impronunciable Karl Ove Knausgård llevan ventaja. No discutiremos el género, ni mencionaremos a Doubrovsky y tampoco elegiremos temas psicoanalíticos para desnudar el Yo. Sólo diremos esto: si todo es auto-ficción, la literatura de estos escritores es meta-auto-ficción. Acortemos el término e intentemos ser un poco más sofisticados, sólo llamémosle “publicidad”. El espectro publicitario tiene un arco enorme, va desde estas novelas de superación personal del tipo “rockstar que en su pasado llevó una vida miserable” hasta los manuales de conducta que escriben los autores comprometidos con las buenas causas. Estos libros parecen ser sólo un instrumento para hablar no sólo del Yo, sino de la experiencia íntima que tiene el autor con el mundo (literario o no). Su lema anti-vanidoso se puede leer así: «En mi libro no hablo de mí sino de lo que pienso de mí». Esta literatura se enfrenta al mismo problema que enfrentaron los defensores de la oralidad: se abre a las ambigüedades y la verdad puede llegar a ser desproporcionada. El escritor de meta-auto-ficción lo que desea es que su imagen no se disperse. Desea, en el fondo, y en transcurso de las páginas, que su imagen no sea malinterpretada.

 

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La auto-ficción más pura

La revista Crash me ha pedido que haga una reseña sobre La vaga ambición (Páginas de Espuma, 2017) de Antonio Ortuño. Un libro que practica la auto-ficción. Pero una auto-ficción certera que no dibuja perímetros y que permite la apertura hermenéutica. Una auto-ficción que acepta su semblante ficticio y que no vende imagen sino seis historias («Un trago de aceite», «El caballero de los espejos», «Quinta temporada», «Provocación repugnante», «El príncipe con mil enemigos» y «La Batalla de Hastings»). Los relatos que componen esta obra permiten la dispersión porque no encumbran ni al protagonista ni al autor. Arturo Murray, un trasunto de Antonio Ortuño, tiene una cualidad que ha desatado la simpatía entre sus lectores: se parece demasiado a nosotros. A diferencia de los textos de meta-auto-ficción, donde el protagonista vive una vida diseñada y exclusiva (una vida que nadie ha vivido, salvo su autor), la de este libro de Ortuño nos parece demasiado familiar. No es necesario ser escritor para imaginar que las desventuras de Murray son demasiado realistas y que, aunque incluso pudieron o no pasarle al mismo Ortuño, son producto de una experiencia que no toma distancia de la materialidad de la vida. La pluma de este escritor tiene la facultad de imprimir el tiempo y el espacio propios de nuestra realidad sin apuntar hacia la realidad misma. Esta capacidad narrativa deja la puerta abierta al lector, no lo subestima, y tampoco compromete su autonomía textual, no responsabiliza y no edifica una autoridad ni moral ni literaria. Quien abre el libro y se sumerge en él no dialoga con el escritor, sino con el espíritu de nuestro tiempo.

500 días con Ortuño

El editor de esta revista me pregunta que si cómo conocí a Antonio Ortuño. Le cuento. «Fue hace diez años, en un elevador que ascendía hacia al séptimo piso. La fuerza simbólica del encuentro fue absolutamente fortuita: ese año se había publicado Recursos humanos (Anagrama, 2007), novelón con el que había sido finalista en el Premio Herralde y que mereció la mención honorífica. El autor, entonces, también ascendía con fuerza en la escena internacional», le explico, satisfecho por la enorme coincidencia metafórica. El editor me contesta: «¿Ibas escuchando tus audífonos y entonces él te dijo que le encantaban Los Smiths?» Tardo en contestarle porque hago memoria. Antes de negarlo (porque quizá sí, quizá iba escuchando mis audífonos y quizá iba escuchando a Los Smiths) comprendo que se trata de una broma. Así es como se conocieron Tom y Summer en esa tonta película de 500 Days of Summer. Pero ésta tampoco es una historia de amor. El elevador llevaba a las oficinas de la revista La Tempestad, donde yo trabajaba por esos días y tuve la suerte de coincidir con él. Ortuño y Nicolás Cabral organizaban una presentación de Recursos humanos en el Centro Cultural de España a la que, por supuesto, asistí. Luego del brindis, se decidió ir al Covadonga y me colé. La noche fue larga y caótica. Pero Antonio resistió hasta el final. Mi amigo Óscar y yo vivíamos en el Hotel Virreyes y ahí nos gastamos las últimas horas de la noche. No hubo The Smiths, pero reventamos las bocinas de una vieja televisión de bulbos, que funcionaba como estéreo gracias a un reproductor de DVD’s, con el Ozzmosis de Ozzy Osbourne.

Esto viene a cuento, porque pienso, por otro lado, que las desventuras de Arturo Murray, el personaje central[1] de La vaga ambición, no deben tener tampoco bastante cosmético ficcional. Es muy posible, quiero decir, que los infortunios de Murray sean los infortunios de Antonio Ortuño porque este escritor tiene un imán para eventos enrarecidos. He sido testigo. En las dos o tres ocasiones que me he topado con él, algo extraño pasa o se encuentra en medio de una escena irreal. Verbi gratia: hace años coincidimos en Buenos Aires, en una fiesta en la casa de un escritor de esa ciudad, y un grupo de intelectuales sudamericanos enardecidos querían darle de palos porque bromeó diciendo que Pedro Páramo era, para los mexicanos, El Principito del Bajío. Esa misma noche, una punk porteña (fan de Rulfo) tiró nuestras bebidas por el fregadero (lo cual fue un alivio porque el líquido negro tenía un sabor asqueroso), aduciendo que bebíamos el licor incorrectamente y volvió a servirnos el tal fernet con un chorrito de cocacola (ahora el trago era insoportablemente amargo y dulzón, un coctel repugnante de contrastes aciagos). La chica con mohawk se nos quedó mirando hasta que nos tomamos la última gota.

Intuyo que estas cosas le ocurren a Antonio Ortuño continuamente porque se deja avasallar por la realidad. Porque no se encierra, como la mayoría de los escritores, en su mundo interior. El autor de La fila india, renuncia a la espiritualidad del autor y a las plataformas del saber por una experimentación mucho continua que tiene que ver con dejarse llevar por los misteriosos caminos de la escritura. Es curioso por naturaleza, como el pequeño Murray de ese viaje/secuestro con su padre a un retiro oscurecido por personajes que rayan en la pedofilia y el patetismo. Los personajes de Ortuño, como el mismo Ortuño, ponen un pie dentro de zonas transitadas por el surrealismo y la incertidumbre. No puedo dejar de recrear y mezclar con mi memoria la imagen del niño transbordando en un taxi rumbo a Chapala («Un trago de aceite») y la imagen de Antonio Ortuño subiendo en un taxi con dos desconocidos (Óscar y yo) rumbo a quién sabe dónde. En ese entonces, mi amigo y yo fuimos el ambiguo Doctor Murray, robando al autor de Recursos humanos.

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Calamita literaria

Ésta es la definición de “Calamita”: Mineral constituido por una combinación de dos óxidos de hierro, de color negruzco, muy pesado, que tiene la propiedad de atraer el hierro, el acero y algún otro cuerpo. Pienso que Ortuño tiene una brújula interior hecha de calamita literaria. Debe ser algo electromagnético que atrae a esos “algunos otros cuerpos” que flotan por todo el globo con una estela de singularidad. Pienso que la vida de los escritores debe abrirse a estos episodios que suplican ser narrados. Enrique Vila-Matas es un atleta profesional en esta disciplina de poner atención a los eventos inusitados. Estos dos autores comparten eso, un síndrome (el del Mal de Montano) que los enloquece y los hace ver literatura en todas partes. Los relatos de Ortuño son inevitablemente atractivos porque fijan la desarticulación de esta imagen sagrada del escritor culto e inexorable. La vaga ambición, aunque trata de algunos infortunios de la vida de escritor, no capitaliza la condición de escritor (enfermedad que sí experimentan muchas estrellas meta-auto-ficcionales de la escena nacional), sino la curiosidad y el enfrentamiento con los episodios bizarros de la naturaleza humana.

Le pregunto a Ortuño por e-mail que por qué es tan curioso y me responde: “Alguna vez un amigo, que es depresivo crónico, llegó a la conclusión de que no se suicidaba por curiosidad. Si lo hacía, ya no sabría qué pasaba luego. Eso me pasa a mí. Soy capaz de bajar al abismo o subir al piso cincuenta para saber qué hay abajo o arriba. Y el ridículo me da risa”. Y para finalizar, le pido que me cuente una de sus últimas experiencias extrañas y dice: “En Madrid, mientras firmaba ejemplares en una caseta de la feria del libro, apareció en la fila un tipo de unos sesenta y tantos años. Flaco, desgarbado, tenía aspecto de mesero en día franco. Pidió permiso a las dos o tres personas delante de él para pasar primero (“Es que no llego”, les decía, pero no a dónde iba). Al final se presentó ante mí y me dijo: “Este libro no es lo que necesitaba pero por favor fírmelo, porque lo quiere firmado y no tengo tiempo”. Lo firmé, el tipo agradeció y se fue de prisa. Nunca supimos quién quería firmado (y por mí) el libro que no necesitaba.

[1] Salvo en ese misterioso texto titulado “Provocación repugnante”, que tiene enormes figurines históricos como Walter Benjamin, Asja Lācis, Stanislanski, Bulgákov y que Francisco Solano en El País advierte que es posible que haya sido escrito por el mismo Murray. https://elpais.com/cultura/2017/06/28/babelia/1498651385_908472.html