Las chambitas y los días. Borges en la biblioteca Miguel Cané

Por Noé Vázquez

Todo empieza con alguien que conoce a alguien. El primo de un amigo, un conocido, un compadre, que no un compadrito, ya que ellos se cuecen aparte. Si te llamas Borges y quieres tener un empleo tal vez sea conveniente un amigo llamado Adolfo Bioy Casares y otro de nombre Francisco Luis Bernárdez. Así con ello, Borges en 1938, tendrá un medio de subsistencia en la Biblioteca Pública Miguel Cané que se encuentra en el barrio de Boedo. Ciertos testimonios dicen que en su primer día se apresuró con el trabajo para terminarlo a tiempo. Pudieron decirle: «Calma che Borges, si seguís con ese ritmo nos van a despedir a todos». Borges se lo toma con paciencia. Ya habrá tiempo para todo.

Los días transcurren, anodinos, abyectos, todos iguales, no es posible diferenciarlos, los marca la monotonía, el hartazgo. Sus compañeros de trabajo lo detestan. Alguien cuyo nombre será preciso olvidar lo imagina como un empleado altanero: Un joven treintañero, de buena facha y procedencia, de apariencia cajetilla y señorito, bien vestido y de maneras serias, reservadas, con frecuencia ensimismado en sus cavilaciones; «acostumbra no darse con nadie» como Borges describía a un personaje en «Funes el memorioso» (Ficciones, 1944). Borges causa inquina, rechazo, para ellos es un plomo social, no sigue la ordinaria conversación: entiéndase por ello lo obtuso, la rutina de seguir trama de las radionovelas, los resultados de las carreras de caballos. Sus compañeros, cabezas de alcornoque con jale, no tienen —ni tendrán—, la más remota idea del enorme significado que el nombre Borges tendrá para la literatura universal. No lo soportan, pero su repulsión les llegará hasta la desesperación en años posteriores. No faltará quien diga: «Estamos hartos de Borges». Claro que lo están. Tendrán que acostumbrarse. Otros pensarán en él como un subalterno mediocre. Alguien más, dicen que fue «El Rufián» Bogdano, se sorprendió al ver escrita en alguna partida enciclopédica de la Espasa de 1931, la foto con su nombre: «Jorge Luis Borges, poeta y literato argentino». Borges trata de aclarar esta partida, no miente: soy yo, habrá de decir. Desde luego, nadie le cree. No es posible que un vulgar empleado como che Borges sea al mismo tiempo «poeta y literato». El escritor no dará después mucha luz sobre el asunto, no le interesa, sabe que eso no es importante. El mundo está lleno de incautos que como polillas se incrustan en la luz de la fama. Tal vez, uno de esos días se presentaron en la biblioteca sus amigas socialités, tan fifís, tan upper class, colmándolo de atenciones, de distinciones, señalándolo como uno de los suyos; después de todo, nadie escapa a un poco de esnobismo. Las empleadas de la biblioteca miran la escena, se cuestionan: “¿Quiénes son? ¡Qué señoritas tan elegantes!”, — pensarán ellas—. Tiene razón Proust cuando dice que el esnobismo es el aquel pecado sin remisión que mencionaba San Pablo.

El ambiente es sórdido, vulgar, hay intrigas, maledicencias, Borges se refugia en algún sitio apartado, lee mucho, proyecta sus entramados, sobre todo, piensa. Imagino sus tardes en esos años, sólo podemos suponer el flujo de su pensamiento que rescata algunas ideas teológicas y filosóficas que habrán de ser plasmadas en sus cuentos. Lee a Spinoza, Berkeley, Hume, Schopenhauer… Borges prefigura nuestro mundo, se adelanta a algunos postulados de la física cuántica, sus analogías, paradojas y el conjunto de sus mitologías sigue dando de qué hablar incluso en nuestros días. Como aquellas vertientes del pensamiento que cuestionan la misma realidad empírica para darnos la idea de que la forma como vemos el mundo es una simple ilusión, idea que la neurología y la física moderna, de alguna forma, empiezan a validar. La idea del Universo como biblioteca vendrá de esos días y será la base de uno de sus cuentos más conocidos. Borges imagina argumentos, como en el «Tema del traidor y del héroe» (Ficciones) en donde cree que la imaginación justificará sus «tardes inútiles». Uno se pregunta qué tienen de inútiles aquellas tardes porteñas cuando Borges pensaba y escribía, y por las que el gobierno argentino pagó una bicoca.

 

 

Borges se refugia en algún sitio apartado, lee mucho, proyecta sus entramados, sobre todo, piensa. Imagino sus tardes en esos años, sólo podemos suponer el flujo de su pensamiento que rescata algunas ideas teológicas y filosóficas que habrán de ser plasmadas en sus cuentos.

 

El ambiente de esa «ilegible biblioteca de los arrabales del sur» que menciona en «El Aleph» (El Aleph, 1949) y en donde manda a trabajar a Carlos Argentino Daneri, le dio a Borges la posibilidad de crear los momentos más fascinantes y memorables de la literatura latinoamericana. Borges, que imaginaba el Paraíso como la morada de una biblioteca no fue feliz ahí, y es fácil adivinar por qué. Para él, el ciudadano promedio no tenía más interés que el fútbol y los chistes soeces. Borges les reprocha en silencio su incuria, su falta de ambiciones culturales y espirituales. Pero hay buenos momentos, instantes de reflexión, de cavilaciones que no cesan. El empleado Borges se sabe ignorado, de alguna forma desairado, humillado por un trabajo para el que se siente sobrado. Casi ciego, con unas gafas estrambóticas, de fondo de botella, acerca la mirada a los textos como si quisiera entrar en la dimensión de sus páginas, la vista ya no da para más. Se conforma, no le gustan las quejas, las demostraciones demasiado efusivas y sentimentales, los exabruptos dramáticos, insiste en guardar siempre la compostura, la caballerosidad, el porte. Sabe de lo heroico que hubo en sus antepasados enterrados en el cementerio de La Recoleta. Parafraseando: no hay lágrimas no hay reproches. Borges se conforma y esta línea parece personal: «Si el amor, la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otro, que el cielo exista aunque mi lugar sea el Infierno, que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que un instante, en un solo ser Tu enorme biblioteca se justifique» («La biblioteca de Babel», Ficciones). «La lotería de Babilonia», «La muerte y la brújula», «Las ruinas circulares» son obras que surgieron en esas distracciones que Borges buscaba en su trabajo. Robando tiempo, aprovechando sus ocios de empleado municipal, sacando subrepticias notas mentales, llevándose textos a su casa.

Veinte años no es nada, como dice el tango, y nueve años son un día, un largo día que termina, vaya, un suspiro. Es el tiempo que Borges lleva ahí trabajando. Entonces Juan Domingo Perón sube al poder. En 1946, otro empleado cuyo nombre insistimos en desdeñar, lo acusó de ser un «un anglófilo liberal y un obtuso antinazi» —cuando ser pro nazi era bien visto en algunos lugares—. Borges quiere que lo saquen de ahí a patadas, lo desea desde el primer día. Trabajar es la opción que tomamos para sobrevivir, lo otro es saltar por la ventana, como quería Franz Kafka, empleado de una compañía de seguros, quiero acordarme: Assicurazioni Generali. Perón se lo concede: Borges llega cierto día, y como cualquier día se deja llevar por la gravitación de la rutina pero no lo dejan continuar, acaba de recibir su nuevo nombramiento: «Inspector de gallinas y conejos del Mercado Municipal». Borges declina. Las dictaduras carecen de imaginación, les falta sentido del humor, sus agravios son burdos, nos dicen mucho de quien los confiere, de su nulo sentido de la proporción, de su intolerancia. Los caminos de la humillación son extraños, tortuosos, intrincados. El gobierno peronista reflejaba esa monotonía que sólo saben dar las dictaduras, los que hablan de un Borges acomodaticio, o poco comprometido se equivocan.

            La Biblioteca Municipal sigue ahí, la mencionan en las guías de turista para que la gente llegue a ver el sitio en donde trabajó Borges. El gobierno hizo algunas remodelaciones para situar los momentos del escritor en cierto espacio. Dicen que en cierto lugar estuvo el literato y le asignan un cubículo, ponen ahí una máquina de escribir que es casi una chatarra, colocan algunos textos para que se diga que el ahí «trabajó» el literato, claro, los empleados que lo conocieron saben que eso es falso, se trabajaba en toda la biblioteca, ordenando, catalogando, redactando fichas, localizando textos, qué se yo. Uno a uno llegan los dévots y turistas incautos que creen sentir la presencia borgeana en ese lugar. También la han visitado escritores como Juan Villoro y Jorge Edwards. «Bonita la biblioteca»—podrán decir los turistas, casi con amabilidad—. Ilegible, discreta, diría Borges. No faltará algún vecino despistado que diga que lleva treinta años viviendo ahí y apenas descubrió que había una biblioteca más o menos importante.

Los cuentos de Borges hablan de Borges leyendo, pocos sospechan que esas lecturas venían de un tiempo en que la revelación lo encontraba trabajando, de las epifanías que llegaban en un interludio durante las labores. Se escribe porque es inevitable, se escribe de cualquier forma. Lo sabía William Faulkner, quien pudo haberlo hecho a la intemperie y en una carreta volteada; se escribe a como dé lugar, incluso sin la pluma en la mano mientras despachas gasolina, como lo hacía Raymond Carver; o bien, como un oscuro contador público metido en la bóveda de algún complejo industrial de la Goodrich-Euskadi, como dicen, lo hizo Juan Rulfo, y otros dicen que era agente viajero, habrá que creerle a Juan José Arreola quien contaba esos detalles acerca de Rulfo y decía conocerlo —lo que sea que eso signifique si hablamos de Rulfo—. Dicho sea de paso, imposible ignorar al Arreola nuestro de cada día trabajando en una sucesión de roles y personalidades como un auténtico Frégoli de las chambas: vendedor ambulante, maestro de trigonometría —de la que no sabía nada, todo estaba en su memoria, dice él—, encuadernador, declamador ocasional, actor de radionovelas, corrector de pruebas, comparsa en algunas puestas teatrales, y de lo que me vaya acordando cuando abandone esta página. Para crear no puede detenernos la necesidad de sobrevivir. Henry Miller en su trilogía Plexus, Nexus y Sexus (1949-1960) refiere hasta el cansancio una sucesión de empleos ocasionales en los que nunca destacaba; los seguidores de Stephen King nos remiten con frecuencia al empleo del escritor en alguna lavandería; Fernando Pessoa fue toda su vida un funcionario público, un oscuro oficinista trajeado cuyo retrato en alguna calle de Lisboa es ya icónico; James Joyce era cajero de un banco y también, maestro de inglés en Berlitz. No todos los escritores han podido tener su «chambita», otros eran tan inadaptados que difícilmente lograron encontrarla, todo se fue en trabajos informales, ocasionales, me refiero a H.P. Lovecraft, quien, debido a su falta de adaptación al mundo que le rodeaba, vivió hasta el final de sus días frugalmente y murió con lo justo…

 

Los cuentos de Borges hablan de Borges leyendo, pocos sospechan que esas lecturas venían de un tiempo en que la revelación lo encontraba trabajando, de las epifanías que llegaban en un interludio durante las labores. Se escribe porque es inevitable, se escribe de cualquier forma.

 

Volviendo a Borges, creo que fue una de sus amigas, Emma Risso Platero quien, ante los apuros del escritor que se había quedado sin su medio de subsistencia, le dijo: «Pero, un escritor de su categoría, estoy segura que se puede ganar la vida dando conferencias». Así, Borges se convirtió en conferencista en algunas provincias argentinas y uruguayas, a pesar de su timidez, su tartamudez. «Anímese Borges, échese unas cañas y verá como todo se resuelve»— pudieron haberle dicho—. Y aquí empieza la tradición del Borges oral, que para algunos, representa otra parte de su literatura. Dicen que fue Silvina Bullrich quien lo convenció para que cobrara por esas conferencias y pláticas. Al autor le gustaba hablar aunque no le pagaran, Bullrich le recrimina: «Ay, Georgie, te comportas como las putas que, cuando se enamoran, trabajan gratis». Para Borges, «cualquier hombre puede leer cualquier libro», tal y como se menciona en «La muerte y la brújula» (Ficciones). No puede haber declaración más igualitaria acerca de la cercanía que nos propone el escritor con respecto a su obra. Imposible sostener la idea de un Borges soberbio. Para nosotros, lo que un hombre puede hacer lo puede hacer otro. Creo que él lo hubiera dicho mejor: «Somos agradablemente, los otros», por eso transmigramos, por eso pensamos de vez en cuando en aquellas tardes de esa biblioteca de los arrabales del sur.