Sueños húmedos en el Mediterráneo: Dream Boat, de Tristan Milewski

Por Leo Lozano

La cosa es sencilla: si tienes un buen trasero, un buen pene o eres atractivo, tienes las de ganar. Así lo plantea Dipankar, un indio recién salido del clóset residente de Dubai y que ha decidido embarcarse en un viaje de una semana a bordo de un crucero gay. La premisa es tentadora y excitante para Dipankar, sin embargo, el paso de los días y caer en la cuenta de lo que su apariencia física representa en un lugar como ese le dejará una amarga experiencia, lejos de la idílica idea que se había hecho del viaje.

Dream Boat, del alemán Tristan Ferland Milewski, que se exhibió en la pasada edición de la Berlinale, nos ofrece los claroscuros de una comunidad que en la retórica del activismo aboga por el amor y el respeto, mientras que tras bambalinas suele ser frívola, despectiva y hasta cruel. Sin falsos pudores, el documental muestra el éxtasis y la euforia así como la decepción y el hastío, porque lejos del cliché de placer homoerótico que supone un crucero gay, Dream Boat deja muy claro que no todos se la pasan bien.

En el documental, Milewsky nos lleva de la mano de cinco personajes; cinco historias, cinco perspectivas de la aventura en el océano. El ya mencionado Dipankar, un chico de estatura mediana robusto y muy poco atractivo. Marek, un polaco de ensueño con expectativas demasiado ingenuas con respecto al crucero. Ramzi, un palestino que encontró en Bélgica el amor y la libertad. Martín un fotógrafo con VIH que vive su sexualidad sin tapujos ni remordimientos y por último, Phillipe, un francés de edad madura que no ve a la silla de ruedas que le ayuda a desplazarse como un impedimento.

Torsos desnudos, culos al aire libre, falos erectos; testosterona al por mayor, el cuadro es una bacanal romana donde lo que prima es el deseo pero también la frustración; dónde cuerpos desnudos se entrelazan al cobijo de la música, las luces y la brisa marina, mientras que otros se quedan en la soledad más absoluta, ignorados por el bullicio o recluidos en sus camarotes.

Porque lejos de ser un comercial de lo fabulosa que puede ser la vida sexual de un homosexual en un crucero para hombres, el documental de Milewsky prefiere tomar vericuetos agridulces y decirnos que la realidad no es un comercial. nNo lo es para Phillipe, que sabe que sentirse deseado es un asunto que, para él, pertenece al pasado, aunque eso no le impide mantenerse optimista.

La situación cambia con Ramzi, el chico palestino que huyo de su país debido a la represión. Para él, la llegada a Bélgica significó un respiro de libertad y amor, puesto que ahí encontró a su pareja, quien le acompaña en el viaje. Ramzi entiende el juego en el mundo gay, sabe perfectamente que el cuerpo y la apariencia juegan un papel fundamental para conseguir sexo.

Marek, el polaco musculoso no ve el asunto desde el aspecto meramente físico. Para él, los días en el crucero se vuelven monótonos y simples; los excesos, la excesiva frivolidad y la sensación de verse a sí mismo como una mercancía le resulta molesta.

Por el contario, Martin, el fotógrafo con VIH y su novio, ambos atractivos; no tienen mayor problema con las fiestas, el alcohol, las drogas y el sexo desmedido que inunda el barco. Su posición es ventajosa y la disfrutan. Así, con la perspectiva de cada uno de estos personajes, el director alemán va tejiendo un relato complementado con testimonios de más viajeros que versan sobre lo que significa ser gay, sobre la belleza, la juventud, la vejez y desde luego, el sexo.

Porque si de relaciones homosexuales se trata, entre hombres, el sexo es la órbita sobre la que giran algunas de sus prioridades y preocupaciones, que tienen que ver con la juventud, la autoestima, la seguridad en sí mismos y la visión, errónea o no, que cada quien tiene de su persona. Como Dipankar, el chico hindú que llegó entusiasta y optimista, para caer en la realidad de que no le tenía nada sencilla.

O Marek, que, pese a su atractivo físico, tiene problemas para conseguir sexo casual, porque le incomoda. O Phillipe, que tiene que enfrentar dos obstáculos mayúsculos, su discapacidad y su edad. No sucede lo mismo para Martin y Ramzi: su estadía en el crucero, acompañados de sus respectivas parejas, se traduce en una experiencia agradable.

Así, acompañados por la brisa del Mediterráneo, la fiesta interminable y el deseo carnal latente, estos hombres se entregan sin inhibiciones a sus deseos más primarios por una semana, o quizá más. El barco de los sueños se exhibirá por última vez este jueves en el Parque México, en el marco de DocsMX.