El arte contemporáneo y sus «buenas intenciones». The Square, de Ruben Östlund

Por Leo Lozano

A las afueras de un museo europeo una grúa retira con poco éxito una escultura de un jinete montado en su caballo; la pieza no ancló bien y termina por caerse y quebrarse. En su lugar será colocada una nueva obra; un cuadrado instalado en el piso cuyos contornos son iluminados por luz neón y que tiene por título The Square. La obra simboliza la función de la plaza pública como un lugar de encuentro y de reconciliación social, o al menos así se vende.

Esta es una de las anécdotas, o mejor dicho uno de los «acontecimientos», bajo los que gira el argumento de la última película del sueco Ruben Östlund, que recibe el mismo título de esta pieza de arte contemporáneo, creada, en la ficción, por la argentina Lola Arias.

El museo en cuestión se llama X-ROYAL y su curador en jefe, Christian (Claes Bang) es la representación idónea de esta suerte de gurús o predicadores en que se han convertido los curadores. En la cinta, la inminente inauguración de la exhibición The Square detona de maneras misteriosas, casi mágicas, una serie de sucesos que pondrán de cabeza el universo de Christian y lo enfrentarán con los discursos políticamente correctos que enarbola cierto arte contemporáneo.

Hay que decirlo, en su mayoría, una buena parte de lo que se asume como arte contemporáneo no es otra cosa que una serie de panfletos moralistas y de superación personal que buscan, con ingenuo afán, hacer de este, un mundo mejor. Esa es la premisa con la que parte Östlund en esta sátira inteligente, cruda y por ratos abrumadora –este último adjetivo en el más peyorativo de los sentidos.

Ahora bien, el filme es inteligente en muchos sentidos, pero su mayor acierto descansa en el uso del humor, aunque paradójicamente termina abusando de él (más adelante abordaré ese punto). Y digo que es inteligente puesto que a veces la mejor forma de abrir el debate para temas que se asumen solemnes –el simple hecho de que una caja de zapatos vacía exprese alguna situación social de relevancia la convierte en una causa noble e incuestionable- es a través del humor.

Toda la serie de situaciones absurdas que ocurren en la película, que son muchas, están ahí para cuestionar esta suerte de activismo artístico que inunda museos, galerías y ferias de arte hoy día. Y están ahí también para crear conflicto y poner en duda la congruencia entre el discurso del arte contemporáneo y quienes lo promueven.

Y destacó, la cinta abre la discusión, no la concluye y eso también la convierte en una película inteligente. Pone el dedo en la llaga sobre los grandes cuestionamientos que se la hacen al arte contemporáneo pero sus conclusiones no son contundentes puesto que deja espacio al diálogo con el espectador y le permite hacerse preguntas, para eso está Christian, para dar el matiz.

El filme es crudo, porque si bien no pocas de las propuestas de arte contemporáneo ven en el arte una suerte de tabla de salvación, la cinta cuestiona qué tanto poder tiene el arte para modificar la realidad en los términos en los que el artista contemporáneo pretende. El arte, desde mi perspectiva, no puede funcionar como un culto o una religión porque entonces perdería su autenticidad; el arte invita a la reflexión y a la duda no a la creencia en soluciones fáciles.

Para detractores y apologistas de cierto arte contemporáneo, el filme, ganador de la Palma de Oro en la última edición de Cannes, es el pretexto idóneo para dejar de desgarrarse las vestiduras en torno a un montón de basura apilada en la sala de un museo y a la vez es una inmejorable invitación para cuestionarnos la función del arte.

La cinta se exhibe en la Cineteca, Cine Tonalá y salas comerciales.