«El compromiso de la música es con la vida; el de la literatura, con la muerte»: Carlos Velázquez

Por Miguel Ángel Morales

La música me llevó a tierras laguneras.  Fui en busca de los Cardencheros de Sapioriz. De eso hace ya dos años. Torreón era el punto de llegada. Tierra de de los Moreira, del Santos, madriguera de Zetas. También de Carlos Velázquez. Con un estilo a caballo entre los localismos norteños y el lenguaje más afterpop, Carlos construyó desde La biblia vaquera (2008) una narrativa llena de saludable nihilismo. Literatura que destila blues grasoso, raw power. Como imaginar a Baudrillard comiendo un burrito de hielera. Mi amigo y yo aprovechamos el tour cardenchero para charlar con él en nuestro último día en la Laguna. Carlos no lo recuerda (dice que estaba muy crudo o algo más), pero nos recibió un par de horas en su depa ubicado en una calle como cualquiera de las de Torreón a los ojos de un fuereño: amplia, desolada y con un chingo de baches. Enfrente del edificio hay (había) un local de hamburguesas. Tocamos el timbre algunas veces. Tras 15 minutos abrieron la puerta. Lentes de destrucción, playera negra. Era Carlos. Subimos las escaleras, pero nunca entramos al piso. En cambio, nos condujo a la azotea.

Nuestra carga —cuatro botellas de sotol de dudosa calidad compradas horas antes en un local de Gómez Balazo— hizo que Carlos nos diera su mejor recomendación aquella tarde: «Compren un Hacienda de Chihuahua, el mejor sotol que hay; no hay otro». De la entrevista obtuvimos algunas palabras en calidad de embargo. Dijo que estaba en vías de dar carpetazo a una novela, El corrido del Santo Madero, la cual podría ser presentada a finales de 2015 en la FIL de Guadalajara. Cosa que no ocurrió. A la hora llegó Daniel Herrera, quien generosamente me regaló su novela (en ese entonces recién desempacada) Quisiera ser John Fante.  A eso de las 6 pe eme, minutos más, minutos menos, el cielo se llenó de tierra, algo parecido a un tornado: una tolvanera. Oscureció pronto y tuvimos que bajar. Daniel, quien iba a tocar con su grupo aquel sábado, nos llevó en su coche a nuestro hotel. Partiríamos el domingo por la madrugada. La charla con Charly quedaría enlatada en un iPod que me robaron meses después.

Aún guardo la botella vacía de la crema de sotol.

Henos aquí de nuevo, ahora en la Ciudad de México. La Rosario Castellanos es el punto de reencuentro. Carlos luce constipado, no puede ocultarlo. El pañuelo es pasado por su nariz constantemente. Me ocurre lo mismo todo el tiempo, le digo. Si no tomo mis chochos moqueo. ¿Es por el perico?, me pregunta.

Carlos ha publicado un nuevo libro. De cuentos, para no perder la costumbre. La efeba salvaje (Sexto Piso, 2017) es el título. En él habitan temas recurrentes en el universo velazquiano: gordos ansiosos, junkies inestables, quiebres amorosos, deportes que esconden temáticas extrañas, crímenes domésticos y las drogas. La charla resultante es la siguiente:

Si lo ponemos en términos musicales, creo que de todos tus libros este es el más guitarrero. Están ahí los tonos punk, el electro, lo dark, pero sobre todo el punk. ¿Qué particularidades ha tenido la creación de este libro?

Creo que es más dinámico, en ese sentido quizás se produce esta sensación de que es más guitarrero. Creo que en La biblia vaquera ya había un intento, un deseo, de exponer cierto virtuosismo en el lenguaje. Aquí más bien lo que se trata es que el libro sea muchísimo más veloz en el sentido de que no persigue ese mismo afán sino que más bien pretende que el acceso a la lectura sea muchísimo más accesible sin sacrificar la calidad literaria y el rigor. Sin embargo hay una velocidad, un dinamismo, que yo busqué y que quería cultivar porque quería que este libro fuera como un relámpago.

Hace un par de años hablabas de la publicación de tu primera novela, El corrido del Santo Madero. ¿Qué pasó en el transcurso para que La efeba salvaje saliera antes?

Si seguimos en los términos musicales, estamos teniendo problemas de audio. La novela está escrita pero hubo algunos retrasos. Estilísticamente está más cercana a La biblia vaquera, por lo que empecé a engolosinarme con el lenguaje al grado de que tiene unas partes en las que hay un hermetismo que se vuelve inabordable y exige muchísimo al lector. Entonces decidí que no, que no quiero transitar por ese camino. Quiero que mi novela sea un poco más como La efeba salvaje, que tenga esa velocidad y dinamismo. Estaba hasta la madre de la novela, empantanadísimo. Me sentía muy mal, con procesos muy dolorosos de lucha constante por encontrar una voz nueva, por hacer algo único y diferente que dije «no, ni madres, necesito una desintoxicación». Me dije: «Me acuerdo que cuando escribí La marrana [negra de la literatura rosa] me la pasé muy bien. Quiero volverme a divertir y que la escritura sea eso». Entonces escribí estos cuentos y volvió a aparecer esa vertiente y me empecé a divertir muchísimo, a reír. Entonces me dije nuevamente: «esto es lo que a mí me gustaba de la literatura». El plan era sacar La efeba salvaje después de la novela pero cuando me di cuenta de que tenía un volumen de cuentos. Mi editor me dijo que lo sacáramos y no nos esperáramos.

John Cheever decía que en los cuentos de sus colegas encontraba esas casas de verano rentadas, esos amores de una noche, esos amores extraviados que desconciertan a la estética tradicional. Sabemos que Cheever siempre antepone el cuento a la novela, por eso me interesa preguntarte, ¿a ti qué tipo de cuentos, imágenes o temáticas te gusta crear para desconcertar?

En La efeba salvaje hay un cuento que se llama «This not a love song» que está inspirado en «Canción de amor no correspondido» de John Cheever, que a mí me parece el ejemplo del cuento perfecto en el sentido de que estructuralmente es impecable, entiende el cuento asimilado a la manera de Poe. De «La filosofía de la composición» al presente ha habido (al menos en la cuentística norteamericana) muy pocas variaciones, y Cheever es un gran ejecutor de esa estructura. Entonces, ese cuento sirvió de modelo para el mío; tiene algo que es muy del universo cheeveriano que terminó por afectarme en el buen sentido, y se ha convertido en una influencia muy importante en mi obra, que son las relaciones enfermizas de pareja. ¿Qué me gusta de una historia? Obviamente que esté muy bien escrita, que tenga un gran clímax y un gran desenlace sorpresivo, peor me gusta también muchisisisímo que incluya relaciones problemáticas y enfermizas sentimentales.

Hay autores que hablan de que las historias deben tener una épica, una grandiosidad. En tus historias, sin embargo, vemos una narrativa muy doméstica, muy sencilla. Se trata de dilemas muy chiquitos que se van formando una especie de universo en miniatura. ¿Qué tan importante es lo doméstico para ti?

Está presente en toda mi obra. Por ejemplo el tema de la paternidad está en un cuento de «La marrana negra de la literatura rosa» como aquí («Stormtrooper»); la preocupación por la muerte está en ambos, y la obsesión por la obesidad también. Tengo otro libro de cuentos en camino que tiene otra historia de gordos. Me parece fascinante lo que ocurre en la obsesión por la obesidad porque está presente en la vida cotidiana de una manera excesiva. Tú prendes la tele y ves comerciales de Fataché, de productos para adelgazar, de fajas, de gimnasios. La gente que se toma fotos solamente de su rostro para no evidenciar que están gordos, etc.

Te subes al metro y hay campañas para la hipertensión, para la diabetes. Es un problema cotidiano y de salud pública que guarda escenas muy chingonas.

 

De igual forma veo que hay un issue muy interesante con los espacios. En «Muchacha nazi» se describe un odio hacia la Ciudad de México. En cambio, hay historias como «El alien agropecuario» o «Stormtrooper», que una predilección por los espacios rurales, ‘provincianos’… 

«Muchacha nazi» es un cuento que se desarrolla en la Ciudad de México pero no es tanto un odio hacia la ciudad. Sí definitivamente, yo como foráneo, pero también la gente que vive aquí tiene una relación amor-odio con esta ciudad. Me parece que poco a poco mis motivos, mis intenciones y mis temáticas se van mudando y expandiéndose. Es una historia que sólo pudo haber sucedido en esta ciudad. Al mismo tiempo es una especie de homenaje a este monstruo de ciudad, que es algo con lo que tenemos que lidiar todos.

También hay un regreso a las temáticas deportivas. En «La jota de Bergerac» ya habías hablado del beisbol. Ahora el futbol es protagonista en «La efeba salvaje» al incluir a un personaje (Gómez Yonque) que puede estar inspirado en el comentarista deportivo Juan Gómez Junco….

No un poco, está totalmente inspirado en Gómez Junco. Me interesan mucho los deportes. Creo que en la literatura mexicana éste ha sido un tema poco explotado. En mi siguiente cuento de libros hay un cuento sobre natación. me parece que ahí hay una gran veta a explorar. Parece que la literatura mexicana ya no tiene más temas que explotar, pero no, sí hay muchísimo material que todavía no ha sido abarcado y que está ahí, esperando a que nos animemos a entrarles.

Después de terminar estos cuentos se queda uno con la sensación de que nada tiene salvación. Se trata de historias revestidas de cinismo, competencia, desgano. 

El asunto aquí es algo que se remite a la historia de la literatura y que de un tiempo para acá es muy comprobable: la literatura feliz no existe y la que existe es sumamente aburrida. El drama humano es tan grande que lo seguimos representando y sigue siendo de nuestro interés fundamental. Por eso seguimos narrándolo. Alguien podría haber dicho: «Después de Crimen y castigo, ¿qué más vas a decir sobre el alma humana?» Pero no: hay muchísimas cosas que decir. A lo mejor no lo podemos decir con la misma profundidad con la que lo hizo Dostoievski, pero está ahí: los claroscuros y las posibilidades, la tragedia, son infinitos.

Ahora que terminaste La efeba salvaje, ¿qué es lo que sigue?

Vamos a sacar un libro de crónica, que saldrá en la primera semana de diciembre, que es mi vida con la cocaína, desde el primer momento hasta el presente.

Respecto a la crónica y al periodismo, hay una influencia muy importante en tu obra de autores como Hunter S. Thompson o Sergio González Rodríguez. ¿Qué papel tiene el periodismo en la creación de La efeba o en tus próximas obras?

Respecto a lo de Sergio me resultó un hecho muy doloroso, inesperado. Una muerte muy punk. Me entristeció mucho porque con Sergio hice una amistad. Él siempre acompañó mi obra como crítico, siempre la leyó, la comentó. Tuvimos una amistad muy fuerte. Recorrimos Barcelona pedos. Lamento mucho que ya no esté aquí para que me dé su opinión sobre La efeba salvaje.

En el plano colectivo, la muerte es irremplazable. Es una pérdida que sufrimos todos porque ya no va a haber otro Sergio González Rodríguez, una figura insobornable como él, ya no habrá una figura con esos huevos para evidenciar esas fallas del sistema e incluso señalar a los responsables de los crímenes que se han cometido en el país. Extraño a ese cabrón.

En 2018  La biblia vaquera cumple una década. ¿Qué opinión te merece después de tantos años?¿Qué has podido replicar de esa época en tu narrativa y qué sientes que está bien que se quede de lado?

No sé qué puedo aplicar de La biblia… ahora, pero lo que sí sé es que no se me ha terminado el hambre. En La efeba… está muy latente: sigo teniendo esa hambre, ese deseo de ofrecer buenos libros y que el hecho de que este libro vaya a cumplir diez años no me lleva a hacer ningún corte de caja o a sentirme satisfecho en algún sentido. En cambio, quiero seguir y seguir y no parar.

Por último, quisiera volver a la relación que tienes con la música. Alguien me dijo hace no mucho que la música tiene esa pulsión que es más directa. Casi puedes tararear una canción inmediatamente. Con un libro tardas en rumiarlo, digerirlo. Una canción, a los tres minutos. ¿Hay algo que tenga tu escritura de ese proceso de deglución de la música?

La música es indisoluble de mi obra. Algo hay. No sé exactamente qué, no podría decir: «yo tomo esto de aquí o de acá». Simplemente va formando parte de esta nube. Respecto a lo que dices sobre la inmediatez, estoy totalmente de acuerdo: la música es mucho más asimilable. Pero hay que tener en cuenta algo: el compromiso de la música es con la vida, y el compromiso de la literatura es con la muerte. Entonces cuando yo le meto mucha música a lo que escribo, lo que quiero es hacerlo lo más vital posible.

Libros favoritos de Carlos en 2017:
La vaga ambición— Antonio Ortuño
Manual para mujeres de la limpieza—Lucia Berlin
Born to run—Bruce Springsteen
Bowie—Simon Critchley