El sida como desafío: 120 latidos por minuto, de Robin Campillo

Por Leo Lozano

En la década de los 80, justo cuando los homosexuales gozaban de cierta libertad en Occidente, el virus del sida derribó con voracidad lo hasta entonces alcanzado. El estigma volvió a caer sobre este grupo social y la enfermedad marcó con el sello de la muerte a toda una generación que vio como amigos, amantes, hermanos, hermanas y demás se extinguían carcomidos por el nuevo virus, la enfermedad por antonomasia de la segunda mitad del siglo XX.

El cine ha retratado con poco éxito la crisis humanitaria del sida y esto por muchas razones, el tema en sí representa un tabú y su naturaleza se presta a testimonios fílmicos que no van más allá de la anécdota o que abusan del melodrama. A eso hay que agregar la ignorancia sobre la enfermedad, la discriminación y el odio hacia el grupo social más afectado por el virus y tenemos el cuadro completo. En síntesis, se trata de un tema difícil.

Sin embargo, existen honrosas excepciones. Una de ellas es 120 latidos por minuto de Robin Campillo, cinta que obtuvo el Premio del Jurado en el pasado festival de Cannes. El filme francés narra, desde una perspectiva íntima y personal, los avatares de la organización ACT UP, fundada en Nueva York y que tuvo réplicas en varias ciudades del mundo, que se dedicaba a luchar por los derechos sanitarios de los enfermos de VIH y sida en una época en que los medicamentos eran escasos y costosos.

ACT UP, que en español podría traducirse como «portarse mal», tenía una particularidad, además de hacer una gestión política y presionar al Estado y a las farmacéuticas, sus actos de protesta se caracterizaban por ser estridentes, ya que irrumpían en las oficinas de los laboratorios, en escuelas secundarias y en cocteles de políticos y funcionarios médicos arrojando globos de sangre falsa por doquier, esto como acto simbólico.

Sus consignas, pancartas y mensajes no escatimaban en el uso explícito de cualquier acto sexual, su premisa era: tenemos que hablar de aquello de lo que nadie habla. La gente estaba muriendo, ellos estaban muriendo y tenían que enfrentar a un Estado, en aquella época François Mitterrand era el presidente de Francia, y a un conjunto de laboratorios médicos que no se comportaban a la altura.

Hasta aquí el contexto, ahora hablemos del filme de Campillo.

Es el inicio de la década de los 90 y han pasado 10 años desde que se descubrió el sida, en ese lapso han muerto millones de personas en todo el mundo y los avances científicos al respecto son insuficientes; existen tratamientos, pero su eficacia aún no es un hecho. Con esa incertidumbre viven los integrantes de ACT UP Paris, en su mayoría infectados y luchando en el día a día con una enfermedad que los deteriora a paso veloz, es el caso de Sean (Nahuel Pérez Biscayart), miembro fundador de la organización.

El cuidadoso guion de Campillo y Philippe Mangeot se aleja del melodrama y teje una historia que, pese a sus momentos crudos y eminentemente trágicos, no se deja seducir por el chantaje emocional de otras cintas que abordan el tema, como Un corazón normal, por mencionar un ejemplo.

En 120 latidos por minuto asistimos a un retrato íntimo y cercano de un grupo de personas que luchan por su supervivencia, pero no es sólo eso lo que vemos. Hay también en el relato de Campillo una galería de personajes que encarnan diversas posturas con respecto al amor, el sexo, la política y lo que significa ser homosexual y estar o no contagiado, como el caso de uno de los miembros más nuevos Nathan (Arnaud Valois) quien sin tener el virus se une al grupo por plena convicción.

La cinta también es el relato del encuentro entre Nathan y Sean. De sus encuentros y desencuentros y del acompañamiento del uno en la enfermedad del otro.

En muchos sentidos, el filme es algo más que un crudo testimonio sobre esta epidemia mortal. Es algo más que un documento histórico y social sobre un grupo de seres humanos que morían uno tras otro, víctimas de un virus del que apenas si se sabía mucho. 120 latidos por minuto es la historia palpitante de un grupo de personas que, más allá de ser gays, lesbianas o cualquier etiqueta, aman, odian, viven y mueren, como cualquier otro ser humano en la faz de la tierra. El testimonio es ese y la película se atiene a él, sin falsa condescendencia.