Quiero enfrentarme a todos. Crónica de un concierto de Él Mató A Un Policía Motorizado

Por Alfredo Padilla

Fotos: Marte C Merlos

El periodismo no es sólo la trinchera de la denuncia,  es andar en la calle, reír y sorprenderse de lo cotidiano, buscar sus contradicciones.

J.M. Servín

Soy un hombre de obsesiones y fijaciones al abismo. Provengo de la marginalidad del extrarradio, no puedo escribir de otra trama ni desde otro término. Soy un asceta. El municipio en el que vivo se llama Soledad. Mi gramática es la de los solares baldíos y la de la sangre vertida en ellos.

Guillermo Samperio dijo que es mucho más fácil escribir toda la vida sobre las obsesiones, poniéndoles cada vez una nueva cara, pero arriesgándose a lanzar el anzuelo de la escritura hacia las aguas turbias de un “espíritu de la época”,que es opaco, invisible, insondable, innombrable, casi inaceptable; un reto que debería estar implícito en cualquier escritor actual, lo que implica siempre el riesgo del fracaso —como le ha sucedido a muchos—. Esa es la escritura del vértigo, porque el escritor se lanza hacia una zona totalmente oscura que ya no es su niebla, sino el abismo. Si su obsesión es este arriesgue —una transformación interior como resultado de ir hasta las consecuencias colmadas— bienvenida la obsesión; y mi obsesión (y mi defecto) son la música y los despeñaderos.

Lo que me tenía de nuevo en un Primera Plus con rumbo a la ciudad de Guadalajara era una banda de indie rock de La Plata, Argentina, conocida como Él mató aun policía motorizado cuyas letras, atestiguo, hablan de esa obsesión: la marginalidad, el extrarradio, el ascetismo, la soledad, la sangre y los solares baldíos. “Él mató” es un grupo de amigos y músicos introvertidos que en una fiesta, tras ver la película ‘R.OT.O.R’ (1987), decidieron mofarse de los nombres pomposos y ridículos de otras bandas, denominándose con una frase extraída de aquella película dirigida por Cullen Blaine: “This old boy just killed a motorcycle cop”. En el nombre llevan la penitencia, se origina ahí la narrativa y el enigma de la agrupación:su fascinación por los cultismos, la síntesis y lo fundamental. Canciones simples con coros repetitivos, que generalizan el sentimiento de toda una generación. Triunfan porque son universales, como la poesía misma, la de Ben Lerner, Chelsea Martin o Simon Armitage. Los temas de Él mató a un policía motorizado crean una realidad aparencial, que nos subyuga en su variedad, en su constante renovación y cuya recomposición en el escucha es privativa y recreadora; canciones que nos reclaman, que nos atesoran, nos adoptan, son una dimensión propia sin la cual no podrían existir más el rock contemporáneo ni la literatura vivencial.

Para Jean Cocteau, la perfección de la música radica en su esencia al silencio que antecedió a su creación; también en aquél silencio la palabra se convoca eternamente, sin principio y sin fin, ajena al tiempo. Palabra que al pronunciarse ocasiona el primer instante de la creación: la primera luz, el espacio físico y sus consecuencias; para Él Mató esa palabra es y seguirá siendo: “Pelea”. la palabra única y el himno de lo que son y de lo que somos, una palabra que va seguida del refuego y no de la holganza,como se canta en el tema “Ahora imagino cosas”, un track que posee una sustancia de batalla inaugural: “Quiero enfrentarme a todos, no me importa cuán salvaje es la pelea, no, no me importa”. El tiempo pareciera enseñarnos que sólo hemos sabido sujetarnos a través de la historia personal, de nuestras batallas; es así como Él mató escribe sus canciones. En una llamada telefónica con Santiago Motorizado  —voz y bajo de la banda— me reveló lo siguiente al respecto: “Los procesos de la creación de las letras, de las ideas, de las canciones, son bastante anárquicos, no tengo una especie de camino, un sistema al cual seguir. […] Cuando hay una idea fuerte que me está dando vueltas por la cabeza, todo sucede más fácil y está el disparador ahí, digamos que te pone el camino más fácil de recorrer, más llevadero, te despierta los sentidos de manera más directa y salen las palabras, salen las melodías, sale un poco la idea; el sentimiento que puede tener o no la canción. Esas cosas que uno usa como disparadores pueden ser infinitas, pueden ser cosas que me pasan a mí, que nos pasan a nosotros como banda. Muchas canciones hablan de relaciones entre las personas, algunas que no son sacadas de vivencias propias, son de cosas que me cuentan los chicos, tratar de absorber el sentimiento de mis amigos, de sus propias batallas.    

Enfrentarme a todos. Había estado mar adentro, quería volver a tocar tierra, tomar aire, encarar a la vida y beber solo en el bosque. Enfrentar al amigo que nos traiciona, y a esas extrañas sombras que siguen nuestros pasos. Un concierto de esa magnitud me devolvería el valor. El recital de una banda que apremia a una búsqueda creadora y a la amistad absoluta. No encontré mejor pretexto para salir a la intemperie.

Foto: Marte C Merlos

Llegaría a la casa en donde vivió por una temporada Jesús Hernández Ramos, mejor conocido en los tugurios, las calles, los mercados de pulgas y las salas de conciertos como Don Baltazar o El Muertho de Tijuana. Me recibiría el mecenas del arte sucio, Juan Manuel Arrellín, en una deteriorada vivienda de interés social en Santa Ana, Jalisco; un pueblo fundado en el siglo XVI por españoles con esclavos negros para proteger a Guadalajara de los ataques chichimecas. Los santaenenses eran afromestizos y fueron designados por la corona virreinal como un “pueblo de indios”; actualmente se le conoce como “Santa Ana de los Negros”, o en el peor de los casos, como “Indianápolis”. Ahí vegetaría El Muertho, e incluso hasta el día de hoy su humor persiste por toda la finca, bruma negra mezclada con un olor descompuesto, mismo que se confunde con el de la mierda de los perros y las antigüedades de un chiflado coleccionista de basura. Arribé por la madrugada, me hundiría en una tumbona de piel con hedor a cadáver y dormiría durante tres horas. Me encontraba en “casa”, contento de haber regresado, como berrea Santi en “El Tesoro”: “Perdón si estoy de nuevo acá, pensé que habías preguntado por mí”.

Por la mañana vislumbré la Capilla de Santa Ana de Tepetitlán que siglos antes fungiría como hospital; distinguí a sus feligreses preparándose para un nuevo día, una ardua jornada laboral, hombres mestizos de tez tan morena como la turmalina, profundos ojos rasgados que te ordenan a descender la vista, personas que podrían partirte la cara en dos con un sólo machetazo, y encantadoras mujeres fisóstomas capaces de abducirte a distancia. No sé de qué manera sobrevivió a sus caminatas matutinas Don Baltazar en aquél pueblo, con todo ese maquillaje encima, y aquella provocadora ropa deportiva sobre los tacones brunos.

El Zona Uno en Pedro Loza 175 se ha convertido en un Oratorio para mí, sus gordas doncellas son las únicas santas alas que yo celebro una ofrenda: una moneda, golosina, caricia o canción de la rocola. Ahí pasaría el mediodía del viernes 14 de julio, entre canciones del Grupo Mojado y Liberación, bajo la mano protectora de las matronas del tormento y el abandono, las sagradas devotas de Nuestra Señora del Zona Uno, y una beata llamada Viridiana González.

Remediaría la tarde en la cantina La Fuente, cuyo cantinero y propietario ha cuidado más de mi resaca que las mujeres que han estado conmigo a lo largo de mi vida (todas juntas): “—VodkaTonic y una fórmula de la casa, sólo no te pases de tres o te vuelves a encandilar”. ¡Larga vida a Don Rogelio Corona! (siempre abuso de su brebaje).

Foto: Marte C Merlos

La video sala del Exconvento del Carmen daría una exposición por la noche sobre el trabajo de quienes han participado en Laboratorio Sensorial a diez años de su existencia. Asistiría,quería encontrarme con Cristian Franco Martín, artista visual, integrante de la banda de Punk Los Nuevos Maevans y vicario del Underground; Franco es un hombre que admiro radicalmente, un artífice de tiempo completo, una de las personas más gentiles que conozco en este planeta; es el creador del Doña Pancha  Fest —el festival de música más sucio del mundo— merece todos mis respetos y más, los ornitorrincos de las cloacas estamos completamente agradecidos con él.

Existen tres opciones para dormir en Guadalajara: el féretro del Muertho en Indianápolis, el escuetamente Llamado “Hotel del Centro” en Pavo 47 —que en verdad es un motel—, un cogedero con todas las certificaciones, una microciudad cuyas llaves me han sido otorgadas, distinción honorífica por ser un visitante ilustre; la tercera opción es la Asociación de Periodistas y Reporteros en la Avenida Manuel LópezCotilla en el Centro Histórico, con vista al Parque Rojo. Esa noche elegiría para dormir, la velada de los cronistas, escogería una oficina que pertenecería al actor Gustavo Alatriste, el padre de Viridiana,aquella artista que moriría presa de las drogas en un accidente automovilístico en la ciudad de México. Pensaba en ella, la única hija entre Alatriste y Silvia Pinal, la fanática del Punk y el Dangerous Ryhthm; imaginaba que también había dormido en aquél cuarto en donde yo fumaba y tomaba Millers escuchando el“Sweet and Tender Hooligan” de los Smiths hasta la madrugada, hora en que desfallecen los perros tapatíos de lenguas ansiosas y patas cansadas.

  El sábado por la mañana visitaría franjas clave de la ciudad, lugares que encuentro tan cercanos a la ficción que a veces pienso fueron inventados por la pluma de Pedro JuanGutiérrez para que personajes atormentados encuentren su descanso: El Taller deArte Telaraña Sud en la Plaza Alegría de la Avenida Alcalde, un sitio en donde me detengo a escribir, oír música o simplemente conversar con su curador; elMercado de San Juan de Dios, para comprar Dr. Martens truchas, Fred Perrys o películas pirata de cine de “arte”; el Café Madoka en la González Martínez, instituido en 1956, y en el que entre sus parroquianos se encontraban Juan Rulfo y Ramón Rubín Rivas, el autor de ‘Los Rezagados’ (1983); y el Soriana Súper de laAvenida Juárez, en donde Pastel —el último Punk en la tierra— y yo, compramos grandes botellas de cerveza para llevarlas, actoseguido, a la Asociación de Periodistas y bebernos la tarde en la azotea, viendo cómo las agujas del TemploExpiatorio rasgan el cielo purpúreo de una ciudad en eterno Armagedón.

Así son las tardes en Guadalajara, desfloradas por la amargura y la decepción. Te hermanas entonces con los miles de vagabundos que viven dentando la bucólica de las calles, te hermanas con las prostitutas y su fondillo fétido, de los soberbios y afables transexuales, de los carteristas y la frialdad de los asesinos, te hermanas con los jóvenes que pintaron en grandes letras con aerosol blanco la palabra“Darkness” en las ocho columnas dóricas del Teatro Degollado. Oscuridad total. Yo me paseo con satisfacción por esa penumbra, la lobreguez que define mejor que nada a la Perla Tapatía, en donde la melancolía de la tarde emerge de las tumbas del Panteón de Belén y se eleva en el aire, una tristeza tan ilimitada como el cielo en nuestras cabezas; en esa oscuridad nuestros rostros no son más que simples esferas que resplandecen con luz pálida; bajo esa oscuridad y ese miedo a los fantasmas vivos salí al Foro Independencia, untado por el bálsamo de la cerveza, rumbo a la oscuridad en contra de cualquier instinto, sabía que cinco argentinos me sanarían la memoria.

El Foro Independencia se ubica en la calle Epigmenio González en el número 66, fue fundado en octubre de 2014 por Jesús González Weeks. El lugar para mí es una estancia más, una hostería o un parador, el espacio en donde puedo hacer debidamente lo mismo que en esos sitios: dormir o fornicar, dependiendo de la intensidad o el ostracismo que me proporcione la banda en turno. Llegué justo a los primeros acordes de“Madre”, la canción con la que abriría Él mató a un policía motorizado. Santi, “El Chango”, saldría al escenario con un look renovado, yo me sentía como siempre, viejo en un lugar concurrido por jóvenes, y parafraseando a su canción “El mundo extraño”: “No sabía qué pasaba en ese lugar, todo el mundo era más joven que yo, empujé buenos recuerdos pensando en la nada, parado en la puerta con vos”. Vi rostros conocidos que ya estaban completamente fuera de mi gravedad, la desolación me alcanzó en la tercer canción: “Día de muertos”. Empecé a comprender a esas personas que un día comenzaron a alejarse de mí, a alejarse y de pronto ya estaban tan lejos que no podían volver: “y yo mirando la pared, besando la pared, igual sería mejor anunciar la oscuridad”.

La música de Él Mató a un policía motorizado hace que las personas nos parezcamos unas a otras y nos juntemos a corear sus canciones, yo no dejaría de entonarlas, “Tesoro” me llevó hasta las lágrimas, me sentí parte del público por cuatro minutos con treinta segundos, hasta que la cerveza me hizo diferente a todos, y me alejé de nuevo.

En Él mató, las palabras que conforman sus letras son precisas y habituales; Cocteau dice que las palabras que empleamos en la vida cotidiana —y muy especialmente las que son parte de esa sustancia total de la música— no dejan de mostrar la esencia perfecta de su origen silencioso. Cuando la palabra habla antes de la creación y la creación se produce, inflama también a las palabras humanizadas, a las palabras de la canción y lo que ella expresa,pero también es importante el silencio, lo que no se dice, lo que se queda atrapado en el acorde, en el riff o en la garganta, ese silencio es el elemento más importante en cada uno de los temas de esta banda, el silencio que antecede a la música, y que se desprende de la poesía. En Él mató a un policía motorizado lo que se dice en un track es tan importante como lo que no se dice.

Los momentos más emotivos del concierto se dieron con “La noche eterna”, “Ahora imagino cosas”,“Amigo piedra”, “El fuego que hemos construido”, “Más o menos bien” y “Mi próximo movimiento”, quizá mi canción favorita de El día de los muertos, la que más detallaba mi situación en ese momento. Yo era un ornitorrinco que había emergido del agua, que había salido de su madriguera; un hombre que tocaba tierra después de estar perdido en el flujo, nadando a contracorriente; estaba exhausto, pero aún así, quería enfrentarme a todos; esa canción me daba nuevos bríos, me ponía en guardia y asestaba así: “Ellos lloran abajo del árbol, arriba del árbol, detrás del árbol, tuve miedo pero ya se fue. Ahora estoy arriba de mi casa con un rifle”.

Franqueé todo el concierto gimoteando, elevando y meneando la mano como un hincha del Club Estudiantes de La Plata, aquél equipo que en el 68 derrotaría al Manchester United en la Copa Intercontinental, consagrándose como campeón. Me convertí de pronto en un hooligan, el cielo me quedaba chico y los vasos de cerveza también; hasta que para mi suerte el recital terminó, el concierto cerraría con “Chica rutera”, la última canción de su encore. No obstante, yo seguiría bebiendo por el resto de la noche, más latas de cerveza, “porque así somos los pincharratas”, como canta Iván Sadovsky en el himno de Estudiantes: “Vemos la vida color albirrojo, cada domingo en la ciudad de La Plata quedan equipos con sangre en el ojo”.

 Me trasladaría al estudio del artista plástico Daniel Guzmán para volver a escuchar La síntesis O´Konor. Horas después y más fastidios de cerveza en el tubo digestivo, acompañaría a Franco al Bar Lido, en la calle Miguel Blanco. Ahí mismo me vencería el cansancio, y yo, que nunca me había quedado dormido en ninguna cantina, vine a hacerlo en una de esas mesas escabrosas del Lido, un sitio de “convivencia y desenfado”, donde los parroquianos comen mondongo o criadillas; una cantina de fantasmas y espejismos, donde la gramola descompone incluso a las bestias más crueles con su música macilenta y dipsómana.

No hay fantasmas malos, sólo fantasmas tristes, recuerdo que me dijo alguna vez mi hijo, esperaba por ventura a una de esas apariciones dolientes cuando me quedé dormido. “Hey, hey, hey, no te duermas”, sentía que le decía Santi (“El Chango”) a mi subconsciente, pero yo ya estaba del otro lado, hocicando el fuego de mi obsesión. Me gustaba estar de nuevo en el Lido, aunque no hayan preguntado por mí, iba a quedarme un poco ahí, cuidarnos siempre en la derrota, “hasta el final, el final”.

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