Retro-visor: The Bends o la singular segunda cita

Por César Alberto Pineda

Nadie muestra su verdadero rostro en la primera cita. En ella, es preciso mostrarse complaciente, dócil, un reflejo de lo que se supone que uno debería ser según el caso. Y esa máscara tiene una razón: muchos amores no sobreviven a la primera cita –one hit wonder–, porque después sobreviene la desilusionante realidad. Pablo Honey (1993) fue para Radiohead ese primer encuentro condescendiente con su público y el mercado, aún se comportaba como un chico promedio: ruidoso y con estribillos pegajosos –ese zumbido de refrigerador del que luego renegarían en «Karma Police». Conforme avanzó el tiempo, Radiohead dejó de sumir la panza y comenzaron a aflorar letras conceptuales, sonidos minimalistas, experimentales y contrapunteos.

Pero antes de llegar al improbable tiempo en que uno se gana el derecho de ser como quiere ser, sin la necesidad de agradar a nadie, es preciso sobrevivir a la segunda cita, quizá la más difícil de todas, pues hay que satisfacer las expectativas generadas en el primer momento, pero sin tener nada seguro y sin haber logrado nada en realidad. A veces los mejores chistes, las frases y anécdotas más interesantes se gastaron desde la primera cita, en ocasiones no queda nada que decir. La segunda cita es un salto sobre un precipicio, el porvenir se juega en ella. Seguramente si The Bends, que cumple ya 20 años de su lanzamiento, no hubiera sido un buen disco, hoy no habría Radiohead, nada de Kid A ni discos visionarios.

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Con The Bends –que sería también el inicio de un largo romance con Nigel Godrich– el quinteto de Oxfordshire demostró que aún se sabía chistes buenos («High & Dry»), que aún podía generar la emoción de la primera vez («Fake Plastic Trees»), que tenía vigor de sobra por si se ofrecía («Just», «My Iron Lung»), pero sobre todo, que había la promesa de un porvenir cargado de posibilidades («Street Spirit»).

Antes de enamorarnos (Ok Computer), e incluso de pedirnos matrimonio (Kid A), Radiohead debió retenernos a su lado, haciéndonos pensar que, tal vez, no encontraríamos nada igual. Desde el primer momento de aquella segunda cita («Planet Telex») algo sonaba diferente y poderoso. Esa sería una marca de la casa de aquí en adelante: reinvención para el siguiente paso. Por eso seguimos enamorados de ellos, porque no se han refugiado en la fórmula fácil y comprobada, en el tentador pecado del autoplagio. Dicen que para mantenerse, el amor debe mutar periódicamente, y en sus continuas reformulaciones y autonegaciones del disco anterior, Radiohead aún nos cautiva, porque ninguna cita es igual que la previa.

Las canciones de estos años, mediados de los 90, también desaparecieron por algún tiempo. Dejaron de sonar en sus conciertos («High & Dry», «Fake Plastic Trees»). Pero renovarse no es sinónimo de ignorar el pasado, mismo que vuelve incluso más vigoroso al recuerdo después de un olvido sano y momentáneo; en sus últimas giras volvieron a tocar, por ejemplo, Fake Plastic Trees, que sonó mejor que nunca. La última vez que la banda estuvo en México trajeron una renovada versión de «Planet Telex» –un guiño hacia el pasado con la mirada y el estilo del presente–, que en los primeros acordes parecía irreconocible –algunos sospecharon que se trataba de una nueva canción–, pero fue una muestra de lo que mejor sabe hacer Radiohead: reinventarse. Fue como mostrarnos, muchos años después, las fotografías de nuestras primeras citas.

Por supuesto, todas las relaciones tienen momentos difíciles (Black Star: “What are we comming to? /What are we gonna do? / Blame it on the Black Star /What are we gonna do? / I just don’t know anymore”). Entre las grabaciones de Ok Computer y Kid A, el grupo estuvo a punto de desintegrarse, a pesar de lo cual la alineación original se mantiene, algo inaudito para una banda tan reconocida y con tanto éxito. ¿Cómo evitar la lucha de egos que ha devorado a tantas otras agrupaciones como The Beatles y Pink Floyd? Reinventarse. Es parte de ese prudente y sutil secreto que pocos conocen como Radiohead.

Sin duda, otro momento oscuro fueron los años post-Creep, crisis que estalló, entre otros lugares y como bien sabemos, en México. Pero los efectos destructivos del exceso de pasión de aquella primera cita también encontraron su catarsis en The Bends. Tiempo después, desenfadados, curados por el tiempo, con la gracia del perdón, volvieron a tocar Creep, justamente en México, cuando volvieron después de que la reconciliación parecía imposible.

Casi nada dura para siempre, casi nada –también por estos días Thom Yorke se separó de Rachel Owen, su pareja desde los años 80, ¿cuántas canciones de amor, desamor, ruptura e indiferencia fueron dedicadas a ella, explícita o implícitamente? Pero algunas cosas, aun a costa de aliarse con la muerte, como el amor de Romeo y Julieta al cual se canta en «Exit Music (For a Film)», logran quebrar la barrera de la finitud. A estas alturas, cuando se prepara un nuevo álbum y la emoción de un nuevo porvenir, ya sabemos que nuestro amor por Radiohead durará por siempre. “Immerse your soul in love”.

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