Edgar Borges: La ciclista de las soluciones imaginarias

Por Guadalupe Gómez Rosas

Crecemos con pautas y moldes muy estrechos. Salirse de este mundo implica prejuicios, rumores y comentarios de revés. Por eso optamos por la invisibilidad, omitimos preguntas y dejamos que los otros se encarguen del mundo.

Pienso que esa fue la premisa recurrente del venezolano Edgar Borges, porque para escribir un libro como La ciclista de las soluciones imaginarias se requiere trastocar la realidad.

La historia no se centra en un mundo lejano, de hecho puede ser tu barrio, puede ser el mío, donde nos conocemos de vista pero realmente la indiferencia es nuestra conexión.

En el mundo construido por Borges, saludar a otro autómata es un acto de rebeldía, sentirse triste es un acto de indisciplina, preguntar es un acto de sedición. Nada alejado de este escenario que tenemos en común.

El ciclismo es un romántico pretexto para hablar de la realidad y sus atajos. Una nueva chica en el barrio, que conoceremos como la ciclista, es el detonante. Funge como un catalizador para poder reinventar el mundo.

Su aparición recuerda las hipótesis de Georg Simmel, donde el extraño no es una persona sino una “forma social” que genera diversas perspectivas, las más recurrentes: el odio y la ejecución de la identidad.

La llegada de la ciclista activa las neuronas del personaje elemental de la novela: el Señor Silva, pero también alerta y enfunda la armas del sistema, de las autoridades, del barrio que vive en un espacio repetido.

Silva es el narrador y el personaje que muchos querrán encarnar. No se trata de una voz omnipresente, sino de un ser humano confundido hasta el hastío.

La aparición de la ciclista es paralela a un padecimiento denominado «mal de la mirada trastocada». Un vértice que le permite imaginar, recordar y elaborar nuevas realidades que se funden con el cuadrado esquema de la ciudad en la que vive. De esta forma, se desenvuelve un relato que demanda una búsqueda personal para entender el presente.

Que el encanto y la imaginación de las líneas de Borges no espante a los amantes de la objetividad. Su literatura se hila con argumentos, una suerte de cuántica que permite entender otros escenarios.

Con cada vocablo que el venezolano le imprime al personaje central, se recuerda el espíritu de cualquier niño, porque a esa edad se puede ser libre, tierno y curioso. Para desgracia del personaje, él ya no es un niño y en su particular mundo, un adulto vive con cánones y paradigmas… no seguirlos representa la muerte en sociedad.

A pesar de su cadencia literaria y del amable ritmo de su palabras, Borges ironiza y critica fuertemente la ideología social, donde las cosas suceden porque se profetizan, es decir, se instauran por el habla y no por el acto. Pareciera un retrato de nuestras nuevas redes sociales.

Alegóricamente, la novela reprocha el frenético movimiento de la posmodernidad. La ciudad en la que vive Silva es una mancha urbana: vacía pero en crecimiento, que se antepone a la ilusión de un grupo que quiere un nuevo espacio.

El lector hallará auténticos aforismos que a veces lo perturbarán y en ocasiones aclararán la mente. Entre esas señales míticas hay un reclamo y también una fábula. ¿Qué tan complejo es ser diferente?, ¿por qué somos esclavos del reloj?, ¿por qué atormentamos a nuestro hijos con deseos ajenos?, ¿quién es el culpable de nuestro caminar sin pausas?

En definitiva, la novela de Borges es un sutil recordatorio de nuestras capacidades, de la esperanza de forjar una periferia para escapar de este encapsulado terreno.

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