Misticismo y política en Kafka. Correspondencia entre Walter Benjamin y Gershom Scholem

Por Adrián Soto

Ilustraciones por Luis Scafati

Tendría que llegar al convencimiento de que hay una fuerza superior dedicada a apartarme de las fuentes de la literatura mística.

Walter Benjamin

En la correspondencia que mantuvieron Walter Benjamin y Gershom Scholem entre 1933 y 1940 –de naturaleza fragmentaria por haberse perdido algunas cartas, según afirma Scholem en su introducción– nos es dado presenciar la manera en que se fue configurando la concepción benjaminiana de la obra de Franz Kafka: las complejidades de ese proceso debido al aislamiento de Walter Benjamin y a sus continuos problemas económicos, las solicitudes de ayuda de Benjamin a Scholem sobre cuestiones judías, así como la dificultad de conseguir las obras de Kafka en las precarias circunstancias en que Benjamin se encontraba.

Frente al recelo que siente Benjamin tras leer las interpretaciones de Schoeps –y de otros allegados a la posición de Max Brod– sobre la obra de Kafka, cuyos presupuestos le parecen insostenibles, Scholem se aboca a la tarea de introducir en la discusión la dimensión teológica de la obra kafkiana, así como los conceptos extraídos de la obra del poeta Chajim Nachman Bialik de hagadah y halacha. Según la interpretación religiosa de Scholem: “El mundo de Kafka es el mundo de la Revelación, claro que en la perspectiva en la que se dirige de nuevo a su propia Nada. […] La imposibilidad de realización de lo revelado es el punto en el que coinciden de la forma más exacta una teología rectamente entendida […] y aquello que da la clave para entender el mundo de Kafka. […] Y el problema […] no es su ausencia en un mundo preanimista, sino su imposibilidad de realización”. En una carta posterior Scholem afirma que la nada de la revelación surge de la falta de riqueza de contenido en que la vida se ve lastrada por una ausencia de significado religioso; en otras palabras, que la vida, cuando se ha desplazado del entorno de lo sagrado, sufre tensiones que nuevamente pueden vincularla con esta esfera a través de un vaciamiento de contenido: “Se entiende que en la religión éste es un caso límite del que no se sabe si en realidad es factible”.

En contraparte, la lectura de Benjamin sobre Kafka posee una doble dimensión: política y mística a la vez; la discusión cobró un carácter muy distinto después de que Benjamin leyera la biografía que Max Brod realizó sobre Kafka; tras prolongadas y profundas reflexiones, Benjamin articuló una teoría consistente que uniera las dos esferas –lo político y lo religioso– formulando la contradictoria identidad de lo moderno: “La obra de Kafka es una elipse, cuyos focos, muy alejados entre sí, están determinados, por un lado, por la experiencia mística (que es, sobre todo, la experiencia de la tradición), y por otro, por la experiencia del hombre moderno de la gran ciudad. Cuando hablo de la experiencia del hombre moderno de la gran ciudad abarco en ella diversos conceptos. Hablo, por un lado, del ciudadano del Estado moderno que se sabe abandonado a un aparato burocrático inabarcable, cuya función está dirigida por instancias que son desconocidas incluso para los propios órganos ejecutivos, por no hablar de los que a ellas se someten. (Es sabido que ésta es una de las lecturas, en especial de El proceso.) Con el nombre de la gran ciudad me refiero, asimismo, al contemporáneo de los físicos actuales” (las cursivas son mías).

A partir de aquí, Benjamin se aboca a explicar –utilizando un fragmento del libro de Eddington, Weltbild der Physik– la compleja experiencia del hombre moderno, para el cual incluso un acto tan ordinario como cruzar un umbral se encuentra determinado por una serie casi infinita de factores que paralizan toda acción, debido a lo cual “La experiencia personal de Kafka debieran adquirirla las masas como la de su propia supresión”.

Para Benjamin, la mística en la obra de Kafka viene determinada por el conflicto entre la modernidad y la tradición que, desde ambas esferas, condicionan al ser humano a una inoperatividad –esencialmente negativa–, pues en el mundo moderno el individuo es atacado por el pensamiento derivado de las estructuras formuladas por la ciencia, pero estas mismas estructuras se encuentran condicionadas por una acentuada secularización del pensamiento religioso: “que las correspondientes experiencias de Kafka están en el extremo opuesto de las experiencias místicas, es sólo una verdad a medias. Lo que resulta verdaderamente increíble en Kafka es que este mundo de experiencias llegue a través de la tradición mística”.

Los intereses religiosos –particularmente de los estudios sobre el judaísmo– de Scholem le impidieron percibir la naturaleza doble, bajo la cual la interpretación de Benjamin adquiría una mayor dimensión y en la que se asentaba el punto neurálgico de la propuesta benjaminiana sobre la literatura de Kafka. Para Scholem la enfermedad de la tradición mística a la que se refiere Benjamin es considerada como un elemento necesario en el proceso de revelación; de aquí es posible concluir dos cosas: en primer lugar la naturaleza del encargo que le hace veladamente a Benjamin, el cual inclinaría nuevamente la balanza hacia una interpretación exclusivamente religiosa: “si consiguieras exponer el caso límite de sabiduría (que Kafka sólo expone de hecho) como la crisis de la mera transmisibilidad de la verdad, habrías logrado algo extraordinariamente grandioso”; en segundo término, que Scholem, consecuentemente, habrá de oponerse necesariamente al fracaso de Kafka que Benjamin ya ha anunciado.

franz11