Atentados en París: ¿Alguien decide la importancia que tienen?

Foto y texto por Luis Alberto Rivera

En la Ciudad de México, lo que más se parece a París quizá sea Polanco. Letreros de sus calles llenos con nombres de figuras célebres, arquitectura de primera línea y un poder adquisitivo equiparable ya no sólo al de la capital francesa, sino al de cualquier ciudad gala. Similitudes vanas incluso si hablamos de los Campos Eliseos y su homenaje vial. Para enterarse de mucho mejores habría que preguntarle a Roberto Wong, que un día puso los mapas de ambas ciudades cara a cara, escribió una novela y ganó la primera edición del Premio Dos Passos. París D.F.

Cuando uno quiere acercarse a algo o a alguien para intentar entenderlo, la mejor forma de hacerlo es asistiendo al lugar, presencial o tópico, que más se tenga al alcance y que se comparta con el otro. En coincidencia seguramente intencional, la embajada de Francia en México está en la citada colonia justo en la calle que lleva el nombre de un fabulista francés. Jean de La Fontaine. La dirección no requiere de pronunciación gutural y el mexicano promedio puede preguntar cómo llegar con mayor facilidad. Hoy no hizo falta ello, pues tres días después de los atentados en la capital francesa a manos del Estado Islámico donde murieron más de 120 personas, la comunidad francesa se dio cita en el sitio que más asilo podría otorgarles en México. ¿Será que ellos son los únicos que tienen derecho a indignarse? ¿Sólo ellos lo sienten de manera auténtica? ¿Según quién? ¿Alguien decide que la nacionalidad marca una barrera de sensaciones inquebrantable?

Tras ríos de opiniones vertidas en los medios electrónicos de periodistas y sociedad, uno se pregunta en qué momento se crearon las reglas que la población debe de seguir respecto a lo que le preocupa e interesa en mayor cantidad. Desde cuándo tienen la razón los dueños del equilibrio, que aseguran que uno debería interesarse de igual forma por los muertos de cualquier parte del mundo. Como si fuéramos robots programados que tenemos el mismo apego e interés por lo que sucede en cualquier país del planeta. Cierto porcentaje de nuestra preocupación para cada uno de ellos, no vayamos a perder la sagrada objetividad. Además, existente sólo en sus cabezas.

Un día antes del 13 de noviembre, a Beirut se le presentaba uno de los atentados más trágicos en sus últimos años. 43 muertos y decenas de lesionados. París importa porque es un reflector mundial y justo es por eso que el Estado Islámico ataca ahí. Líbano también importa, y mucho, pero no tiene los mismos reflectores ni la misma repercusión económica. Tampoco nos ha aportado, al menos a los latinos, lo mismo que Francia. La igualdad en el valor de cualquier persona del mundo no está a discusión. Pero somos humanos y esto va de emociones.

«Tendemos a completar los huecos de nuestra ignorancia, es humano. Todos los muertos valen lo mismo, pero por desgracia, si son nuestros, sirven además para que nos hagamos una ligera idea de lo que sienten por los ajenos», decía la escritora la española María Zaragoza.

El bastión más francés de la calle Lafontaine en Polanco se llenó del idioma de los acentos circunflejos. Aproximarse al número 132 era entrar en una zona donde sí era válido sentir indignación por los muertos en París, según dictan las reglas de algunos. Era observar cómo un pequeño de apenas unos meses tenía el rostro de desconcierto. No tenía idea por qué tenía que estar en medio de flores y veladoras y no en su cuna bebiendo leche. Era ver al francés que más lo hacía notar con el cuerpo tatuado de referencias de su país y con la playera del seleccionado nacional, en la manga de la cual se leía, «Fair Play, elegance, discipline, precision, courage». La primera, al igual que el Estado Islámico, el gobierno de Francia parece tampoco conocerlo.

Aunque podríamos hacerlo todos los días, en estos precisos es aún más prudente recordar lo que escribió Manuel Jabois el 9 de enero del presente año en El Mundo, «Charlie Hebdo le dice al yihadismo que en Occidente las reglas las ponen los ciudadanos, no los cielos. Puede no ser gracioso, ser blasfemo y tener mal gusto: así se aprecia mejor que la burla no tiene tanto que ver con el humor como con una forma de ver el mundo. Alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que levantarse del autobús para que los demás puedan elegir entre seguir sentados o no».

Y en efecto, alguien tiene que seguir haciéndolo. Seguramente es mejor que seamos todos juntos. Con los medios que tengamos. Con la crítica argumentada. Con la solidaridad falsa o no pero evidente. Con una postura existente. E incluso, en el más pobre de los casos, con la banderita de Facebook.

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