De los credos y sus transformaciones (primera parte)

Por Leo Lozano

En la historia particular de cada pueblo o civilización, su origen o fundación va de la mano con una nutrida serie de mitos y cosmogonías, en la mayoría de los casos grandilocuentes, que explican con el recurso de la fantasía el nacimiento de la vida y los seres. Más allá de la veracidad de estos relatos, habrá que señalar que su valor descansa en su repercusión social, amén de servir de explicación para aquellas zonas nebulosas del conocimiento humano, su función también era (y es) la de la cohesión de los individuos unidos por un credo, fe o sentimiento en común.

En el último siglo, el hemisferio occidental ha sufrido una serie de modificaciones con respecto a los cultos que en él se practican. Y digo modificaciones para evitar la aseveración aquella de que la religión ha muerto, afirmación en la que además no creo. Pues bien, esta suerte de mutaciones que han derivado en la caída del cristianismo, han servido para darle paso a nuevas formas de fe. Probablemente exagere, aún no lo sé, si me atrevo a llamar “fe” a los derivados del new age que hoy por hoy suman cada vez más adeptos.

Para situar al lector, con «derivados» me refiero a estas nuevas tendencias ideológicas que claman por un regreso a la naturaleza, a la comunión con lo saludable y al respeto por cada ser vivo que habita en el planeta. Aunque tal vez ese adjetivo de “nuevas” no sea el más exacto, puesto que en las filosofías precolombinas, africanas y asiáticas esta relación íntima con el mundo natural era (y es, para las civilizaciones que aún perviven) moneda corriente. Sin embargo, la «novedad» radique quizá en la forma en la que algunos grupos la están adoptando.

Aquí la precisión al decir «algunos grupos» está ligada al hecho de que esta reapropiación de filosofías antiguas no es propia de la masa, sino que ha sido tomada por una clase muy específica de personas, lo cual vuelve interesante la forma en que estas creencias están evolucionando. Y en ese grupo particular de individuos, en sus hábitos, y en su convivencia social quiero ahondar en este texto. Valga la aclaración de que en la actualidad, son muchos los cultos y credos que han mutado, señaló aquí el más cercano a mi experiencia y el que más atrae mi atención.

Cuando la espiritualidad se reconcilia con el materialismo

El monje budista que vive en la montaña y viste de manera parca y simple da fe con ello de un alejamiento del mundo material, no porque lo considere algo enteramente negativo, sino porque es consciente de la esclavitud que este genera. De manera similar, el franciscano practica la austeridad promovida por el nazareno, aunque con matices propios de la religión cristiana; aquí sí el rechazo al materialismo es tajante. Ambos viven una idea muy particular de lo que significa la espiritualidad y el encuentro con el interior.

En teoría pues, la noción más amplia de espiritualidad está unida a esa concepción popular y aceptada del asceta que vive alejado de cualquier bien material o contacto con el mundo exterior.

Hoy día, esa idea forma parte de un ideal romántico que no corresponde con el ritmo de vida actual; la espiritualidad se practica desde diferentes trincheras y ha encontrado una forma más individual de desarrollarse, y además ha logrado conciliar esa eterna batalla con el mundo exterior y material. Ignoro si en realidad el neobudista vegano que consume los productos de Apple es capaz de llegar al Nirvana, sentado en flor de loto, mientras escucha música ambient en su cuenta de Spotify. Lo que sí es seguro, es que este nuevo prototipo de creyente ha logrado superar esas barreras de pensamiento que habían satanizado al mundo de los bienes materiales.

Hagamos a un lado cualquier discusión chaira sobre el consumismo, puesto que, siendo francos, ya sea uno católico, agnóstico, ateo, pseudomarxista o anexas, todos formamos parte de esa cadena de oferta y demanda en la que tanto peca el que va a Starbucks, como el que compra el café en la tiendita de la esquina con el propósito de apoyar al comercio local. Ambos, en mayor o menor escala forman parte de ese capital que va y viene.

Así, este sector de personas que practican yoga, que no comen carne, que optan por tener una alimentación saludable, sin transgénicos, ni grasas, ni gluten, etc., ha ido constituyendo poco a poco la formación de un nuevo credo que los unifica, que les da cohesión, puesto que el asunto no sólo va de mejorar los hábitos alimenticios, vivir en la zona bohemia por excelencia, ir al gimnasio de moda o elevar a un nivel sagrado a las mascotas. No. La cosa aquí no es tan frívola. Hacer y practicar todo lo arriba mencionado forma parte de una filosofía de vida, de un culto, de una tabla de salvación.

Y no es exageración que lo plantee así. Por supuesto, no todo aquel que se diga vegano, o que tenga una mascota, o que simpatiza con la filosofía budista, cumple cabalmente con las características que mencione arriba, pero también es cierto, que la tendencia arrastra y de pronto aquellos que siguen este tipo de vida se vuelven identificables, y convierten a su estilo de vida en una suerte de credo al que se sujeten y defienden ideológica y religiosamente.

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