El páramo en un castillo triestino. Sobre Elegías de Duino, de Rilke

Por Rodrigo Jardón Herrera

Imaginemos a unos detectives inmersos en una singular pesquisa: encontrar los rastros perdidos de una voz. Este libro, publicado en la elegante colección de poesía de Sexto Piso, tiene una historia que vale la pena contar.

Hace unos años como parte de un seminario de posgrado, Alberto Vital, Dieter Rall, Guadalupe Domínguez y Susy Rodríguez se dieron a la tarea de comprobar puntualmente el nexo que une las obras de Juan Rulfo y de Rainer Maria Rilke. Como parte del excelente libro Tríptico para Juan Rulfo, los investigadores nos hacen partícipes de su aventura. El resultado consistía en ofrecernos la traducción de Elegías de Duino realizada por el escritor jalisciense. Me parece importante destacar que esta hazaña forma parte de nuestra reciente historia de la crítica y de la filología. Esta investigación nos confirma aquello que Sergio Pitol plasmó en uno de sus libros de memorias: «Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempos, aficiones y credos diferentes.»

Es conocida, por otro lado, la afición de no publicar de Rulfo; este libro es parte de esa vida secreta. La historia tiene lugar entre 1945 y 1953. Precisamente unos años antes de que apareciera Pedro Páramo. En esa época nuestro escritor redactaba, a la par de sus memorables cartas a Clara, borradores de esa traducción. Fue minucioso en esa tarea, contaba además del original en alemán, con otras dos versiones al español del poemario famosas en su tiempo. Cada palabra era profusamente meditada antes de tocar el papel. Se trataba de un placer privado, por esta razón los versos que tradujo estaban dispersos en varios folios y cuadernos. En distintas ocasiones se ha resaltado el carácter poético de su prosa y su relación con la obra de Rilke la confirma.

Hay un pasaje memorable de su novela que me gustaría recordar: «Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen.» Pues bien, en Comala no sólo los muertos hablan, sino toda la tradición literaria que Rulfo forjó en su vida de lector. Estas Elegías de Duino, además de permitirnos disfrutar del canto de Rilke, ya forman parte de nuestro misterioso páramo; porque, tal como nos dice Alberto Vital en el epílogo a este libro: «Una de las armas secretas de los escritores de otros años era precisamente ésa: aproximarse a sus maestros mediante una lectura que era escritura; era, en fin, una lectura dos veces activa: por la pasión de leer y por la lealtad de escribir lo que se lee.»

duino