A título personal, por Gabriela Lira

Por Gabriela Lira / @JimmyBoton

En diferentes contextos, dirigirnos correctamente al otro no sólo significa aprendernos su nombre, sino también el grado de estudios que debemos adjudicarle, una tarea más complicada de lo que parece. Al terminar una licenciatura y obtener un título universitario, podemos acompañar nuestra firma de la abreviatura «Lic.», si así lo deseamos. Pero muchos ostentan el «Lic.» sin merecerlo, pues han concluido las materias de la carrera, mas no el proceso de titulación: para efectos profesionales, únicamente han acreditado sus estudios de preparatoria. Por esta razón, graduarse es motivo de orgullo, tanto que algunos presumen el «Lic.» hasta en las circunstancias más informales, como en la invitación al bautizo del ahijado. Para otros, el «Lic.» es más bien motivo de vergüenza. Cuando acabé mi servicio social, tuve que redactar dos veces un oficio porque el gerente de una conocida casa editorial se negó a firmarlo hasta que suprimiera el «Lic.» de su nombre. La secretaria, una morena guapa y espigada, me explicó en confianza que, por tratarse del grado académico más bajo, su jefe prefería el «C.» (“ciudadano”), para no evidenciar su corta trayectoria universitaria. En cambio, otros se presentan como «Lic.» por estrategia de supervivencia: un amigo notó que el cambio de “Lic.” a maestro restringía sus oportunidades laborales en vez de potenciarlas: «Quité mi grado de maestría en mi currículum, después de que me negaron un par de empleos que antes conseguía fácilmente, porque pensaron iba a exigir un salario más alto», me dijo con un estoicismo conmovedor.

Pese a los dimes y diretes con el «Lic.», algunos gremios se han apropiado de ese título como etiqueta distintiva: en el ámbito del derecho, «licenciado» es sinónimo de “abogado”, aunque técnicamente lo sea cualquier profesionista. Los diálogos entre abogados resultan cómicos por el énfasis con que subrayan el grado de su interlocutor, una ridiculez caricaturizada por Lucas Tañeda y Chaparrón Bonaparte con su «Dígame, licenciado». Para un ingeniero, en cambio, sería denigrante que lo llamaran así, aunque en México no todas las universidades expiden el título de «Ingeniero». Basta echar un vistazo a la documentación para probarlo: colgado en el muro de su sala, un papel avala a mi tía como «Licenciada en Ingeniería en Computación». Pero ella se empecina en emplear el «Ing.», un signo de estatus para elevarse por encima de los pobres mortales que, a su juicio, siempre ganarán salarios de hambre por no entender ni el Álgebra de Baldor. En la batalla campal entre licenciados e ingenieros, algunos toman lo mejor de los dos mundos: sé de una editora que, por complacer a sus padres, cursó una Ingeniería Química, sin haber tenido nunca vocación por esa carrera, trabajó en un laboratorio para costear estudios de Psicología y ahora publica libros sobre Gestalt. Sin embargo, fiel a las ínfulas de su primer clan, conserva el «Ing.» en sus tarjetas de presentación.

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Si estos enredos suceden fuera de la academia, dentro de ella se multiplican hasta el infinito, pues ahí el respeto es tan importante como en el ejército. Los doctores con plaza de tiempo completo son una especie de semidioses y omitir el título de «Dr.» o «Dra.» en el trato con ellos es una falta de respeto propia de un “igualado”. Pero gracias a la susceptibilidad endémica, las infracciones al protocolo son inevitables de cualquier modo: sin ninguna malicia, una vez le pregunté a un adjunto por el maestro «X». «No es maestro, es doctor», me respondió en un tonito irritante. Por supuesto, yo aludía a su práctica docente, pero la palabra más adecuada era “profesor”, distinción que sí opera en el idioma alemán, donde al catedrático es el «Professor», en contraste con el «Leher» o maestro de un nivel inferior. El título de doctor suele obviarse, no obstante, cuando la obra de un autor trasciende la academia donde se formó y atrae el interés del lector común. Además del Nobel, Mario Vargas Llosa tiene título de doctor en Filosofía y Letras, pero todos lo conocemos simplemente como «Vargas Llosa».

Entre los mismos doctores hay títulos de los que sólo pocos pueden jactarse, y que abren abismos infranqueables entre ellos, como el doctorado honoris causa. En la academia equivale a un título nobiliario y, sumado al nombre, lo extiende tanto como el de un emperador austriaco. La composición se vuelve todavía más compleja si el profesor emérito ha sido premiado no con uno, sino con múltiples honoris causa. Éste es el caso de Robert Alexy, mentor de mi mejor amigo, quien requería de una línea completa para enumerar todas las condecoraciones de su tutor, más por admiración a este prócer de la filosofía alemana que por pedantería.

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Entre los estudiantes de posgrado, ya sean de maestría o doctorado, nuestra aspiración a obtener los títulos está en permanente incertidumbre, pues graduarnos implica recorrer un camino tan largo y extenuante que más de uno abandona en mitad del camino y, por ende, no debemos cantar victoria antes de conquistarla. Para definir nuestro periodo de transición, en el que no somos ni maestros ni doctores, se han acuñado horribles términos: «maestreando» y «doctorando». El gerundio indica que nos encontramos en el limbo, es decir, en proceso de alcanzar el grado. A mí me corresponde el de «maestranda», que fonéticamente me recuerda a “menstruando” y si bien la maestría me ha costado sangre, me resisto a ser sujeto de una expresión tan fea que, por suerte, no se ha popularizado.

Por si fuera poco titularte como doctor en México, un país donde el mercado laboral desalienta los estudios de posgrado en vez de incentivarlos, ciertas instituciones discriminan a los doctores que se graduaron en las universidades públicas del país. Según me platicó una amiga que trabajó en una célebre escuela de economía, el criterio para contratar profesores-investigadores es el título de doctorado expedido por universidades extranjeras de prestigio. Los egresados de Harvard, Yale y Oxford enseñan las asignaturas de contenido, mientras que los egresados de la UNAM, UAM y otras análogas, sólo pueden aspirar a las asignaturas de forma, como redacción de textos. De aquí que los profesores-investigadores se nieguen a compartir con estos últimos el título de doctor y les asignen el de “técnicos”, como si hubieran egresado de un Conalep, para desacreditar sus conocimientos frente a los alumnos.

Teniendo en cuenta este catálogo de equívocos y resquemores, yo prescindo de los títulos siempre que puedo, tanto fuera como dentro de la academia, y exhorto a los demás a que acepten el mismo tratamiento, no como un acto de humildad, pues tampoco pido las perlas de la Virgen, sino por mero sentido práctico: para evitar el escozor que generan los malentendidos a título personal.