¿Fue arte lo de Johan Cruyff?

Por Víctor Hugo Morales 

¿Puede la voluntad ser considerada un arte? Sucede que muchas veces esta pregunta suele obviarse en cualquier disciplina considerada artística: en teoría, cada obra, acción o proyecto, llámenlo como quieran, es producto de una voluntad, de una cierta mirada que el artista comparte ante un grupo de personas, de un giro que da cuenta de un momento político y social. Ahí están los diversos proyectos de Francis Alÿs como ejemplo palpable y aceptado de que el arte no sólo es acción sino que trasciende a la idea arcaica de que es individual: sí, mover una duna en Perú unos cuantos centímetros es un esfuerzo comunal, también un ejercicio de voluntad y de autoría. En ese sentido, dando un giro trascendental en la mirada de lo cotidiano, puede haber arte en todas partes si hay una visión peculiar y estratégica.

La pregunta resulta extraña cuando se traslada a ámbitos ajenos a los marcos tradicionales: el mundo utilitario del trabajo, la ciencia, la política, el deporte. Sobre este último, Platón lo ve como una actividad fundamental para el ejercicio espiritual humano. ¿Por qué no colocar entonces a Michael Phelps junto a Zappa, a Serena Williams junto a Duchamp, a Messi junto a Dickens? Volvamos a esa pregunta inicial, ahora más específica: ¿Puede la voluntad y visión de un deportista convertirse en un arte? Pienso en ello al recordar a Johan Cruyff. Digámoslo pronto: el holandés ha sido el jugador más cerebral que ha pasado por los campos de futbol y quizás el más revolucionario de la mesa histórica de los cuatro grandes, lugar que comparte con Di Stefano, Pelé y Maradona. Su trabajo en la cancha y en el banquillo es tanto producto de una visión como de un talento peculiar: adelantarse unos segundos al juego y apuntalar a un grupo de personas para lograr una hazaña. Eso es mover montañas. Lo cruyffiano tiene que ver con una organización de los elementos y con un dinamismo que da pasión a la totalidad; como el poeta que le da musicalidad a una cierta serie de palabras que en otro contexto son sólo eso, palabras. En su etapa frente al Club Barcelona, Cruyff decía: «El futbol es un juego que se juega con la cabeza. Debes estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, ni demasiado pronto ni demasiado tarde».

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Junto al legendario entrenador Rinus Michels, el holandés diseñó un método futbolístico en el Ajax de Ámsterdam. Ambos tenían la certeza absoluta de que el balompié es más sencillo cuando se tiene el control. Cuando se monopoliza el juego se puede gobernar desde la anarquía. El axioma cruyffiano es buscar que el futbol tenga una autoría. Mediante esta visión, se funge como una maquinaria cuyos engranes trabajan uno o dos pasos adelante que el rival: los jugadores mueven el balón a un solo toque; mientras esto pasa, las piezas buscan el intercambio de posiciones en busca de espacio. Cada uno es constructor (inclusive el portero) y todos juegan al engaño, los laterales se convierten en atacantes, los mediocampistas bombean oxígeno moviéndose inteligentemente en diagonal, los extremos apuñalan por las bandas y el delantero centro (la posición de Johan) queda libre de ataduras para darle la última pincelada al lienzo.

Juan Villoro ve esta intuición de artista también en el Cruyff entrenador: «En la orilla del campo, chupa una paleta y mira el juego como un cuadro de expresionismo abstracto. De pronto, se le ocurre un color y llama al suplente más inesperado. A punta de goles demostró que su audacia es productiva». Estoy muy seguro que en un futuro cuando se hable del Cruyff jugador y entrenador se le mencionará como un gran apartado teórico que definirá mucho de los mecanismos y estética del futbol moderno. Al igual que pasó con el Dadá en el lejano inicio del siglo XX, el germen de esta filosofía explicará una época que se sigue extendiendo en nuevas formas (el Barcelona de la última década, el Bayern de Guardiola y el ciclo ganador de las selecciones de España y Alemania) e inclusive potenciará la estampa de quien ha sido la culminación técnica y estética del modelo cruyffiano: Lionel Messi.

Tras la partida de el «Flaco» somos conscientes de su relevancia actual. No nos queda más que agradecer ese bendito germen de su autor.

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