El Club, un thriller clerical de Pablo Larraín

Por Luis Manuel Rivera

La cada vez más evidente actividad pederasta dentro de la Iglesia Católica requiere de puntos de vista distintos. Ya no resulta suficiente la noticia o el reportaje que detalla las confesiones de culpables y los relatos de las víctimas. Eso ya lo sabemos. Se necesitan ángulos más incisivos, miradas que calen hondo. El poder hollywoodense da para producciones como Spotligh y la agudeza a la que tiene que recurrir el cine que se busca sus propios medios logra películas aún más agudas como El Club.

Con esta cinta, Pablo Larraín (Santiago, 1976) ganó en la Berlinale el Oso de Plata en febrero de 2015. Recorrió el mundo levantando premios pero fueron pocos los distribuidores que se atrevieron a comprar y comercializar el más reciente trabajo del chileno.

Larraín recurre a su plantilla de actores de confianza para postrarlos en una casa alejada de toda gran ciudad, en lejana costa de Chile. Todos cargan con algún delito que la Iglesia prefirió esconder callándoles la boca a todos ellos, quitándoles la sotana e impidiendo que limpien culpas a ajenos porque no pueden aún con las propias.

En el exhilio se dedican a entrenar a un galgo para competir en las carreras que organiza el pueblo. Sueñan con que su perro llegue a una competencia de Santiago. Centran su plática en ello y la bañan en rezos que tienen como objetivo pintar una imagen de santidad que hace tiempo perdieron.

Lo pequeño del lugar vuelve sonoro para todo oído apenas cualquier aspaviento. Ello termina por consumir los nervios de todos ellos y los obliga a actuar para callar voces incómodas, voces traumatizadas, voces que son ellos mismos, voces que claman quizá el lado más oscuro de una institución a la que Latinoamérica sigue rindiéndole homenaje. La veneración al Papa es una constante en días de visita.

La cinta en México no tuvo una corrida comercial aún y cuando su diseño no es para nada experimental y mucho menos contemplativo, elementos que pudieron haberla alejado de los grandes complejos. Las razones fueron seguramente otras. La película es directa, cruda y por supuesto, incómoda para los interéses de un sector que sigue controlando gran parte de este país.

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