La impunidad sin rostro: Tempestad de Tatiana Huezo

Por Luis Manuel Rivera

La pregunta se va volviendo cada vez más compleja. Nos ha quedado claro que los números no importan, tampoco la gravedad de las cosas y muchos menos los reclamos públicos y demandas populares. Dicen que la realidad supera la ficción, pero no, la realidad ya ni siquiera merece ser comparada con cualquier género artístico que parta del imaginario. Nuestra capacidad de asombro se ha visto rebasada y lo que vivimos cada vez se hace más indefinible.

Tempestad, el más reciente trabajo de la documentalista Tatiana Huezo (San Salvador, 1972) es un reclamo sin rostro a la impunidad que vive México. Es un diseño sonoro que de tan cuidado pretende esquivar cualquier contaminación de ruido y alcanzar a los oídos más críticos y más inquietos. Es un emblema de la dignidad perdida no por voluntad, sino por circunstancia.

No, en ningún momento se percibe como un reclamo revolucionario y emocional de estudiante universitario. Eso ya vimos que no funciona, que de nada sirve, que esos gritos sólo llenan portadas de periódicos y se olvidan al siguiente tiraje. Tempestad va en busca de alguien más, alguien que quiera ver las películas de pie, alguien a quien no le gane la desesperación por no ver a los rostros implicados y sólo escuche las narraciones de la desgracia. Es una especie de manifiesto a dos voces que entonan por la gravedad y no por la armonía. El tono empalma porque no alcanzan los agudos, sus graves desentonados pero persistentes insisten en que merecen ser escuchados.

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Imágenes que cualquiera que ve al cine como mero entretenimiento va a encontrar totalmente irracionales y aburridas, alguno que otro enjundioso va a poder percibir si así lo quiere, una historia que reclama una urgencia de sintonía visual, porque a eso nos han acostumbrado, porque esa necesidad nos han creado.

Tempestad es para el que tenga el tiempo de esforzarse, no para los mediocres que se vanaglorian de no meterse en complejidades porque de esa forma disfrutan más de la vida y sobre todo sin preocupaciones. Es un sitio que no tiene cabida para los cobardes y mucho menos para los débiles, lo podrán habitar pero no van entender que ahí se llega por voluntad, no por inercia.

La cinta de Huezo ha puesto el pie derecho en lo más alto del circuito festivalero (estrenó mundialmente en la pasada Berlinale) y Ambulante la estrena en México con la esperanza de que no pase desapercibida del todo, de que alcance a cansar algunos ojos y a forzar algunas otras miradas, y si soportan eso, el resto lo hará el sonido, que como dice Tatiana, «para mí es la mitad de la película».

Los elementos adicionales que la realizadora pone a propósito en la cinta y que de alguna forma los más puristas del documental pudieran tachar de artilugios que le quitan realidad al relato, al final no hacen más que enriquecer la narración, una que en el fondo no pretende fungir como «mosca en la pared», sino como destapador de sensaciones que aunque cueste alcanzarlas, tenga por seguro que ahí están, todo es cuestión de que esté dispuesto a encontrarlas.

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