Steven Wilson: el justo regreso a la densidad

Por René Soltero

Pocos creadores actuales tienen el nivel y el cuidado con el que Steven Wilson se dedica a hacer música. Aparte de Porcupine Tree, el británico se ha encargado de poner de nuevo en el radar los sonidos eclécticos y eruditos del rock progresivo a través de proyectos como Blackfield, No-Man y Bass Communion. Pero de estas facetas (exceptuando a Porcupine Tree, claro) es su carrera solista la que mayores críticas positivas le ha traído. Hand. Cannot.Erase (2015) significó la apertura a públicos ajenos al género gracias a sus texturas tan variadas como el pop, el heavy metal o el trip hop. Casi un año después y una memorable gira mediante (la cual pasó por México), Wilson decidió publicar otro disco. El resultado es 4 ½ (2016), álbum que continúa con los hallazgos de su predecesor. De hecho, cuatro de las seis canciones fueron escritas durante las sesiones de Hand. Cannot. Erase, por lo que las comparaciones son inevitables. Sin embargo, este no es un álbum de sobras, aunque sí tiene un tono menos afilado que aquel. Esto no necesariamente es algo que desmerezca a 4 ½, sólo es una vuelta a la instrumentalidad a veces opacada por la espectacular narrativa de Hand… Otra vez está ahí el fantasma de King Crimson en las piezas más heavies del disco («Vermillioncore»), mezclándose con tintes con guiños a Camel y Alan Parsons Project. Es un regreso justo a la densidad. A diferencia de muchos artistas que se ablandan conforme llegan las primeras canas, Wilson (que está cercano a cumplir 49 años) parece no ceder a complacencias.

Este viernes 11 de marzo se presenta en El Plaza Condesa, razón suficiente para darse una vuelta para ver que el género no es sólo de melancólicos y viejos.

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