Truman, el monumento que Darín y Cámara sostienen

Por Rafael Romandía

En efecto, los premios no son un parámetro para medir la grandeza de las películas que vemos, a pesar que de nos obliguen a poner el ojo sobre las cintas galardonadas. Es verdad que nos termina venciendo ese tufo de validación otorgado por las academias que de alguna manera han conseguido prestigio o poder, cualquiera de las dos. Sin embargo hay casos de concordancia, casos en donde la unanimidad puede rozarse aunque partimos de la idea de que nunca se consigue. Casos en que no tenemos que desconfiar de la calidad de una cinta por el número de estatuillas que tiene detrás.

Cesc Gay (Barcelona, 1967) presentó en 2015 su proyecto más ambicioso hasta la fecha: Truman. Ello le derivó en una noche memorable durante la entrega de los Premios Goya 2016.

Para ello firmó al actor quizá más talentoso que tiene Agentina: Ricardo Darín (Buenos Aires, 1957). A ese que se le acusa de nunca abandonar el mismo registro. Aquel que le dijo no a Tony Scott porque prefiere gastar la mayor parte de su vida actoral haciendo teatro en Madrid. La voz aguardientosa y la seguridad que guardan siempre sus personajes podrían validar la afirmación de su tendencia uniforme, sin embargo si uno revisa su filmografía se da cuenta de que esa personalidad nunca desentona con las cintas que ha hecho, no importa si se trata de una comedia, un drama o un thriller. Darín siempre sale airoso.

Al lado del argentino, Cesc Gay no podía poner a alguien menor. A Javier Cámara (Albeda de Iregua, 1967) ya lo había tenido en sus filas cuando rodó Ficción en 2006. Para entonces la carrera del director se encontraba en esa planicie de despegue que puede terminar en puerto seguro o caer sobre los Alpes Suizos. A paso lento pero ha conseguido no chocar contra ninguna colina. Su tendencia permanente de jugar con un género intermedio entre el drama y la comedia ha conseguido ahora su punto más alto.

Truman enaltece la amistad como pocas cintas lo saben hacer. No es un drama pero tampoco termina por ser una comedia. Nacen las ganas de que cuando uno alcance los 50 años algún amigo del mismo género haya sobrevidido a cualquier clase de traición y tempestad que se presente en el camino. También surge el temor de no tenerlo(a) y de que esa familia sustituta que suele ser en algunos casos más fuerte que la heredada, no se haya cimentado con el tiempo. Dolorez Fonzi es quien representa esa pieza sanguinea que colabora pero no soporta, el complemento que hace embonar la relación.

La cinta deja cabos sueltos que justo llenan al espectador de dudas, de idealizaciones, de finales inventados y sobre todo de preguntas. Al final las mejores cintas son las que menos respuestas ofrecen. Como casi todo en el arte, entre mayores interrogantes sobre la mesa, más valiosa la obra.

Darín y Cámara sostienen un monumento a través del drama de Truman, el perro de uno de los personajes. Una comedia dramatizada que no necesita terminar en fatalidad para comprobar la potencia que tiene dentro.

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