Massive Attack: el oído que mira

Por Miguel Ángel Morales

El 8 de abril de 1991 representa un punto de referencia fundamental para la fusión de géneros musicales como el hip hop, el dub, la electrónica, el acid jazz y el soul en ese rótulo llamado trip hop: fue publicado Blue Lines. Otros discos seminales que también salieron en ese año (Achtung Baby, Out of Time, Nevermind) no han corrido con la misma suerte e influencia que hoy en día mantiene el de Massive Attack. Y es que después de 25 años, los ecos del colectivo de Bristol siguen escuchándose en los sonidos de Young Fathers o FKA Twigs o en el soul comercial de Emeli Sande, por mencionar a algunos de sus hijos putativos. Se mantiene, hasta nuestros días, como una de las victorias de la calle en el mapa sonoro popular. Es cierto, los tiempos han sido generosos con el actual dúo conformado por Robert ‘3D’ del Naja y Grant ‘Daddy G’ Marshall, pero también inciertos. ¿Realmente Massive Attack tiene algo más que decirnos que nos haga prestar nuevamente oídos a su maquinaria?

Su más reciente producción es el pretexto perfecto para responder tal pregunta. Ritual Spirit (2016) conjuga motivos usados desde el mencionado Blue Lines y acentuados en Mezzanine (1998): arpegios guitarrísticos, voces femeninas, susurros insinuantes, el espíritu de la negritud, arreglos minimalistas, todo como una actualización de su ritual claustrofóbico. En la inicial «Dead Editors», la base tribal da pie al malviaje hipnótico de la pieza que da nombre al EP; dos acordes son suficientes para anticiparnos algo. ¿Qué es lo que se anuncia? Después de «Voodo in my Blood» y «Take it There» (con Tricky de vuelta) se desvela la incógnita: la música de Massive Attack atrapa gracias a un constante suspenso que parece anteceder a una gran explosión. Sin embargo, ésta no ocurre. La idea de que algo puede quebrarse a media canción persiste y por ello nos obliga a escuchar con mayor detenimiento.

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Sugiero poner atención al video que acompaña a «Voodo in my Blood» para advertir que en su música e imágenes se encuentra una especie de síntesis de su estilo. Vemos a una mujer (Rosamund Pike) entrar a una sucia estación del Tube londinense. La rubia se detiene al ver una esfera flotante que lo mismo evoca al artefacto asesino de Phantasm (1979) que al Hal 9000 kubrickiano. La melodía asciende morosamente con la promesa del terror. La cara de la mujer denota una ambivalencia que puede traducirse en espanto o en fascinación. A través de la pura anticipación, postergando el clímax del relato, Massive Attack envuelve al escucha en imágenes mántricas y en sonidos que transitan entre medios tonos y texturas lóbregas de sintetizadores y cantos callejeros que nos hacen preguntarnos: ¿qué pasará en ese terrible enfrentamiento entre máquina y humano? A primera vista, la bola dorada somete a la mujer al grado de doblar su cuerpo y mente: la convierte en una autómata que baila a su ritmo; ríe, posesa, sin controlar sus pulsiones. La metáfora simplista sería que el individuo es esclavo de la tecnología y sus productos (la música electrónica, las secuencias, los sonidos procesados), y que vaga, desalmado, sin poder llegar a su destino. Pero, haciendo otra lectura, una influenciada por las reflexiones de Pascal Quignard en El sexo y el espanto (Minúscula, 2005), es posible ver otro giro: es la mujer quien ejerce el poder sobre el artefacto a través de la mirada. La traducción a la música de Del Naja y Marshall sería que la electrónica queda al servicio de la voluntad humana; la máquina cobra vida e incluso se erotiza (en el video la esfera expone su navaja-falo en el ojo de la mujer).

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La palabra fascinatio, nos recuerda Quignard, proviene del griego phallos, en latín fascinus. La cualidad del fascinus es su capacidad para enganchar la mirada, la cual ya no puede separarse de lo que mira. ¿Puede ser el sonido también acaparador de miradas, generador de sujetos fascinados? Pienso que eso ocurre a menudo en la música y conciertos de Massive Attack. El más reciente en nuestro país fue en 2014. Entre zapatos y cabelleras empapadas, el colectivo ofreció seis canciones antes de retirarse a causa de un chubasco amenazante. Pese al coitus interruptus, el público salió satisfecho. Los rostros lucieron hipnotizados durante media hora. Las imágenes introductorias apuntalaron un concierto que se caracterizó por su cariz de ritual en el que Martina Topley-Bird fue una especie de sacerdotisa seductora y los demás músicos sombras que causaron una rara veneración. Me atrevo a decir que la sensación de peligro de una tormenta eléctrica fue aminorada por la música. Una música que disolvió cuerpos y puso los oídos erectos.

Ritual Spirit no es, ciertamente, una vuelta de tuerca en cuestiones estéticas como sí lo fueron las tres primeras producciones de Massive Atack, pero es la consagración de un estilo que sigue siendo cautivador en sus atmósferas invernales, que anuncian un clímax que nunca llega. «El otoño-invierno es la añoranza de lo que debe venir, es la primavera anticipada, precipitada, ritualizada, alucinada, simbolizada», ha escrito Quignard. Esa promesa siempre aplazada es parte del talento de Massive Attack y la razón por la cual cada disco suyo es una espera­ peculiar. Un acecho que no será caza.

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