¿Qué sueños quedan en la cabeza de Coldplay?

Por Adrián Ávila / @nicolaiwebster

Es difícil aceptar cuando una banda con proyección y buenas ideas se convierte en una burla de sí misma. Coldplay es un  ejemplo evidente de esto con su séptimo álbum, A head full of dreams (2016), la gota que derramó el vaso. Desde su primera producción declaraban un canto a la alegría (“We live in a beautiful world”), pero mantener esa idea hasta su último disco, ha afectado a la banda, pues se ven como un grupo de optimistas que parecen ignorar los problemas del mundo. Y sí, su álbum es experimental, pero sigue patrones conocidos, sin embargo, Coldplay no siempre fue así. En algún momento tuvieron, en efecto, la cabeza llena de sueños, o bien, un torrente de sangre que revolucionó la escena musical a principios del siglo.

Coldplay se ha vuelto una banda tan acaparadora de contrastes como lo es U2, pero sin un legado como el que Bono y The Edge han creado. Preocupa que una agrupación tan joven y prometedora en un momento de la década pasada haya caído en tal decadencia que el único aprecio permanente es por motivo de nostalgia. Hagamos un poco de memoria. Al principio del milenio, la banda londinense llegó con un estilo de suaves melodías y canciones románticas a sensibilizar el oído de toda una generación. Con su sencillo «Yellow», Chris Martin, Jon Buckland, Guy Berryman y Will Champion se instalaron en las colecciones musicales de muchos adolescentes y adultos de aquella época gracias a su carisma y talento.

En aquel entonces Travis pegaba fuerte por el mismo lado, pero sus álbumes The man who (1999) y The invisible band (2001) no alcanzaron los niveles de empatía que sí tuvo Coldplay. Por su parte, Radiohead había sido el estandarte de la segunda mitad de los 90 con sus himnos llenos de dolor («High and dry»), críticas al capitalismo y la enajenación contemporáneas («Paranoid Android») y sus susurros desesperados ante la presión del mundo («How to Disappear Completely»).

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Coldplay era algo menos denso, pero tal vez, debido a esa simpleza, se ganó el oído de muchas personas a las que les atraía la melancolía como objeto de placer, pero que no pretendían caer en los mares abisales y ensimismados de Thom Yorke. Fueron el lado amable de la melancolía, la idea de vivir en un mundo hermoso y a la vez triste. Lo suyo eran las melodías de adolescente que busca llamar la atención de aquella chica que le gusta pero no le hace caso («Shiver») o las sentidas disculpas después de haberlo arruinado todo («Trouble»). De eso trata todo Parachutes (2000). ¿Quién puede decir que no ha experimentado tales sensaciones tan agridulces en algún momento de su vida? Muchos fuimos alguna vez Chris Martin montado en una oscura carreta sin rumbo. Las buenas críticas que su debut recibió reforzaron las espectativas de su sucesor. A Rush of Blood to the Head (2002) marcó un antes y después en la música pop. El disco mezcló las partes crudas del rock con la sutileza del pop británico. Desde el inicio con «Politik» se sentía una vibra distinta a comparación del primer álbum; la batería imponiéndose con golpes secos mostraba cierta agresividad, la cual era contrarrestada con la voz de Martin pidiendo por un amor único. La banda tenía muchos medios por los cuales agradar a la gente.

En 2002 teníamos el debut de Interpol con Turn on the bright lights y The Strokes ganaba popularidad con This is it. Coldplay obtuvo universalidad y honestidad. Los primeros dos tenían un público determinado por ser bandas independientes hijas de Velvet Underground y Joy Division. Coldplay tenía la estafeta del britpop y lo hacía bien. Sin embargo es lamentable que éste haya sido el cenit de una banda tan prometedora. Después del éxito de «The Scientist», «In my place» y «Clocks», el grupo británico comenzó a perder el equilibrio. X&Y (2005) tuvo mejor recepción, sí, pero gracias al prestigio que por tres años les dio su álbum del 2002. Porque la banda británica ya no era la misma, parecían inclinarse más hacia el pop, a concentrarse en construir una imagen de sí más rebelde, preocuparse por el espectáculo antes que por la música.

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Con Viva la Vida or Dead an All His Friends (2008) resultaron más equilibrados, parecían haber vuelto un poco a lo que habían logrado con A Rush of Blood to the Head, pero con propuestas diferentes como «Life in Technicolor» con la colaboración de John Hopkins, «42» o «Violet hill». Pero cuando apareció el Mylo Xyloto, fue evidente que ya no eran los mismos. No solamente en calidad musical se inclinó por un pop de tendencias, menos propositivo, también su imagen se había vuelto la de un grupo de londinenses pedantes que gritaban a los cuatro vientos lo maravilloso que eran por sus actividades políticas. Algo parecido a Bono, pero por lo menos U2 tiene media docena de álbumes que merecen la pena y sus shows son algo sorprendente que se equilibra con su música, no como la banda liderada por Martin, quienes apenas sobreviven por sus sencillos, pero en años no han logrado un álbum de verdad.

Su fracaso en el Super Bowl L los evidenció un poco más. Un exceso de parafernalia desperdiciada en un vago intento por parecer la banda más popular sobre la tierra. La aparición de Mark Ronson, Bruno Mars y Beyoncé fue más una especie de rescate al evento que un refuerzo a la actuación del grupo londinense. Una parte de la presentación estuvo dedicada a los mejores espectáculos del evento a lo largo de su historia, y frente a James Brown, The Rolling Stones, Paul McCartney y Michael Jackson, la participación de Coldplay se quedó opacada. Sobre todo si le aumentamos que era el medio siglo de uno de los eventos más vistos de EEUU.

¿Vale la pena ir al concierto de Coldplay? Sí, al menos si nunca los han visto, es interesante ver a una de las mejores bandas de principios de este siglo, pero el motivo principal es la nostalgia, el espectáculo, la oportunidad de presenciar lo que queda de una banda que no alcanzó a abrir su paracaídas a tiempo.

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