All men must die, but we are not men. Notas sobre la feminidad en Game of Thrones

Por Guadalupe Gómez Rosas

Siempre ha coexistido una febril crítica a la ficción, como si ésta debiera contar con una tracción moral o ciertas características para ser aceptada, como si los propios sueños tuvieran que ser legislados axiomáticamente, sin dilucidar que ésta puede ser el confuso retrato o la aspiración de una sociedad en alerta.

Mientras busco los avances en Internet del siguiente capítulo de Game of Thrones (HBO, 2011-), brotan artículos y conjeturas sobre la serie. El sólo hecho de inmiscuirse en estos materiales forma parte de la parafernalia de la misma. Hay quien la increpa y quien la santifica, quien instrumenta enormes debacles, quien se toma la molestia de hacer un listado de su narratología o de penetrar en los personajes, pero de pronto, en los rincones más oscuros, brillan los ojos de los haters, quienes ensalivan sus próximos argumentos.

Lo que sorprende en algunas críticas es el nivel de juicios contra la propia esencia de los personajes, con los valores otorgados desde una procesador de texto y una dirección televisiva. Y precisamente asombra porque todo esto es ficción y en la ficción podemos encontrar la verga de Alexander Portnoy, los personajes mágico-lésbicos de Jeanette Winterson o las obsesiones de fantasmas y hombres que nunca existieron.

En torno a los juicios, hace unos días el escritor español Agustín Fernández Mallo aseguró que en la serie de Hielo y Fuego las mujeres eran «putas, arpías o memas». Es evidente que hay violencia implícita en esos vocablos, pero tampoco negaremos la crudeza de la serie. Sin embargo, es precisamente esa instigación la razón de este texto, que más que hablar de feminismo, refiere a la madurez de los personajes femeninos de Game of Thrones y de paso hablar un poco de lo que nos puede gustar sin preceptos.

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Diferentes en igualdad

En el épico discurso This is water de Foster Wallace, éste asegura que «la misma experiencia puede querer decir cosas completamente distintas para dos personas».

Lo anterior es una premisa replicada en el orbe de Game of Thrones. Todos viven bajo ciertas pautas o incluso la misma familia, pero eso no descarta la posibilidad de las acciones heterogéneas. En el caso de las mujeres, hay evolución en sus trincheras, en su resistencia, la cual no tiene que ser noble, ni correcta, ni siquiera similar, porque inexcusablemente eso es lo que sustenta la serie: ni buenos ni malos, sino personajes rabiosamente humanos.

Recordemos a la Daenerys ingenua y ultrajada que un día decidió consumirse en fuego y retornó como la madre de dragones, una reina en el fin del mundo con dudas y temores, y claro… con tres dragones.

Arya, acompañada de su pequeña espada Needle, era una infanta que enlistaba a los que mataría en razón de su venganza. Temporadas después, lo que el personaje expela es madurez, se advierte a borbotones en sus movimientos y estrategias.

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Incluso de las que no se esperaba nada irradian como insólitos faros. Si en las primeras temporadas luchábamos hombro a hombro con Arya, es porque de alguna manera despreciábamos a su hermana Sansa por frágil y callada, como si todos fuéramos dioses empoderados de nuestro diminuto espacio y tuviéramos las licencias para amedrentarla. Hoy Sansa es táctica y contenida a pesar de todo lo incauta que pudo ser.

Personajes originariamente «buenos» que adquieren matices de conveniencia y maldad. Personajes que se antojan «macabros» de repente dejan rastros de humildad, como la temida Melisandre, que sin olvidar la crueldad ni la perversidad, se asoma con esperanzas y miedo al futuro.

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Del otro lado de la evolución del carácter hay quien siempre supo qué tenía que hacer. Relevante en este escenario de Game of Thrones es que ya no demandamos decir «prostituta» como insulto, porque con el paso de los capítulos se otorgó un valor agregado que da origen a luchas de formato superior.

Así lo ha hecho Margaery Tyrell o la propia Cersei Lannister, quienes pusieron en peldaño de perspectiva al incesto o la utilización de la belleza y, por el contrario, sus personajes han destacado por privilegiar la estrategia, las tácticas y los objetivos. Porque independiente de la corrección ética, sus vivencias son permeables a un gobierno. Porque controlar al peor rey adolescente de los Siete Reinos no fue una tarea cómoda.

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Miedo a la diferencia

Sin anticiparlo, Virginie Despentes aseguró «Escribo desde la fealdad y para las feas (…) todas las excluidas del gran mercado de la buena chica». Su aseveración coincide con los seres particulares de Game of Thrones, gracias a que esta serie aclama la diferencia. No es casualidad que haya salvajes aferrándose y guerreras leales como la feroz Brienne of Tarth. Aquí no son resentidas, ni maniqueas, están simplemente preparadas. Porque lejos de los cánones y estéticas hay sobrevivientes.

A quien siga la serie con firmeza no negará que el entendimiento de los Siete Reinos es un desafío que propios y foráneos han sufrido, pero más allá de la carne expuesta y el manifiesto de la violencia, hay batallas personales mejor libradas que las hechas con sangre, y ciertamente es lo que más alimenta al espectador.

Lo que no se ve a simple vista es lo que glorifica. Son los giros de tuerca los que permiten que olvidemos las diferencias y pautas sociales actuales, pero paradójicamente también nos deja entrever una relación con un putrefacto presente.

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Al final, recordar que la ficción de la TV será siguiendo ficción en la medida en la que la sociedad quiera. Los rebases, las violaciones, el sexo y las muertes existen fuera de los medios desde hace siglos. Al igual que la lucha de género y la escala de peldaños sociales. Por ello el llamado a la prudencia de separar razones y causas, para no condenar un capítulo de una hora con ímpetus morales que parecen hacer culto a la nostalgia.

Existimos en territorios tan diversos que habrá quien guste de la comedia de Modern Family, de la tensión y enigma de Black Mirror, o simplemente de los miembros y senos al aire que cobran venganza en GoT.

Al parecer lo que más le duele a ciertos sectores es que sea factible y aceptable, porque se puede, porque en la posmodernidad todo cabe. Aunque la tolerancia por las preferencias sea prácticamente inexistente.

Retornando a Foster Wallace y su mítico discurso del Kenyon College: «Puedes decidir a qué dioses adorar (…) En las trincheras del día a día de la vida adulta el ateísmo no existe.» Y es precisamente lo que hacemos en esto que es la cotidianidad.

Al final, tal vez Game of Thrones nos enseñe, desde su tétrico infinito de clave medieval, que en el mundo, más allá de literatura canónica, de hombres y mujeres, de buenos y malos… hay personas.

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