La evidencia fílmica que dejó Abbas Kiarostami (1940–2016)

Por Luis Manuel Rivera

El 25 de septiembre de 2001, Mojdeh Famili reunió en París a Jean-Luc Nancy y Abbas Kiarostami para entablar una conversación. Un año después Nancy publicó L’Évidence du film, un libro que le dedica a Kiarostami y en el que intenta explicar su forma de hacer películas desde un punto de vista filosófico y político. Filósofo y cineasta. Francés e iraní. Ambos nacieron en 1940. Jean-Luc podrá seguir escribiendo sobre cine, Abbas ya no puede seguir filmando más.

En aquella ocasión, y en medio de distintas reflexiones que surgieron en torno al cine, Kiarostami dejó una constancia clara del cine que siempre le interesó. Quizá esta sentencia es la clave principal de la que está hecha su cine, apartado de los convencionalismos, formatos efectivos y tomando en cuenta que quien se ponga delante de sus películas no va a ser alguien a quien pretenda subestimar.

«No soporto el cine narrativo. Abandono la sala. Cuanto más cuenta una historia y cuanto mejor lo hace, más grande se hace mi resistencia. La única manera de prever un nuevo cine es considerar en mayor medida el papel del espectador. Hay que prever un cine inacabado e incompleto, para que el espectador pueda intervenir y llenar los vacíos, las lagunas. En lugar de hacer una película con una estructura sólida e impecable, hay que debilitarla –¡pero teniendo en cuenta que no hay que hacer huir al espectador!–. La solución es quizá justamente incitar al espectador a tener una presencia activa y constructiva. Yo creo más en un arte que busca crear la diferencia, la divergencia entre la gente, que en la convergencia en la que todo el mundo estaría de acuerdo. De esa manera, hay una diversidad de pensamiento y de reacción. Cada uno construye su propia película, ya sea para defenderla o para oponerse a ella. Los espectadores añaden cosas para poder defender su punto de vista y este acto forma parte de la evidencia de la película».

Años más tarde, en 2007, Abbas se encontraba de visita en Toulouse a propósito de una retrospectiva que le dedicaban y esperaba que concluyera la proyección de El sabor de las cerezas (1997), su cinta más reconocida, para entrar a charlar con el público. Eran las 10 de la noche en el Cinéma ABC y cuando comenzó el epílogo de la película, dijo a sus acompañantes, «vamos adentro, siempre me gusta ver esta parte». No se sabe exactamente por qué es ese su trabajo que más le gustó en vida para platicar con los espectadores y tampoco por qué le interesaba observar a las personas en esa parte final.

Alberto Elena (Madrid, 1958), catedrático, investigador y gran estudioso del cine, quiso especular al respecto: «es probable, por un lado, que el cineasta continúe disfrutando con esa beatífica visión marcada por un sentido de la armonía y felicidad –‘una representación del paraíso’, en sus propias palabras–, que no es fácil de encontrar en muchos otros lugares de su filmografía». Elena murió en 2014 a los 55 años y al igual que Nancy, le alcanzó a dedicar a Kiarostami un libro. De ese epílogo que le gustaba ver al iraní, intuye que se trataba de un fragmento de carácter innovador en una etapa del cine que apenas comenzaba, «pudiera ser que la preferencia, la particular debilidad por esta secuencia, tenga algo que ver con su carácter de experiencia pionera en el territorio del cine digital». Alberto nunca supo si sus intuiciones eran ciertas y nosotros tampoco lo sabremos.

Nosrat Panahi Nejad Abbas Kiarostami a Palermo, 1996

De vuelta al interés de Jean-Luc, su contacto con la obra de Kiarostami se dió quizá de manera tardía. Fue hasta 1994, cuando la revista Cahiers du Cinéma le propuso escribir sobre una película de libre elección para conmemorar el centenario del cine, que Nancy consideró la obra de Kiarostami. Aquel conjunto de textos conmemorativos nunca llegaron a publicarse pero el que el francés escribió de Y la vida continúa (1992) fue publicado en la revista Cinémathèque.

Seis años después, y al poco tiempo de que Nancy mantuvo esa conversación en París con el cineasta, se decidió a escribir L’Évidence du film, un libro desde un punto de vista distinto a la que escribió Alberto Elena, quien hace principalmente un recorrido de la obra del director iraní. El de Jean-Luc se trata más bien de una visión paralela, que se fue insertando a su trabajo habitual, de cómo ha sido considerado el cine de Abbas en el mundo occidental. Un texto que asegura, llegó a raíz de circunstancias que lo fueron poniendo en situación sin que necesariamente él la buscara, «es el resultado de casualidades sucesivas y de desplazamientos de proyectos, los cuales no son del todo extraños al aspecto y la naturaleza del trabajo de Kiarostami».

Una sentencia que intenta (¿consigue?) resumir la perspectiva del francés podría ser la siguiente: «El cine de Kiarostami es una meditación metafísica».

Y es que la insistencia del iraní siempre fue en torno al cuestionamiento que el cine debería hacerse. Hace más de 20 años, en 1992, dijo, «hoy en día, un cineasta debe necesariamente interrogarse sobre las imágenes y no limitarse a producirlas». Además de eso, el otro bastión de su cine iba anclado a la poesía, e incluso muchos lo consideran el principal punto de partida, como es el caso del director español Víctor Erice, «hora es ya de decirlo: la mirada de Abbas Kiarostami es, por encima de cualquier otra consideración, la del poeta».

Hay una cosa más que nos queda por intuir, si Kiarostami no hubiera optado por dedicarse al cine, seguramente que su vida habría ido en el eje principal de la poesía. Él mismo lo dejó ver cuando escribió El viento y la hoja.

Cuando en mi bolsillo no tengo nada
tengo poemas
cuando en la nevera no tengo nada
tengo poemas
cuando en el corazón no tengo nada
nada tengo

Y la vida continúa, de entre todos, es quizá el título de sus películas que mejor acomodaría para ser su epitafio. Nancy podría ir a recitarle algo que escribió respecto a esa película en aquel texto que dio inicio a todo, cualquier día de estos a su tumba, «de entre las expresiones corrientes, de entre las maneras de hablar que están en curso, es decir, que tienen un valor inmediatamente reconocible, que se intercambian sin dificultad (que se intercambian por nada, por su propio eco, que por ello, no valen nada…), ésta habla de ese curso constante, que sigue y que continúa a pesar de todo, a pesar del duelo y la catástrofe».

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