«Cásate conmigo»: el extraño llamado del «progresismo»

Por Bartolomé Delmar 

Desde hace unos años, a la caída del Muro y la reconfiguración ideológica subsecuente, se le ha llamado «progresista» a todo aquel que agrupa en sus ideales y creencias una serie de valores congruentes entre ellos. Siendo reductivos, podríamos decir que el «progresista» cree en la igualdad de derechos sociales y legales, compaginados a su vez con mecanismos de redistribución económica que reducen la desigualdad de clases. Libertades civiles protegidas por la institucionalidad, atizadas por un sistema de seguridad social fuerte y una economía bien regulada por los brazos del Estado.

El mote «progresismo», entonces, tiene dos interpretaciones: por un lado, que, de ser implementados, estos valores apuntarían a un progreso social histórico; por el otro, que una adopción ideológica de los mismos es, casi por definición, una postura de avanzada. Progresa el mundo, pues, gracias al «progresista» —es la utopía marxista de una Historia lineal que tiene un desenlace definido—. Cuando todas las dimensiones de la sociedad apliquen y consuman estos ideales, entonces el «progreso» habrá hecho su trabajo y, de alguna manera, nos encontraríamos con nuestro final feliz.

Más allá de esa imposibilidad, vale la pena detenerse y analizar cuáles son los problemas inmediatos, y ya latentes, de estas posturas. Porque el mundo, irónicamente, mientras más «progresista», menos parece preparado para el futuro, menos dado a discutir verdaderas transformaciones. Mientras más «progresista», pues, en realidad actúa con mayor conservadurismo. Hablemos de un ejemplo puntual que ilustra bien esta incongruencia.

Hablamos entonces de la búsqueda irredenta por parte de la comunidad homosexual y transexual por una igualdad de derechos dentro del marco legal. En particular, hablamos de la posibilidad práctica de que contraigan «matrimonio».

Es una lucha justa, sin duda. Una que busca acabar, simbólicamente, con más de dos siglos de injusticias y tropelías absurdas. El alto a instituciones diseñadas en parte para denigrar y humillar la otredad —Iglesias, familias, núcleos de socialidad, expresiones culturales varias, acuerdos políticos y legales— es un encontronazo válido y necesario. Sin embargo, dista mucho de ser uno verdaderamente «progresista».

La razón es muy sencilla: ¿por qué busca la comunidad LGBT injertarse dentro de un marco institucional, legal y cultural, que por siglos la despreció y humilló? ¿Por qué busca, en este sentido, normalizarse? ¿Qué puede dar el «matrimonio», como simple vocablo, que no pueda dar un arreglo cultural, institucional y legal surgido de su propia comunidad?

Es extraordinariamente extraño que el «progresismo» esté defendiendo el derecho de las personas a participar de instituciones y acuerdos simbólicos tan arcaicos como «el matrimonio», «la familia», y el reconocimiento del Estado. Y digo «extraño» porque, definitivamente, no es una lucha equivocada: es importante que cada quien busque lo que resulte su mejor interés.

Pero no hablamos, realmente, de una lucha hacia el progreso. El progreso, como se entiende bajo los esquemas del «progreso social» más común, ha de buscar en las estructuras institucionales y culturales de la sociedad los suficientes vicios como para plantearse nuevas alternativas. Es, y ha sido, un revulsivo. Debe, también, revitalizar los acuerdos sociales a partir de los lineamientos orgánicos que cada grupo social sugiera, conozca y promueva.

Es decir: ¿necesita una pareja homosexual de los mismos derechos que una pareja heterosexual? ¿Necesitan de los mismos derechos una madre soltera y un padre adoptivo? ¿No puede cada uno de esos grupos definir, redefinir, adecuar e inventar nuevas formas de convivencia? En muchos sentidos, ¿no deberían hacerlo?

Lo que es más: ¿por qué ni siquiera se cuestiona, a estas alturas del partido, la relevancia misma del Estado y nuestra necesidad de su institucionalidad? Claro queda que una pareja sin un sistema de ahorros para el retiro o adecuada para heredar entre ella se encuentra en una situación de vulnerabilidad, pero: ¿no existen otras opciones? ¿No hay, lejos del Estado, otro tipo de organismos que puedan procurar su bienestar?

Si los homosexuales quieren utilizar la palabra «matrimonio» y regirse bajo los mismos parámetros que los de un matrimonio heterosexual, que así sea. Qué importa. ¿Pero no los dotaría de un sentido identitario más rico y fuerte, más propio y soberano, el descubrir una fórmula propia, en todos los sentidos? ¿No se encuentran ante la posibilidad única de germinar expresiones culturales, rituales, legales y políticas propias? ¿No lograrían con eso una diversidad verdadera? Es irónico que la base nuclear de la «heteronormatividad» sea el matrimonio, ese mismo matrimonio que los enemigos de la «heteronormatividad» buscan rescatar.

Las partes detestables en esta ecuación, los celosos y siempre miopes «conservadores» autonombrados como tal, muchas veces argumentan lo anterior, racionalizando un rechazo que en realidad se sustenta en el odio, el prejuicio y la ignorancia. Pero resulta sintomático que, en este contexto, sean los grupos más ignorables y repelentes de la sociedad los que estén hablando de caminos alternativos, si bien por las razones equivocadas.

Queda entonces la duda: ¿por qué los defensores del progreso actúan como los más conservadores de los conservadores? Porque recordemos que quizá la definición más básica de un «conservador» es aquella que define al sujeto como aquel que busca conservar todo marco institucional intacto. Y no hay marco institucional más clásico, tradicional, inflexible y quizá arcaico que el del «matrimonio».

¿Es que se ha perdido la brújula de lo que es el pensamiento crítico? ¿Es que hemos confundido los valores del humanismo con la alternancia? ¿Es que se ha normado ya a tal grado nuestro planeta que es imposible pensar en verdaderas transgresiones? ¿Llegamos ya al límite de nuestra imaginación cultural?

Porque es lo que se siente. No un relativismo, como acusarían los enemigos de la mal llamada «posmodernidad». No. Se siente y ve que, al caer el Muro y las ideologías políticas clásicas, se impuso una suerte de conservadurismo sistematizado y estructural que solamente sufre de divisiones internas. De los conservadores y los rendidos, cuál de ellos es el más justo; no sería disparatado, en este sentido, definir a los pioneros del «matrimonio igualitario» como «mejores cristianos».

«Mejores cristianos», sí. Los nobles y justos siervos de un hombre que vivió hace más de dos mil años, y que desde entonces definió lo que era «la igualdad» y la «justicia», conceptos que no se han transformado al día de hoy en lo más mínimo. Dos mil años después. Dos mil.

Ahí las pretensiones del «progreso» contemporáneo.