La perturbación por el pasado: Boomerang y Au nom de ma fille

Por Luis Manuel Rivera

Hay quien asegura que el pasado es lo que sucederá o que el futuro ya pasó. Existe mucho de cierto en ello. Dejemos de lado la idea simplista que insiste en ‘superar’ el pasado y ‘mirar’ hacia adelante. En realidad no hay parámetros que te dejen claro qué es lo correcto y mucho menos comprobaciones para ello. Cada quien sabe o siente qué y cuánto tiempo necesita de su pasado en el presente. Hay dos cosas ciertas: es más cobarde no acudir a él que hacerlo, y que volver a lo sucedido siempre terminará por bloquear novedades, que no necesariamente mejores, pero distintas a fin de cuentas.

Boomerang de François Favrat y Au nom de ma fille de Vincent Garenq, son dos películas que comparten mucho. En forma y fondo. Ambas se basan en escritos, la primera en una novela homónima de Tatiana de Rosnay, y la segunda se trata de una adaptación libre de Pour que justice te sois rendue, un libro de André Bamberski. Las dos son historias que acuden a los escombros para removerlos y obtener claridad, sin importar los obstáculos que se encuentren en el camino. Ambas tienen claro que la cobardía de quien intenta ocultar el pasado incómodo, no es una opción.

Favrat narra la historia de Antonie Rey (Laurent Lafitte), quien tras años de silencio por parte de su padre y de toda la familia, se ve en la necesidad de descubrir la verdadera causa de la muerte de su madre, que perdió cuando él apenas tenía 10 años. Las versiones oficiales no le cuadran, la lógica no encuentra sintonía con ellas y los recuerdos no lo dejan vivir tranquilo. Su hermana, Agatha Rey, quien es interpretada por Mélanie Laurent, intenta acompañarlo en la búsqueda pero le cuesta mucho trabajo separarse del resto de la familia, no creer en lo que dicen.

Esas excavaciones en el pasado no necesariamente nos impiden caer en los mismos errores de los que nos quejamos. Los patrones pueden repetirse casi por inercia, porque aunque la cobardía es menor, el pasado no es menos doloroso. Sin siquiera voluntad de hacerlo podemos reproducir la cadena de silencio que suele ocultar lo ocurrido, y ese intento por vencer al miedo es uno de los tropiezos de Antonie en la historia, quizá no el mayor, porque ese es su padre, pero sí el más incongruente.

boom

Compartir el pasado es algo que conmueve, que sirve para que las personas nuevas nos tomen confianza. Contar tus planes a futuro te brinda una imagen de seguridad, pero contar lo sucedido le da mayores certezas a la otra persona, porque lo que viene lo podrá ver, sabrá ayudarte a resolverlo, pero al conocer de tu pasado sólo por la voz tuya, tiene que confiar en tu palabra, tiene que creer que le estás diciendo la verdad. Eso le sucede a Antoine cuando conoce a Angèle (Audrey Dana) en uno de sus intentos por destapar la muerte de su madre. Encuentro que le ayuda a enterrar otro ayer del que no nos muestran mucho pero que parece destinado a no volver: la madre de sus hijas.

Por su parte, Garenq escarbó en los documentos del caso de Kalinka Bamberski, quien su muerte fue motivo de 30 años de juicios que propició su padre, André Bamberski (Daniel Auteuil), de una forma tan insistente que lo llevó a convertir la búsqueda casi en una forma de vida. Tras separarse de su mujer, Dany, su hija Kalinka muere sospechosamente. Él concluye que fue a causa de una violación por parte de la nueva pareja (Dieter Krombach) de la madre de Kalinka. Esa comprobación lo lleva a recorrer buena parte de Europa en el intento de hacer justicia con un entusiasmo que parece casi invulnerable durante toda la cinta.

Aquí la necesidad es diferente a la de Antoine, aquí el amor de padre cala de otra manera. Ambos apelan a la memoria pero de una forma distinta. Antoine busca esclarecerse la propia y André intenta honrar la de su hija. El ímpetu parece el mismo pero creemos que el de Bamberski es mayor, porque la losa es más pesada. Los dos parten desde el desconocimiento pero el personaje de Auteuil tiene sospechas más graves. Encima carga con cierto de rencor sobre Dieter, porque además de ser el principal sospechoso de la muerte de su hija, se ha quedado al lado de Dany.

Los dos emprenden sus búsquedas sin una pareja que los acompañe, pero también ambos encuentran a alguien en el camino. Uno la pierde porque su búsqueda le ocupa más tiempo y le brinda el espacio de prioridad. El otro parece atar mayores cabos al final de ella aunque sus esfuerzos le llevaron menos tiempo.

Ambas historias pueden verse como obsesiones por parte de sus protagonistas, quizá lo son. Habrá quien piense que es mejor no abrir esas heridas, a final de cuentas las personas que motivan las búsquedas ya están muertas, las verdades no traerán un remedio a eso. Habrá quienes crean que la tranquilidad real sólo llega cuando uno es capaz de enfrentarse a esas heridas y sanarlas por mano propia y que no cicatricen por olvido. Está claro que los personajes de Laurent Lafitte y Daniel Auteuil creen en lo segundo, por razones muy distintas, no es lo mismo perder a una madre que a una hija, no es lo mismo guardar duelo desde la inocencia de la infancia que desde la conciencia de la adultez. Tal vez todos deberíamos vivir los duelos como niños, sin volverse loco por lo sucedido, pero haciendo insistentes preguntas para saber cómo sucedió.

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Boomerang y Au nom de ma fille forman parte del 20º Tour de Cine Francés.