México y París, ciudades desiertas o cómo la vida imita al arte

 

Por Gabriela Lira

El mes pasado asistí al estreno de Me estás matando, Susana, con Gael García y Verónica Echegui en los papeles estelares. Según oí, esta película era una adaptación de Ciudades desiertas: una obra «agustiniana», en la jerga de su autor. Pero como el orden de los factores no altera el producto, primero vi la película y después leí la obra. Entre ataques de risa, disfruté ambas por el humor inteligente y audaz de José Agustín, pero también por mi estrecha identificación con los protagonistas, Eligio y Susana, que enfrentan su peor crisis conyugal en un país extranjero. Me remonté a 2015, cuando viví una aventura similar en Les Récollets, en París, donde mi pareja hizo una residencia artística de tres meses. Yo estaba incluida en la invitación y en julio emprendimos el viaje juntos, pese a los muchos “estira y afloja” de nuestra vida en común, que auguraban tormentas trasatlánticas.

Ubicado a unos pasos de la Gare d l’Est, una moderna estación de trenes, Les Récollets es un antiguo convento del siglo XVII, remodelado para albergar a los becarios del programa, quienes tienen el compromiso de desarrollar proyectos en torno a la vida parisina. Ahí disponíamos de un departamento pequeño, pero equipado con mobiliario, luz, gas, teléfono e internet: en suma, una romántica buhardilla parisina, en un tercer piso y con vista al jardín del monasterio. Pero la Ciudad de la Luz, como la Ciudad de México, impone a sus habitantes duras condiciones que no cualquiera aguanta. Nosotros no fuimos la excepción y nuestro mayor choque cultural se tradujo en un drástico cambio de rutina, que hizo tambalearse una relación de suyo inestable.

Aunque contábamos con servicio de limpieza una vez por semana, los deberes domésticos nos sobrepasaban y eran una fuente constante de fricciones. Por los elevados precios de los restaurantes, incluso de los más modestos, comer en la calle tres veces al día significaba la ruina. Optamos por cocinar en casa, pero íbamos al súper con frecuencia, porque nuestro micro refrigerador almacenaba pocos alimentos. Nos abastecíamos en el Mono Prix (el «Mono», de cariño”), un comercio cercano, tan estrecho, abarrotado y mal surtido como las tiendas Oxxo. En París no hay grandes supermercados, salvo en la banlieue, a las afueras de la ciudad. Nunca se nos ocurrió comprar un carrito y salíamos del Mono como macehuales: encorvados por el peso de las bolsas, siempre a punto de rasgarse por las botellas de agua y de vino.

Sin conocimientos culinarios, improvisaba platillos simples (gazpacho, carne asada y guarniciones, por ejemplo), mientras mi pareja se encargaba de los trastes, un suplicio interminable digno de Sísifo. Una vez por semana, yo llevaba la ropa sucia a una lavandería de autoservicio de dimensiones liliputienses y, por lo regular, desierta: sin personal; sólo cámaras monitoreando a los clientes. En la brasserie de la esquina, llena de pensionados que se dedicaban al chisme, compraba un café-creme para llevar y lo tomaba en la lavandería, lejos del barullo. Pero un día, mientras estaba hipnotizada por el ciclo de lavado, entró intempestivamente un francés de 32 años, alto, rubio y ojiverde. Exhalando un tenue aliento etílico, se presentó en inglés como «Nicolás». Vivía en esa calle, la Rue du Terrage, y me observó desde su departamento. Cuando supo mi procedencia, respondió espontáneamente con un «¡Oh, muertas de Juárez!». Que asociara mi país a un crimen antiguo, pero tan atroz e impune como los más recientes, me incomodó e hizo sentir culpable por haberlo archivado en mi memoria.

Evidentemente Nicolás quería un ligue conmigo. Muchas que se dicen proindigenistas hubieran matado por esa oportunidad. Pero, por fortuna o desgracia, los güeros no me sorbían el seso. Además, una mezcla de lealtad y de temor a ser descubierta pesó en contra del affaire. Como Eligio en Ciudades desiertas, resistí el escarceo cordial pero insistente de un extranjero apetecible. Así comprobé que también había «ninis» en Francia, de otra forma no entendía cómo se la ingeniaba Nicolás para toparse conmigo, si yo lavaba en horarios distintos. A decir verdad, en París sólo me cohibía un pelotón de rubios, con metralletas en mano y semblante de bulldog, que patrullaban a diario la Gare de l’Est. Me infundían miedo, pero después comprendí el porqué de esta vigilancia: en noviembre, ocurrió una serie de atentados terroristas en diferentes sitios de París, donde murieron 137 personas. Temblé al pensar que pude haber figurado entre las víctimas si hubiera prolongado mi estancia.

Por las tardes mi novio y yo salíamos a conocer París. Nos dividíamos la mañana entre el quehacer y el trabajo. Teníamos que escribir, como Susana en Ciudades desiertas: él, un cuento; yo, mi tesis de maestría. De México había traído un borrador de 30 páginas, pero tan caótico que el solo ojearlo me angustiaba. Debía reescribirlo de principio a fin, pero necesitaba concentración y «horas nalga» frente a la computadora. Al mismo tiempo, tenía la distracción constante de la ciudad, el impulso de explorarla de cabo a rabo. En esta pugna, París siempre obtuvo la victoria: fue la única tentación a la que sucumbí y nunca pude colmar por entero mi curiosidad. A diario visitábamos un nuevo museo, teatro, café, bar, templo o cine de salas miniatura, pero la oferta excedía por mucho nuestro tiempo y presupuesto. Ya lo dijo Vila-Matas: «París no se acaba nunca». Primero acaba contigo, pero nunca al revés. En nuestros recorridos nos llamaba la atención la belleza y diversidad de la ciudad, así como de las mujeres. Era un verano caluroso y se vestían con libertad, haciendo gala de los mejores cuerpos. A diferencia de México, no las acosaban con palabras soeces o miradas reprobatorias. No llevaban tacones ni peinados de salón, tan comunes en mi país.

«París es una fiesta», dijo Hemingway, y nadie puede gozarla de tiempo completo sin enloquecer de repente. La diversión nos agotaba tanto como el deber. Durante el primer mes caminamos hasta siete horas diarias entre mares de turistas nipones y, muchas veces, bajo el sol ardiente. En el idioma alemán, hay una palabra para describir los efectos nocivos de unas largas vacaciones: «Freizeitstress» (estrés por el tiempo libre). Acumulamos esa tensión, que se transformó en una bronca apocalíptica: por un asunto de cocina, una noche casi nos despellejamos vivos, entre gritos y mutuas amenazas de abandono (de su parte, un regreso intempestivo a México; de la mía, una fuga a otro país del «Espacio Schengen»). La ira nublaba nuestro entendimiento y, sin embargo, hubo cierto histrionismo en nuestra discusión de altos decibeles, justo como las de Eligio y Susana. Por poco interpretamos una tragedia cinematográfica, tipo Bitter Moon de Polanski o Last Tango en París de Bertolucci. ¿Cuál de nosotros era el villano de la película? Cuestión de perspectiva. Seguramente fuimos la comidilla de nuestros vecinos artistas pues no entendían español, pero sí el lenguaje universal de las disputas conyugales. Resentidos, mi pareja y yo nos hicimos la ley del hielo y cada quien anduvo por su lado un par de días. Poco antes, él había presenciado el espectáculo de las prostitutas sexagenarias de Faubourg Saint-Denis y, por obra de los celos, imaginé que se entretenía con ellas.

Con ánimo vengativo fui derechito a la lavandería, esta vez sin ropa sucia, pero el francesito ya se había rendido y no dio señales de vida. Deambulé entonces por los Champs Elysées y el desfile de zombies nipones frente a los aparadores de lujo, destellando luces de neón en pleno día, recrudeció mi desolación. Cambié de rumbo y empecé a reconocer, entre la multitud, a los solitarios venidos a menos. Los clochards, nacionales o extranjeros, pululaban por doquier. Algunos franceses mendigaban por su adicción a la heroína: los delataba la inconfundible putrefacción de sus dientes, cuando pedían una moneda s’il vous plaît. Otros habían caído en desgracia por un divorcio. Según nos platicó Eduardo García Aguilar, un novelista colombiano que reside en París desde hace 30 años, las francesas eran despiadadas y dejaban a sus ex maridos literalmente en la calle con el respaldo de la ley. Pero la crisis económica también golpeaba a familias enteras: en una esquina del Boulevard Magenta vi a una sobre un colchón, tratando de dormir a mediodía. Los demás clochards eran indocumentados que migraron persiguiendo una fantasía similar al american dream. Sin permiso de residencia, su sueño pronto se convertía en pesadilla y huían aterrados de los cateos al interior del metro. Me solidaricé con ellos por mi propia experiencia en materia de trabas migratorias: en todo el mundo, mexicano es sinónimo de clandestino e ilegal, como en la canción de Manu Chao.

En este panorama de lujo y miseria, se aclaró mi confusión de sentimientos. En la novela de José Agustín, Susana termina con Eligio para cultivar su vocación y más tarde regresa con él. Pero al igual que éste, yo ambicionaba lo mejor de dos mundos: ordenar mi vida profesional y afectiva simultáneamente. Nuestro historial de pleitos había resquebrajado estas dos facetas y, para resanarlas, debía poner manos a la obra cuanto antes. Ya habíamos ensayado una ruptura, pero volvimos porque nos unían los mismos lazos invisibles que Eligio percibe en ausencia de Susana. Atestadas de extraños y de gente que lidiaba con la violencia, la pobreza y la discriminación, París y México eran ciudades desiertas sin la compañía del ser amado. Volví a la buhardilla, segura de que si la estrecha convivencia había actuado en nuestra contra, también lo haría a nuestro favor. Sólo requeríamos paciencia y, sobre todo, sinceridad. Frente a frente, hacer explícito lo que nuestras separaciones decían entre líneas: «Me estás matando… porque te quiero».

Referencia bibliográfica:

José Agustín, Ciudades desiertas, México, Alfaguara, 1994

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