«No se trata de hacer un festival para gente rara, sino de cubrir las necesidades de la escena cultural»: Rafael Villegas

Por Miguel Ángel Morales / @mickeymetal

Foto: Luis Manuel Rivera

Los conceptos de curador y de curaduría se encuentran en un momento tenso y confuso, pero no por ello menos refrescante. La práctica curatorial se ha visto como un diseño en donde precisamente el curador es la estrella del espacio. La hipérbole de esta idea: el artista no es necesario en la ecuación. En el plano musical, no es sorprendente ver que un festival se parezca mucho a otro. Se producen con una mayor frecuencia, lo cual dificulta encontrar un rasgo distintivo. Existe otra visión en torno al curador, entendido éste como un investigador que se preocupa por una comunidad. La conversación aquí incluida abona en este sentido, en la importancia del curador/programador como una figura necesaria dentro del diseño de un festival, en donde cada elección es producto de un cuidado y una ética. Tal procuración camina en una lógica diferente a la despersonalización y la urgencia, coloca los elementos sabiendo que el resultado final es parte de un discurso ordenado que pone en diálogo una serie de ideas que buscan movilizar y proponer un cambio.

Si vemos el concepto de festival como un espacio que propicia canales de circulación de ideas, el Festival Aural reuniría esa característica con creces. Desde su fundación, se ha encargado de reunir propuestas influyentes en los campos de la experimentación, el arte sonoro y la música de avanzada que apuestan a  la diferencia y la peculiaridad.Evan Parker, The Residents y los Melvins son algunos de los nombres destacados que hoy pueden considerarse como eventos míticos dentro de la cartelera de conciertos de los últimos años. Esto ha sido posible gracias al trabajo de Rogelio Sosa.

Para la quinta edición de Aural, Rafael Villegas se integra nuevamente al equipo liderado por Sosa, en donde se encarga de cuestiones de programación y difusión de algunos de los talentos más destacados de la escena musical de avanzada en la actualidad. Esto representa una adición vigorizante, ya que él ha sido una figura seminal en la difusión, gestión y discusión de la música que se hace en el nuevo siglo en nuestro país. Ello es razón suficiente para hablar con él a unos días de que comience el festival.

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Cuando somos pequeños a veces los mayores suelen tener un cierto gusto musical que nos lo heredan. En otros casos, uno tiene que hacerse de su biblioteca sonora. ¿Cuál es tu historia?

Mi gusto musical proviene de dos lados diferentes. Curiosamente, mis padres no tenían mucha afición por la música que escucho ahora, pero sí tenían un amor muy fuerte por la música clásica. Aunque no tenían una gran formación musical, sí había muchos discos en la casa. No faltaban muchos álbumes de música clásica, de folclor latinoamericano. Ellos me inculcaron el amor por la escucha desde muy pequeño. Les agradezco que se preocuparon por llevarme a conciertos de música clásica. Tengo muchísimos recuerdos de conciertos en la Sala Nezahualcóyotl en la UNAM. Sobre todo, se enfocaron en llevarme a conciertos dirigidos a niños. Había una serie llamada (creo que aún existe) «El niño y la música», conciertos de apreciación musical para los pequeños. También tengo recuerdos de una serie de viniles de 45 rpm de música clásica para niños.

Entonces, estaban los padres por un lado; por el otro, se encontraban unos tíos gemelos a los cuales aprecio muchísimo. Tenían una colección que yo veía como inmensa. Seguro no rebasaba los 30 o 40 discos. Se trataba de discos de rock. Era gente muy clavada en escuchar.

Así como mis amigos gastaban sus ahorros en juguetes (cosa que también yo hacía), desde muy chico, a los 6 o 7 años, recuerdo que compraba discos. Justamente, ahora traigo unos que compré afuera del metro (risas) . El primer disco que recuerdo haber comprado, si mal no recuerdo, fue el Delicate Sound of Thunder, de Pink Floyd. Estaba muy niño, iba en quinto de primaria.

Primero escuché mucho rock progresivo. Ya un poco más grande, en la secundaria, escuché mucho punk. No recuerdo ciertamente cuál fue el primer disco medio raro que compré porque antes tuve la fortuna de cruzarme con varios personajes. Uno de ellos a quien recuerdo con mucho cariño es Arturo Romo, de una banda mexicana muy importante llamada Oxomaxoma. Fue una especie de mentor. Antes de que comprara discos rarillos, él me daba muchas cintas grabadas. A través del intercambio de cintas, empecé a escuchar muchas cosas que difícilmente se conseguían en México. Eventualmente las compré. Por ahí empezaron a llegar mis primeras cosas de música experimental, de ruido, incluso de música concreta.

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Hay mucho de punk en esa actitud de escuchar aquello que casi no pulula entre los círculos musicales. ¿Eso influyó en tu elección por el periodismo y todas las actividades en torno a la música en las que has estado?

Efectivamente una cosa llevó a la otra desde que entré a la secundaria y me metí mucho al punk. Había gente del punk que empezaba a hacer otras cosas. Por esa época Steven Brown, líder de Tuxedomoon, se vino a vivir a México. Eventualmente, se fueron a vivir a Holanda, pero antes tuve la fortuna de topármelo aquí, ya que teníamos amigos en común. Él es mucho más grande que yo, debe rondar los 50 años, si no es que más, pero dentro de ese mismo círculo de amigos punks empecé a encontrar gente que escuchaba música experimental, industrial, instrumental. Lo padre de haberme metido en el punk es que esa misma actitud, como bien dices, pues era una actitud de tener los oídos abiertos. Alguna vez alguien me dijo que lo mejor de ser punk era dejar de ser punk. Cuando ya te dejas de escuchar punk tienes la mente suficientemente abierta. Yo era muy joven; tenía 18 años. Justo en aquellos momentos empezaron a gustarme bandas como los Residents, Cabaret Voltaire, los mismos Tuxedomoon, toda una escuela de música que se vinculada con cosas de música electrónica experimentales.

Estudié en el Tecnológico de Monterrey. Junto con la UNAM, fue la primera escuela que tuvo acceso a Internet para sus estudiantes. Recuerdo perfectamente la primera vez que me conecté. Un amigo me dijo: «Ven, te voy a enseñar una cosa en el Centro de Cálculo». Lo primero que hice fue buscar información sobre música. Era 1994. Internet tenía un año de existir. Salí hasta que cerraron el lugar. Eran las 10 u 11 de la noche. Busqué información de todas las bandas de las que sólo había escuchado hablar a través de amigos o de boca en boca en uno que otro fanzine que circulaba por ahí, una que otra revista que encontrabas, o algún libro que comprabas en Tower Records. Teniendo un acceso tan vasto a Internet, las cosas cambiaron. Y, aunque mucha de la información no era verificada, también circulaban por ahí ensayos que los fans escribían. Recuerdo por ahí uno que se llamaba «The Prehistory Of Industrial Music», que, más que hablar sobre la música industrial, partía de la música industrial hacia atrás, y hacía una revisión de todo lo que se había hecho en música «experimental» electrónica. Hablaba de la música concreta, de los compositores de conservatorio como Stockhausen o Varessè que habían experimentado con cintas magnéticas, con medios electromagnéticos para grabar música. Sin tener ningún background académico, me pareció fascinante. Empecé a investigar, y me di cuenta que en la biblioteca de la prepa —también la Universidad estaba ahí— había unos cuantos discos de esta música. Muy poquitos. Empecé a interesarme por este tipo de música, a comprarla. Afortunadamente, en las tiendas de discos sí había forma de acceder a ella. Así, empecé a ampliar mis horizontes. Había manera de hacerse tanto de música contemporánea, como de música experimental. Al ampliar mis horizontes, me salí de un género. A pesar de que antes era muy purista y en las épocas en las que escuchaba metal extremo solamente escuchaba metal extremo y en las que escuchaba punk sólo había punk, de pronto dejé de encontrarle sentido a todo eso. Eventualmente, me hice de un pequeño de importación de discos, venderlos entre amigos, intercambiar. Así, se borraron las fronteras de decir «sólo voy a escuchar uno o dos géneros». Le empecé a pegar a todo: improvisación, free jazz, música electroacústica, y todo lo que sigo escuchando hasta la fecha.

Estuviste en 2006 coordinando la organización de Nicho Aural y ahora estás detrás de la selección de algunos de los proyectos en la nueva edición del Festival Aural. ¿Qué ha mejorado o empeorado durante este lapso?

Mis actividades personales están relacionadas con el periodismo y la difusión de música, pero sobre todo desde el ámbito del periodismo desde varios frentes. Empecé primero escribiendo. Luego, durante cuatro años tuve la oportunidad de hacer un programa de radio de música contemporánea en Ibero llamado Sinoidal, de 2004 a 2008. Durante ese periodo, sin tener experiencia en producción a través de Sinoidal hicimos un vínculo cercano con Radar, festival que se enfocaba en nuevas músicas: contemporánea, improvisación y música electrónica experimental, principalmente. Esto ocurría dentro del marco del entonces llamado Festival del Centro que eventualmente cambiaría su nombre al Festival de México. Haciendo radio me invitaron por primera vez a formar parte de la producción del Festival Radar. Ahí mi papel fue primero el de asistente de dirección del festival. El director era José Wolffer, que eventualmente fungió también como director del Festival de México. Ahí por primera vez entro en contacto con la organización de un festival de ese tamaño. Fue muy padre porque en ese año, 2006. Radar estaba cumpliendo cinco años. Entonces le dieron un presupuesto bastante grande. Si no mal recuerdo pero ya como coordinador de artistas de Radar mi papel era hacerme cargo del seguimiento del contrato de los artistas, a tenderlos mientras estuvieran aquí, llevarlos, traerlos, recogerlos, asignarles su paga, estar al pendiente de que tuvieran todas sus necesidades cubiertas, llevarlos a sus conciertos hasta el momento en que se subieran en un avión de regreso y luego incluso más.

Ese festival sentó antecedentes muy padres porque, muy cercano a esas fechas en que estaba ocurriendo, fue cuando Kubrick sacó su película Ojos bien cerrados (1999). Esa película tenía música de Ligeti. Esta anécdota me gusta contarla mucho porque en una de esas primeras ediciones de Radar se tocó música de Ligeti. Generalmente, el festival dedicaba sus ediciones a uno o dos compositores contemporáneos vivos. Entonces, en una de esas primeras se eligió a Ligeti y se dedicó el festival a él. Yo aún no tenía nada que ver con el festival den ese entonces; ni siquiera tenía mi programa de radio. Peor el simple hecho de que se tocara música de Ligeti y de que estuviera muy fresco lo de la película de Kubrick fue suficiente para causar un revuelo. Uno de los conciertos con música de Ligeti iba a ser en el Auditorio del Colegio de San Ildefonso. Sin ser él una figura con demasiado renombre en el sentido de la fama popular, recuerdo que le dije a mi novia: «Salimos con una hora de anticipación y compramos los boletos». Cuando llegamos había un mar de gente. Obviamente ya no había boletos. Ni siquiera pudimos conseguirlos. Estuvo muy loco porque iban a dar portazo, algo que era inconcebible en un concierto de estas características, de música académica. Ahí me di cuenta que estaba sucediendo algo que jamás me había tocado ver en la historia de alguien que iba a muchos conciertos al año. Era un fenómeno particular: un hombre relacionado con una música que algunos suelen llamar «culta» estuviera jalando a tanta gente al punto tal de que se fuera a dar un portazo. Al igual que muchos de mi generación: no sabíamos muy bien lo que estaba pasando pero sabíamos que era algo importante, que pasaba muy pocas veces al año y que valía la pena ver. Estamos hablando de hace más de 15 años.

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Entonces creo que este tipo de festivales (y la tarea de los que llegaron antes de nosotros y que nosotros también estábamos empezando a hacer) estaba dando resultado. Ya se estaba generando una convocatoria para escuchar nuevos tipos de música que estaba teniendo mucho éxito.

Mi primer trabajo en un festival fue en 2006. Más adelante, en 2011, fui coordinador de artistas para el Nicho Aural. No hay mucha diferencia porque el Nicho era parte de Aural y Aural todavía era parte del Festival del Centro. Cinco años después, en 2016, me vuelven a invitar a Aural. La diferencia es que Aural ya es independiente al salirse del Festival de México.

¿Qué ha empeorado? Respecto a la gente y al tipo de festival, nada, en general. Lo que ha empeorado es la situación del país. Estoy viendo que nos está costando vender más boletos, pero no porque a la gente le interese sino porque las cosas a nivel del país son más difíciles, los precios suben. Este festival lo empezamos a planear hace cinco meses, aproximadamente. Ha sido más difícil allegarse de recursos. Afortunadamente han salido de instancias culturas, pero la situación la economía ha hecho complicado esto. Afortunadamente, la mitad del festival es de entrada libre. El interés de la gente creo que ha crecido: ya no es tan raro poner este tipo de música. Recuerdo que cuando empezaba a escuchar esta música había una especie de estigma social: «Ustedes son los raritos», «¿por qué escuchan esto?», ¿«están mal, qué problemas tienen en sus casas para escuchar ruido y músicas tan oscuras y densas?». Ahora es muy chistoso porque incluso hasta en festivales que tienen un giro más pop (y no lo digo despectivamente) como Nrmal o quizás un poquito Mutek, ya hay cabida para las músicas que se salen de los márgenes de lo comercial o de lo bailable. La mentalidad de la gente, de los programadores, de los mismos medios de comunicación ha cambiado. Ya es lo más normal que incluyan dentro de sus contenidos a Aural, a Nrmal, a Mutek. Para bien, es que ya hay mucha apertura y curiosidad de abrirse más. Desgraciadamente, la coyuntura económica no ayuda mucho a esto. Pero eso ya son condiciones extras.

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Como bien comentas, hace una década no existía tal diversidad de festivales, sin embargo, ahora tenemos decenas de propuestas que incluso se venden con la bandera de raros. En ese sentido, ¿qué particularidad tiene Aural respecto a estas propuestas más nuevas de festivales?

Esa es una muy buena pregunta. Creo que la ventaja que tiene Aural es que su director es artista, músico y compositor, alguien que domina perfectamente todo el terreno de las músicas creativas. Rogelio Sosa es una pieza fundamental del festival, un compositor que desde que estaba estudiando ha hecho un contacto muy cercano con nuevas expresiones. Él es una persona que ha estudiado en diferentes centros en donde surgen diversas vanguardias musicales desde principios de este siglo. En el IRCAM, que es uno de los centros musicales más reconocidos desde el siglo pasado, estudió con gente que ha sido parteaguas de nuevas expresiones musicales, figuras clave de la música contemporánea, como Pierre Boulez y demás. En suma, Rogelio es alguien a quien no le han contado las cosas, sino que se ha relacionado directamente con estos genios de la música. Como artista, compositor y músico, conoce las necesidades de los artistas, qué es lo que hace falta, conoce muy bien la actividad musical del país y sabe qué es lo que se necesita para mantenerla girando, renovándose.

Al mismo tiempo, lleva mucho tiempo trabajando en festivales. Fue subdirector de Radar, después, director. En algún momento decidió transformarlo en Aural. Creo que eso ha sido una gran ventaja porque al tener como director a una persona que entiende todas estas necesidades y carencias y lo que le viene bien a la escena cultural del país, va más allá. No se trata sólo de hacer un festival de música rara o para la gente rara, sino un festival que realmente cubra estas necesidades creativas de la escena cultural a nivel nacional. Entonces es un festival que se fija unos estándares de programación, curaduría y producción muy altos. La programación siempre tiene un cuidado impecable y siempre cumple con varias metas; desde ser un festival que no necesariamente se ciñe a tendencias de moda o «raras». Cumple muchas expectativas. Siempre que se anuncia una edición de Aural vienen varias impresiones, como «wow, yo jamás pensé que esta banda o este artista o la programación de este compositor me tocaría presenciarla en México». Ha sido el caso de los Residents o de un ensamble como la Sun Ra Arkestra. Más allá de las tendencias o de lo que está pasando en el momento, Aural se preocupa por presentar gente que era indispensable que se presentara en México y que durante décadas se había quedado ese hueco. Por otro lado, está esta parte de jalar artistas actuales que están desviando de alguna manera el quehacer musical contemporáneo. Entonces es este balance de fuerzas de gente que ha cambiado la historia de la música y cosa que están pasando ahora en la configuración mundial. Es un equilibrio de fuerzas que quizás si alguien se lo propusiera hacerlo como negocio tal vez no funcionaría. Finalmente es un festival que no es un negocio: implica buscar ciertos modelos económicos que lo vuelvan viable. Es a lo que Rogelio se ha dedicado a hacer desde que estaba en Radar.

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Más allá de las cosas que comparten este año con Bestia, que son impresionantes, me gustaría que abordaras algunas de las cartas fuertes de Aural, como los son OOIOO, Colin Stetson y Sarah Neufeld y Sarah von Hausswolff. Por un lado, OOIOO son todo un referente de la música experimental japonesa. Por otro, Anna von Hauswolff resulta una sorpresa imperdible, ya que por sí sola tal vez nunca vendría a México.

Son varios. Puedo decir que prácticamente toda la programación es de primer nivel. Casi no se ha hablado de John McPhee, una de las figuras claves de lo que en los 60 se consideraba como la Nueva Música, refiriéndose al jazz de vanguardia. Es un tipo que tiene dos discos fundamentales en el nuevo jazz de ese momento y que no ha dejado de grabar. Grabó, por ejemplo, con Pauline Oliveros, una señora que generó toda una escuela llamada deep listening que no sólo implicaba cómo se hacía la música sino también cómo se escuchaba; tiene todo un cuerpo teórico sobre cómo se escucha la música a otros niveles. Él tocará gratis en Bajocircuito. También estará Godflesh, que es una de las alianzas que se hacen con Bestia. Es el proyecto de Justin K. Broadrick, que tiene propuestas no solamente de metal sino de música electrónica. Su música está muy vinculada con otro personaje que es Kevin Martin, uno de los pioneros del dubstep. Curiosamente mucha gente ve al metal como un género ya acabado y muy distante a la música electrónica, que es lo actual. Se sorprenderían de ver este vínculo que existen entre el metal, el dubstep y el bass music, y cómo Justin K. Broadrick tuvo mucho que ver en el desenvolvimiento de la electrónica más contemporánea y de vanguardia. Su llegada es muy importante, ya que ha dado giros muy importantes a la música británica; primero porque estuvo presente en un disco seminal que es el Scum (1987) de Napalm Death, un género con el que inició toda una corriente de metal nuevo a finales de los 80 que fue el grindcore. Después tuvo una relación muy cercana con música más vanguardista. No conforme con todo esto, desarrolló un proyecto llamado Jesu, que tiene toda una serie de connotaciones de música extrema.

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OOIOO, por otra parte, es una de las bandas que difícilmente tocará de nuevo en México, o no al menos no en el corto plazo. Se trata de una de las agrupaciones vanguardistas más importantes de Japón, definitivamente. Su líder, Yoshimi, es también parte de los Boredoms, quienes ya vinieron a México y dieron uno de los conciertos más impactantes que yo he visto. Esta chica es tan fuerte y tan representativa que influenció a los Flaming Lips, una de las bandas más importantes de pop en Estados Unidos. Los influenció tanto que pusieron el nombre de ella a uno de sus discos más conocidos. En vivo son impresionantes. No vienen tan seguido a América, y de hecho, no les interesa tanto trabajar para generarse un culto en este lado del mundo. Y no es que eso sea algo negativo, sino que su trabajo por sí solo ha acaparado la admiración de públicos muy lejanos.

Anna von Hauswolff viene por primera vez a América Latina. Tiene toda una tradición musical detrás de ella: su papá es Carl Michael von Hausswolff, uno de los artistas sonoros más importantes de Suecia, por lo que tiene todo un bagaje. Por último, Colin Stetson y Sarah Neufeld, creo que son muy importantes porque tienden un puente entre el pop y la experimentación. Es música muy amable y a la vez muy interesante por la manera en que ejecutan sus instrumentos que es nada convencional; tienden un vínculo entre lo popular y lo experimental al ser colaboradores de Arcade Fire, quizás la banda canadiense de pop independiente más importante en estos últimos tiempos.

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Respecto a la selección mexicana, me agrada mucho el trabajo de Erreopeo y de Musgos. ¿Cuál sería el hilo conductor entre estos dos proyectos con el cartel internacional? 

Erreopeo son los más jóvenes del cartel y de hecho yo los propuse. Me asombra mucho lo que ha crecido su carrera porque no paran de tocar. Ellos son dos, Nika y Rodrigo. De él me parece muy impresionante que tengan esta capacidad de tener su proyecto con Alias 616 y Los Niños, junto con su compañero de Alias 616 y Daniel Lara. Está muy padre que pueda hacer bailar a la gente y que a la par de esto tenga un proyecto más de escucha. Erreopeo se volvió ya un proyecto multimedia: Nika programa visuales utilizando los mismos sintetizadores modulares Creo que el hilo conductor entre Musgos y Erreopeo es justamente que no importa lo tecnificados que estén sino lo que hacen con sus herramientas, su creatividad.Te llevan hacia nuevas experiencias.

Has hablado de la importancia histórica y musical de las propuestas y también de las características diferenciadoras del festival, pero en una cuestión más cruda, ¿qué podría acercar a un público que a veces está muy atento a la inmediatez y que de repente puede olvidarse de cosas que están menos a la mano?

El futuro va muy rápido a veces al grado de que se nulifica y se convierte en un puro presente. Esto funciona para bien y para mal. Yo ya voy casi para los 40 años, pero a la gente más joven este mismo acceso tan veloz a las cosas de repente puede generarles también un ánimo muy inconforme. A veces, esta gente necesita escaparse del bombardeo tan superficial de cosas construidas para venderse y desecharse inmediatamente; todas estas propuestas que vienen dentro de festivales como Aural significan un refugio, porque de la misma manera que existe un público que se quiere escapar a lo desechable, también están los creativos que buscan salirse de los moldes, de vivir su creatividad, de compartirla, de esparcirla y de volverse parte de otras cosas. Desgraciadamente, también está el otro lado: el bombardeo llega a ser tan agresivo que si no te pones pilas, te puede jalar. Pareciera que no hay otros caminos. Pareciera que lo único que se te presenta es lo único que hay y que solamente puedes vivir a través de lo que  los grandes medios  quieren que escuches, vivas, vistas y consumas. Yo tengo la esperanza que de repente la gente haga uso de su criterio y diga: «a ver, espérame tantito; no puede ser esto lo único que hay».

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