«Siempre quise ser americano», por Alonso Díaz de la Vega

Por Alonso Díaz de la Vega / @diazdelavega1

Tengo una confesión: desde niño siempre quise ser americano. No estadounidense. Un All-American Boy. ¿Serían los colores de la bandera, los aviones, las películas, las batallas de aviones que en las películas parecían heroicas, necesarias y sobre todo justas? Fui a un jardín de niños estadounidense, tal vez fue eso. Aprendí a leer y escribir en inglés antes que en español. Cuando tenía unos siete años quería ser piloto de F/A-18 como el presidente Tom Whitmore, en El día de la independencia. Luego quise ser un US Army Ranger como el capitán John Miller en Rescatando al soldado Ryan. Quería decir cosas sabias como ellos, salvar el mundo con el corazón roto. No descenderemos silenciosos en la noche. Con cada hombre que mato me siento más lejos de casa. Mi pobre padre, con una fe secreta en que el futuro me llevaría a la desilusión, decía: Si mi hijo quiere ser militar, yo voy a apoyarlo para que cumpla sus sueños. Sin embargo no fueron los pies planos ni una revolución intelectual lo que me llevó a reconsiderar mi futuro. No fue ni siquiera la madurez —no estoy seguro de tenerla todavía—. Creo que no cumplí esas metas de niño porque despertarme antes de las nueve de la mañana me sigue pareciendo tortura y nunca he pasado de un mes o dos haciendo ejercicio. Es difícil imaginarse que lideraría el camino —como los rangers— alguien más comparable a un oso que a un águila.

Entre la asunción de mi pereza física y los disturbios de la adolescencia llegó una nueva evaluación de lo americano. Me parecía que había algo trágico en el carácter del soldado y el piloto, suplicantes, sacrificados, de la Religión Americana, así que adopté la otra americanidad: la de Martin Scorsese, la de Jim Morrison, la de Allen Ginsberg y William Burroughs. La de Apocalypse Now. Soñé un caracol arrastrándose por el filo de una navaja. Tenía el cabello largo, como Jim, y quería hacer películas, como Marty. Incluso quería hablar como él. Mi acento, que perfeccioné obsesivamente para que mis compatriotas me reconocieran como uno de los suyos, pasó de ser el estándar al neoyorquino. New Yawk. Ginsberg y Burroughs se me pasaron rápido porque nunca quise usar drogas ilegales. ¿Ñoño? Sí, pero me costaba —me cuesta— trabajo pensar que mi dinero financie la desaparición de los 43 o un asesinato que vi hace no mucho a unos metros de distancia.

Después de esos turbulentos años, a los 19 llegó Bob Dylan y después todavía Philip Roth, Don DeLillo, Harold Bloom, Ernest Hemingway y, muy tarde, Bruce Springsteen. En esa época, en lo musical, tendí más a la anglofilia, y brevemente sentí un amor desmedido por Irlanda. Joyce. La mexicanidad llegó al último: el año pasado. Octavio Paz y un par de viajes al exterior me hicieron darme cuenta de que estoy ligado permanentemente al lugar donde nací. Me gusta el albur, que me enseñó el maestro Alfonso López Barrenquy, y mi sentido del humor es provocador y un poco primitivo. No me da pena. Me da preocupación pero pena no.

Compuesto excéntrico de nacionalidades comprendidas pero nunca buscadas, ahora me limito a ser yo: mexicano, americano, inglés, irlandés y recientemente un poco francés. Se me salieron las lágrimas la última vez que vi el Liffey, una madrugada en febrero, y también cuando vi cómo, mientras me hundía por última vez en las escaleras del metro en París, se me escondía imposiblemente la Tour Eiffel. Los mexicanos no lloran por despedirse de Francia ni los franceses por dejar Irlanda. Sólo los mexicanos se alegran de poder usar de nuevo nuestro cotorro vocabulario. Entonces soy todo eso. Antes que mi nacionalidad, mi raza, mi fe —o más bien mi duda—, está mi humanidad, que comparto con todos.

Esto viene al resultado de la elección en Estados Unidos. No tendría que importarme lo que pasa en la casa del vecino, dicen muchas publicaciones en redes sociales. Yo creo lo contrario. La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, nos mostró el voyerismo, la curiosidad intensa, sexual, que sentimos por otros, como una herramienta de justicia. Mirar y actuar son los elementos de la compasión. Mirar al país más influyente en el mundo es simplemente natural. La mirada siempre se enfoca en el punto de contraste: si todo es blanco, se siente atraída por el punto azul. Estados Unidos es el punto más notorio en el planeta por su vasta influencia política, económica, cultural —sólo se demuestra ignorancia diciendo que Estados Unidos no tiene cultura—, ¿cómo no voltear a mirarlos? Más importante: muchos tenemos amigos, familia, cuyas vidas pueden ser afectadas por esta elección. Si se atacó a Nicolás Alvarado por sus inoportunos comentarios sobre Juan Gabriel, ¿qué justifica la descalificación de quienes amamos a Estados Unidos, a su gente y a nuestra gente allí —no compatriotas sino seres queridos—? ¿Qué justifica el negar su derecho a quienes quieren atestiguar la historia mundial, sobre todo cuando sabemos que desde una ciudad, desde un podio, se han ordenado masacres y reconciliaciones que nos han afectado a todos? Treblinka, Srebrenica y Ayotzinapa no son un fracaso alemán, otro serbio y otro mexicano. Son juntos fracasos humanos donde la deshumanización culminó en la masacre.

Por todas estas razones creo que debemos reconocer un valor hasta ahora inédito en Donald Trump que para mí resulta esperanzador. No cambia mi idea de él pero al menos me conmueve y me permite esperar la reunión de los estadounidenses. Trump se mostró compasivo. No pidió prisión para Hillary Clinton —aunque, no nos engañemos, quizá la merecía— ni insistió en su muro. No se burló de nadie. Trump pidió que los estadounidenses actúen como un solo pueblo, felicitó a su rival y le agradeció por su carrera. Trump, como todos, y más después de este primer comportamiento presidencial, merece ser escuchado, merece ser mirado y merece ser entendido. Merecerá ser atacado en algún momento, como ya lo ha merecido muchas veces antes, y entonces tendremos que hacerlo pero siempre bajo la influencia de la razón. No es momento para desestimar a los otros sino para entenderlos, para humanizarlos en nuestra limitada imaginación que, las más de las veces, sólo ve amigos o enemigos. Al respecto, un hombre brillante, el historiador Timothy Snyder, nos deja con las palabras necesarias para los triunfadores y los vencidos:

“To yield to this temptation, to find other people inhuman, is to take a step toward, not away from, the Nazi position. To find other people incomprehensible is to abandon the search for understanding, and thus to abandon history.”