Aceptar nuestra grotesca naturaleza en toda su humanidad: Pieles, de Eduardo Casanova

Por Jesús Iglesias

A simple vista el acto de la provocación cinematográfica parece tarea fácil, sin embargo, pocos son los autores que consiguen retar a su público sin caer en un repetitivo cúmulo de clichés. ¿A alguien le asusta en la era del porno por Internet ver una felación en primer plano? ¿Hay acaso alguien en los tiempos de ISIS o de los narcos mexicanos que se impacte con una decapitación, o con la visión de un montón de tripas que aterrizan en un suelo blanco? La capacidad de asombro, mermada por la salvaje realidad que nos bombardea diariamente desde nuestras pantallas televisivas, pareciera haber complicado en demasía el trabajo del provocador cinematográfico.

Sin embargo, lo interesante del asunto es que ese aparente endurecimiento emocional y visual de las generaciones actuales no ha afectado en lo más mínimo a los grandes provocadores cinematográficos. ¿Acaso alguien puede afirmar que Salò o le 120 giornate di Sodoma, de Pier Paolo Pasolini, o Pink Flamingos, de John Waters se han reblandecido o perdido actualidad? La razón de esa atemporalidad que mantiene intacto el factor provocador de dichos filmes es la brillantez con la que Pasolini, Waters, Kern, Anger, y muchos otros autores anclaron sus guiones y su estilo visual a núcleos básicos de la transgresión, no de la cultura imperante, sino de la humanidad. Una transgresión casi biológica que no envejece, y que es una de las causas por las que Sade siempre será inmortal.

Es precisamente dentro de ese grupo de autores que buscan la provocación inteligente, que surge el nombre de Eduardo Casanova (Madrid, 1991): un joven español de veintiséis años cuyo cortometraje Eat My Shit –sobre las hilarantes y patéticas vicisitudes de una chica que tiene un ano en vez de boca y una boca en vez de ano– le ganó notoriedad mediática como autor y sobre todo la atención del renombrado productor y director Álex de la Iglesia, quien en buena medida ayudó a financiar el filme que hoy nos atañe: Pieles.

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Desde la secuencia inaugural de la cinta, en la que vemos a un pedófilo recibir en un prostíbulo ilegal la noticia de que acaba de ser padre, para luego escuchar de los labios de la matrona del lugar una disertación bellísima sobre los horrores de la naturaleza humana, se percibe el innegable talento como director y escritor de Casanova. Talento que se exhibe durante ochenta minutos (la duración del filme es también otro de sus múltiples aciertos) en un museo fílmico de deformidades y perversiones cuyo núcleo narrativo se construye, irónicamente, en torno al enaltecimiento del ser humano como individuo, y al acto liberador –casi performático– de aceptar nuestra naturaleza bestial y grotesca en toda su gloriosa humanidad.

Casanova se asume en todo momento como provocador, y la atmósfera del filme –reminiscente en más de una ocasión al John Waters de Female Trouble– está compuesta por una dualidad francamente brillante que entremezcla las situaciones límite de su narrativa –prostitución, pedofilia, masoquismo, mutilaciones, muerte, coprofagia, violaciones, etc.– con un desarrollo estético de gran delicadeza, cuya sobreutilización de los tonos rosados y lilas, aunada a la virtud de que la construcción de los personajes es todo menos unidimensional, desemboca en un inusitado fenómeno transformativo que convierte escenas de crudeza indecible en secuencias de gran calidez humana.

Pieles es un filme ambicioso, que en su brevedad consigue esbozar un cúmulo de personajes fantásticos cuyo gran propósito es demoler –cada uno desde su trinchera particular– el canon imperante de belleza occidental. Ahí vemos a Jon Kortajarena, uno de los modelos más atractivos del mundo, irreconocible en el papel de un hombre completamente quemado; o a Secun de la Rosa como un personaje obsesionado por recuperar el amor de una mujer facialmente deformada; o a la fantástica Ana Polvorosa como la chica del ano por boca y la boca por ano, que ansía ser besada por primera vez.

El resultado es un filme que reactiva el espíritu contestatario de la provocación cinematográfica, en un panorama fílmico contemporáneo donde aquellos que buscan generar una reacción potente en el público lo hacen más con la víscera que con la inteligencia. Por fortuna Eduardo Casanova tiene tanta víscera como cerebro, y su primer largometraje es prueba de ello. Habrá que observar muy de cerca lo que le depare su futuro cinematográfico.