La vida lumínica: Paterson, de Jim Jarmusch

Por Rafael Guilhem

Paterson (2016) aparece, en principio, como una profunda revalorización de la rutina. En esa casi insostenible frontera que separa lo poético de lo New Age, Jim Jarmusch trasciende la idea de un sujeto que por sí solo es capaz de doblegar el mundo en una sostenida belleza, para encontrar que, si nos ceñimos a lo que está ahí, en lo material (más material que el dinero y las finanzas), podremos encontrar que la tristeza que acecha el mundo no está en el mundo mismo, por el contrario, se encuentra en la invención de mitos atroces que, actualizados, profesan que no hay libertad sino en el éxito, la variación, la innovación y efusividad, cuando lo que hay, es una explotación de esa libertad.

Ricardo Piglia expresó en Crítica y ficción que «todo se puede escribir…todo se puede convertir en literatura y en ficción». Algo muy similar a las palabras de William Carlos Williams: «Cualquier cosa es buen material para la poesía. Cualquier cosa. Lo he dicho una y otra vez». Parece que es en esta orientación que Jarmusch plantea Paterson, donde todo es susceptible de ser filmado: fósforos, sombras y poemas. La película en sí misma es un poema sobre un simple poeta, que admira a su vez a otro más conocido —William Carlos Williams—, que escribió un libro titulado Paterson, mismo nombre de la localidad ubicada en Nueva Jersey, del personaje de la película y claro, de la película misma.

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Cada personaje y cada objeto del filme es una palabra; un punto, una coma o un espacio. No tanto en su significado como en su figura visual y sonora. Y es que en Paterson lo importante está aterrizado en lo físico. Si pudiéramos ir más allá de los planos, dividirlos en sus partes infinitesimales, estaríamos ante la sensación temporal de mirar por una ventana la caída del sol por la tarde. Es algo al alcance, pero inefable; un silencio que no existe sin las palabras. En ese sentido, se trata de un cine de la inmanencia, secretamente vinculado a las películas de Abbas Kiarostami, quien siempre se preocupó por la belleza contenida en los contornos de lo existente. Los poemas que escribe el personaje Paterson, son reelaborados a lo largo de la película, a fin de cuentas, de eso se trata la poesía: de borrar y corregir, de trabajar, de pulir y esculpir. La disciplina y la monotonía, emergen como cualidades de una creación que, antes que apuntar a ser publicada (el perro Marvin se come el cuaderno de poemas de Paterson), es la materialidad con la que él trabaja el mundo, lo organiza en algo tan insignificante como una libreta. Esto no implica que sea menor, por el contrario, apunta a una idea del arte, del cine, y desde luego de la realidad. Los poemas no crecen en los árboles sino en la vida diaria, la película no aparece sino en la repetición de los momentos, y la vida no se constituye sino de instantes ordinarios.

Fuera de idealismos trascendentes, Paterson es un soñador realista que conjuga la singularidad de su experiencia en el reacomodo de los elementos. Las palabras no son transportadoras sino inventivas, capaces de formar parte de lo real. Igual que Ghost Dog: The Way of the Samurai (1999), donde un samurái es encarnado en la cotidianidad, en Paterson lo extraordinario no existe sino como una simplicidad más. Laura, la esposa de Paterson, es una modificadora voraz de la casa que habitan: la adorna, la transforma y la pinta. Parece que, sin esos actos, que parecen periféricos en las grandes biografías de la Historia, Laura no sería la misma. En los trayectos del autobús que maneja Paterson, así como las veces que pasea a su perro, cuando entra a beber a ese bar insólito, está la complejidad de la vida, entramada e iluminada.

De algún modo, el hastío de la rutina sólo está en la idea de que es un hastío, y una mirada original del mundo, sólo se construye en la cotidianidad y no en los sobresaltos, pues una mirada así, exige ser elaborada todos los días.