El arte requiere de verdad, no de sinceridad: Manifesto de Julian Rosefeldt

Por Leo Lozano

Desde Aristóteles hasta Borges, pasando por Horacio, el Renacimiento y las vanguardias del siglo XX, el arte y quienes lo generan han tenido la imperante necesidad de transformarse y cumplir ciclos, como la vida misma. Para hacerlo se han valido de la construcción de una retórica que a la par del incesante movimiento de la historia pretende marcar un final y un inicio. Y ello, aunque a veces así lo parezca, no obedece a un capricho, sino al natural y humano anhelo de evolucionar.

En días recientes se estrenó tardíamente en salas mexicanas la cinta Manifesto (2015), del alemán Julian Rosefeldt. El filme, protagonizado por la cada vez más soberbia Cate Blanchett, es un apunte personalísimo sobre los manifiestos artísticos, y a veces políticos, que han plagado el canon estético en los últimos doscientos años. En él, la actriz australiana encarna a 12 hilarantes personajes que deambulan por los inhóspitos callejones de la vida y la reflexión poética.

Porque para el artista, el verdadero artista, los laberintos tortuosos de la creación son el eje bajo el que gira su existencia. En el acto creador confluyen los ángeles y demonios personales, las contradicciones y absurdos del alma humana, los conflictos políticos y sociales que le rodean y el universo particular que pertenece al fuero interno de cada artista. Por ello, la creación no se traduce únicamente en una expresión del sentimiento, va más allá, rebasa al artista y a su tiempo; es una suerte de acontecimiento divino, místico.

En Manifesto encontramos un particular e incisivo resumen de los principales postulados artísticos y políticos que ante la Revolución Industrial y las dos Grandes Guerras de Europa intentaron, y algunos lo lograron, provocar un cisma en el arte y la sociedad. Con un humor sutil, un guión directo e irónico y una serie de interpretaciones impecables, el primer largometraje de Rosefeldt -que ya tiene un camino recorrido en la video instalación- es un homenaje y una sátira a esa incesante verborrea del artista revolucionario e innovador.

Porque hay que decirlo, cada generación de artistas, algunos con mayor fortuna que otros, se ha propuesto quebrar el paradigma estético que les rodea en aras de crear algo totalmente nuevo. Este deseo naïf de crear a partir de cero, de derrumbar los pilares que sostienen al canon imperante, en fin, de destacar por la originalidad y la novedad se convirtió en una suerte de regla sagrada para los artistas, en especial los del siglo XX, cuyas corrientes y vanguardias significaron un quiebre absoluto con aquello que Harold Bloom denomina el «canon occidental».

Y ahí están en Manifesto, plural en latín de manifiestos, todas esa posturas estéticas y filosóficas que cuestionaban, algunas con mayor violencia que otras, al prototipo humano producto de la modernidad. Ahí están los anhelos y sueños de cientos de artistas que deseaban con pasión crear un arte totalmente nuevo, totalmente subversivo y ajeno a lo que se conocía o valoraba como estético.

Ahí están también los postulados idealistas del intelectual comprometido con las causas sociales, que ve en el liberalismo y sus derivados el horror de la evolución humana. Asimismo, las reflexiones del hombre europeo que veía con terror cómo su continente y lo que consideraba «cultura» y «civilización» se venían abajo en un santiamén. Y Blanchett, que encarna la voz del director, es todos y cada uno de ellos.

Difícil, a ratos con un ritmo narrativo denso, pero jocosa e inteligente, Manifesto es uno de esos experimentos que de vez en cuando es necesario ver para refrescarse las ideas y recordar que nada es original, y que pese a que la vida y el arte requieren de verdad y no de sinceridad, encontrar la primera es y ha sido el gran misterio de la existencia humana.

 

 

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