‘The Shape of Water’: los monstruos también saben amar

Por Andrea Mireille

Para mi hermana Karen, por su cumpleaños

 

Vivimos en un mundo raro, donde odio y cinismo se consideran discursos inteligentes. Si hablas de sentimientos suenas como un idiota. La emoción es el antídoto, es el nuevo punk. Por eso quería una película enamorada del amor y del cine, es mi obra más esperanzadora.

Guillermo del Toro

 

Durante una escena de La comezón del séptimo año, tras ver Creature from the Black Lagoon (titulada aquí como El monstruo de la laguna negra) esa tragedia llamada Marilyn Monroe exclama: «sentí tanta pena por él. En realidad, no era malo, creo que sólo deseaba un poco de afecto, sentirse amado y necesitado». En algún lugar de Guadalajara, un niño fascinado por los monstruos pensaba lo mismo, soñaba con que aquella criatura incomprendida tuviera otro destino. The Shape of Water cristaliza ese deseo y transforma al monstruo en el héroe, en el que se queda con el objeto deseo, el que obtiene su final feliz.

La cinta no sólo cautiva por su sencillez, técnicamente es espléndida; la fotografía, las imágenes, el soundtrack, la evocación de la época y las actuaciones son espectaculares, toda la experiencia del director se ve reflejada en pantalla.

Thriller y cuento de hadas para adultos, la historia se desarrolla durante los años de la guerra fría. Elisa (Sally Hawkins) es una mujer independiente, trabajadora, su vida consiste en prepararse el almuerzo, masturbarse y desarrollar sus labores de limpieza en un laboratorio ultra secreto del gobierno. La protagonista es una marginada, huérfana, muda, empleada de intendencia; sus únicos amigos también son seres marginales: Giles (Richard Jenkins), homosexual desempleado «que no tiene a nadie» y Zelda (Octavia Spencer), una mujer de color, de acuerdo con el pensamiento de la época. Todos son seres de segunda clase, sus particularidades los relegan.

Todo transcurre con tranquilidad hasta la llegada de una criatura acuática, ambos incomprendidos se reconocen el uno en el otro y desarrollan un vínculo que crece a base de huevos cocidos, buena música, señas y miradas. El «defecto» de Elisa no importa, de hecho, es lo que ayuda a establecer la relación y muestra a ese ser mitad humano, mitad pez como alguien inteligente, sensible. Pero nada es tan simple, pues pronto el verdadero monstruo se revela: y es humano.

Michael Shannon encarna a un hombre que desprecia a todo lo que no cabe en su cerrada visión: piel blanca-carro-casa-esposa-hijos. Richard Strickland, es quien en verdad resulta repugnante, maltrata sistemáticamente a la criatura y a otros porque es la única forma en la que puede sentirse superior. Racista, xenófobo, dotado de una seguridad que sólo la ignorancia y el ego inflado pueden dar; un hipócrita que cita la biblia, gusta del sexo mecánico y de acosar mujeres. Odia al monstruo por ser distinto, pero se siente atraído a Elisa por sus diferencias, un personaje tan inmundo que es fácil suponer en quién está inspirado.

Uno de los principales aciertos es el manejo de los personajes: la heroína no es (estereotípicamente) atractiva, no está esperando a que nadie la rescate y no es –o al menos no del todo– infeliz, además, hace algo que –según el canon– no es propio de princesas, damas ni mujeres decentes: tiene deseos sexuales y se masturba diariamente.

Asimismo, el monstruo fascina a todos, seduce a Elisa desde el primer momento, «es hermoso», admite un admirado Giles cuando lo ve por primera vez; dos países se lo disputan, en suma, esa criatura escamosa y brillante provoca las más altas, bajas y extrañas pasiones. Los personajes coinciden no sólo por ser imperfectos, «inferiores», sino por la necesidad de establecer un vínculo, de sentirse vistos y amados tal como son, la película se trata de seres profundamente emocionales, fuera de la norma, solos, en busca de la completud o mejor dicho de la ilusión de ella.

Abreviando, se trata de una historia de amor y de la forma tan abrumadora en la que éste nos transforma: todos se descubren haciendo locuras que de otra forma ni siquiera pensarían, los amigos de la protagonista se ponen en riesgo con tal de ayudarla, Robert Hoffstetler, el científico hace lo que hace debido a lo que siente por la criatura. El arrojo y la entrega que surgen en Elisa, el anhelo de permanencia, todo es producto del amor, ¿de qué más podría serlo? El amor es la subversión última.

Descrita como su obra más personal y emocional, The Shape… no es sólo producto de su affair con la monstruosidad y los inadaptados, Del Toro ha declarado que el filme viene de una reformulación profunda de lo que hace y lo que comunica. El mensaje de esta entrega es el poder de las emociones, no es casual que la historia tenga como cimientos dos elementos claves para la conservación de la vida: el agua y el amor.

Habrá quien la tache de cursi, pero lo que desborda es empatía, nos sumerge en la intensidad del amor animal, tierno y caliente que nos sostiene. Su creador ha dicho que fue concebida como un antídoto contra el cinismo de una época en la que muchos creen que la ausencia de emociones y la negación de ellas es cool. A la par, nos invita a abrazar la imperfección y nos recuerda que aquello que percibimos como monstruoso o anormal, es sólo una diferencia mal entendida. The Shape of Water nos recuerda que el amor se encuentra en los lugares más insospechados y que los monstruos también saben amar.

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