El elegante cronista del ácido lisérgico

El pasado 15 de mayo el hombre de chaquetilla blanca murió pero no sin legar grafías y perfiles.

Por Guadalupe Gómez Rosas

Los 60 se cubrieron de goce y desventura: la guerra, el hipismo, los asesinos seriales… Tom Wolfe. Para muchos un fanfarrón, para otros un genio. Retorció el lenguaje y su ironía se convirtió en marca registrada. Escupió en los cánones de The New Yorker y anexos. Creó nuevas estanterías para su obra porque ésta no tenía género conocido, y así unió los vectores de líneas que venían caminando paralelamente —el periodismo y la literatura— y le dio un nombre: nuevo periodismo.

El pasado 15 de mayo el hombre de chaquetilla blanca murió pero no sin legar grafías y perfiles. Desde su residencia literaria se ratifican cientos de periodistas que decidieron que no había géneros menores, sólo malos observadores. Wolfe le dio voz y tono a lo subcultural. Su voz narrativa se consagró no sólo por la elegancia sino por la provocación que significa vivir en Estados Unidos.

Escribo en primera persona porque tengo que hacer una comparación y eso es visceral de alguna manera, porque nunca me rendí a los pies de la drogadicción de Hunter S. Thompson, pero sí a los trajes impolutos de un autor de estilo aristocrático y epigrama salvaje: Tom Wolfe.

En los 60 todo se consentía, no sólo el sexo laxo o una ilógica guerra en Vietnam, México tenía su primer transporte subterráneo, era el anfitrión de las olimpiadas y guardaba los oscuros hechos de Tlatelolco. La crónica mexicana empezó a surgir a raíz de la sangre en pos del recuerdo, mientras que en EU la Rolling Stone surgió con insolencia, intervenciones cuasi carnales y periodismo que se sospechaba literario. Todo un éxito entre las generaciones de la ruptura.

Numerosos acontecimientos de la época se fueron diseminando, quedado en estado de mito, como el hippismo; no así la escritura de Wolfe, quien precisamente formó parte de las filas de la Rolling Stone y otras publicaciones de los 70. Ideó un estilo y lo consagró… nació la leyenda.

Cuando leí Soy Charlotte Simmons, más allá de la identificación de la provinciana sublimada a nueva urbanita, Wolfe me dejó un espectro mordaz que se identifica con el american way of life: becas deportivas, élites, sociedades y hermandades, líos de cama, un clasismo verificado y ensanchado.

¿Y qué es eso?, ¿literatura o periodismo? Pienso que es un elíxir que miles han saboreado, no por nada los autores de los grandes premios internacionales han volteado a ver este híbrido que conquista en prosa pero escarba y verifica en hechos.

Tom Wolfe —como el primer hombre o mujer que nos toca en el sexo— partió los senderos de algo que puede ser confuso pero fatalmente delicioso. No sólo escribió la primer odisea de la vida hippie, The Electric Kool-Aid Acid Test, sino que hizo que la tasáramos en primera fila:

…la fabulosa litera del amor, y todo el mundo puede ver cómo esa litera se llena de esperma, y los diminutos diablillos nadando como posesos allí dentro, en el líquido viscoso, infiltrándose en el barato y velludo relleno del saco, millones, miles de millones, billones de ellos moviéndose como flechas.

La crónica actual recoge mucho del estilo del hijo de Virginia. Su literalidad, sus metáforas, la forma en que vamos expresando algo hasta que logramos que el lector se interese en algo que no tenía idea… eso lo engendró Wolfe.

“Al diablo con eso… Dejemos que el caos reine… Más alta la música, más vino… Al diablo con las categorías…” es posible que estas líneas describan parte de su modus operandi. A pesar de ser un ratón de biblioteca y no un desparpajado protagonista, como lo era Hunter, en la observación reside su consumada prosa, por ello nos referimos a él como un reivindicador de Balzac, donde el detalle y los adjetivos precisos crean atmósferas vivientes.

Tampoco es extraño que los que estamos enganchados con algún tipo de periodismo demandemos las cuatro máximas del autor: escena paso por paso, diálogos posibles, detalles a definición y poseer una perspectiva. Pero tal vez el mejor consejo fue que para escribir se requiere el mismo arranque que para informar: el esfuerzo de tener la boca cerrada y escuchar.

En el ensayo God’s lonely man, el hombre de chaquetilla blanca aseguró: “La soledad, lejos de ser un fenómeno raro y curioso, es el hecho central e inevitable de la existencia humana”. Tal vez esto signifique que Wolfe ya no estará en soledad, porque él ya no existe, acaba de morir; sin embargo, siempre podremos regresar a sus extensas novelas, salir de juerga con The Merry Pranksters, o dirigirnos a Atlanta para ser cómplices de esa América racial, que juega en sexo y corrupción.

¿Recuerdan el capítulo de Los Simpson donde Moe escribe un poema en compañía de Lisa? Aparece un hombre de aire snob, y estoy casi segura que viste de lino blanco… porque es Tom Wolfe y fue el padre del nuevo periodismo.

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