Samanta Schweblin: Siete casas vacías

Por Guadalupe Gómez Rosas

Hay una fascinación por lo refractario, lo extraño, por las formas que no corresponden a las carátulas. Todavía leo a Thomas Pynchon como si se tratara de un dios, pensando en el hombre que esconde su cara pero espina el corazón de su patria con cada uno de sus vocablos, todos perfectamente colocados.

Esa sensación de extravío y ansiedad se quedó en mí tras leer a Samanta Schweblin. Una joven argentina, una control freak de las estructuras que deja pequeñas líneas, como suerte de migas para el lector.

Su sutil tono de voz, su urbanidad, así como su ciclópea sonrisa podrían preparar a los neófitos para una lectura rosa y feliz. El choque se produce cuando se inicia la lectura de Siete casas vacías, material galardonado con el Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero.

Rodrigo Fresán aseguró que los cuentos de Schweblin podrían ser parte de la famosa Antología del cuento extraño de Rodolfo G. Walsh. Es cierto que la trayectoria de la argentina se basa en la imaginación y el absurdo, pero tal vez su mérito más grande sea hurgar en la intimidad de la realidad, de lo cotidiano, desnudar los muros de las habitaciones, reproducir los murmullos de hastío y desesperanza de sus habitantes.

Los siete cuentos que conforman la entrega no concuerdan con la impecable vitalidad personal de Schweblin. El relato de mayor extensión y entramado es “La respiración cavernaria”. Entre sus líneas hay una mujer que prepara al mundo para su muerte, exige una perpetuidad con base en el dolor ajeno, para su desgracia, no perece. Si el lector se encarna como ojo testigo, llegará a odiar y a compadecer a la protagonista. Hay ansiedad y desasosiego en las palabras escogidas por Samanta para retratar a éste y otros personajes.

Se percibe un trabajo preciso, y de alguna manera una crítica feroz y elegante a la construcción familiar: una madre obsesiva que arrastra a su hija a casas ajenas, una suegra confesora, un hijo muerto y la demencia.

Schweblin ya no es la chica que sólo leen los amigos, familiares y profesores de primaria. Ha crecido como autora y está encontrando a sus lectores, que a pesar de la distancia o la dificultad para conseguir un libro, siguen atentos a las marcas de pan que va dejando la también ganadora del Premio Internacional Juan Rulfo (2012).

En Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes escribió “El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro”, así es como la cordial y afectuosa escritora confiere escenas de una realidad un tanto pútrida. Su lenguaje se concentra y se convierte en incomodidad e incita al escrutinio. Nuevamente, hay una fascinación por lo refractario, lo extraño, por las formas que no corresponden a las carátulas.

Siete Casas Vacías. Samanta Schweblin. Páginas de Espuma. 2015. Madrid. 128 páginas.

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