La dignidad punk de la derrota. ‘Soy piedra’, de Belafonte Sensacional

Por Mixar López

Ilustración: Vector Morales

Fumaremos piedra tú y yo

seremos felices

nuestros hijos hablarán de lo bien que nos veíamos

            fumando piedra

destrozaremos nuestros rostros

y cuando la piedra se acabe

Moriremos, mi amor.

Piedra, Jehú Coronado López

Somos lo que caminamos entre dos puntos, escribió David Foster Wallace en La broma infinita (1996). Y entre ese andar, a veces solemos toparnos con un grano (un gramo), un mineral o un cristal, relegado al mundo por la litosfera; un trozo de cantera plurisémico para nuestra existencia. Está en nuestro libre albedrío esgrimirlo o patearlo lejos, para que se encuentre con otros minerales… O consumirlo, a través de los pulmones, si la vida es mucha, si la vida es pesada, pesada como la piedra misma bajo nuestros pies.

Liberada el 15 de marzo de 2019, Soy piedra es la nueva producción musical de Belafonte Sensacional, proyecto de Israel Ramírez; figura como una reproducción conceptual del punk rock. Cuenta con 11 temas que funcionan tambien como dispositivos narrativos, por la complejidad de su estructura lírica. El álbum abre con “Segundo Acto de Destreza Juvenil”, una postal pesimista que encuentra sus referentes históricos en el irracionalismo del siglo XIX. “La Noche Total” es un track que le sacaría una lágrima al mismísimo Thomas Hardy, el autor de Diálogo entre Tristán y un amigo, en donde el poeta asume que la humanidad no creerá nunca no saber nada, no ser nada, no poder llegar a alcanzar nada. De la misma manera, y de forma existencialista, Israel escribe que: “Ya no hay nada que cantar, no más / la noche nos cayó total / no hay estrellas para vacilar / calendarios en el más allá / Si miras para atrás recordarás / Si miras para atrás recordarás. / Un espejo se rompió. / Un gato negro apareció. / El salero colapsó”. Un himno basado en la fundamentación sistemática del verdadero pesimismo: “En viernes trece no pidas perdón / la suerte es una especie de dios / la suerte es una especie de dios. / Y luego de esta vida sólo hay muerte”. Bueno, así es la vida. Todos podemos contar historias tristes, pero no de la manera tan magistral en la que las inventa Ramírez, que cuanto más intenta deshacerse de las sombras, más oscuro se vuelve. Esa es la gema, esa, es la piedra del disco.

En la cultura occidental, la piedra es símbolo de lo imperecedero, lo perdurable, lo contrario de lo biológico, la no vida. Es la decrepitud y es la muerte; su connotación más sólida es la derrota, la derrota es el hilo negro en Soy Piedra.

Pero como decía Jorge Luis Borges, la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce; justo con esta frase, podemos explicar el tono “festivo” del disco. Una dignidad punk, descamisada, de autoconstrucción, autoreconstrucción, reconstruirse a sí mismo, hacerte tú mismo, curtiendo las calles, curtiendo las carreteras, curtiendo el abismo; bajo la noche, a la distancia de todo, en lo marginal, dentro de una historia épica hacia la resistencia; una epopeya a ritmo de cumbia… Y sin llorar.

Este álbum es una gruta en la cabeza, una gruta perdurable, una obra musical que quedará para la posteridad, como una ruina, un castillo, los restos de una casa en donde ya no se escuchan palabras, sino notas, riffs, rasgueos de guitarra, piedras que algún día lo fueron todo, pero que se han derruido parcialmente, en un acto deliberado de autodestrucción, para que cesen los murmullos y fluya la melodía desde sus restos, para que brote la música real, para que prospere la roca, para que germine el rock.

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